Pasión de Gavilanes Capítulo 12 Fuego en las Venas

Pasión de Gavilanes Capítulo 12 Fuego en las Venas

Pasión de Gavilanes Capítulo 12 Fuego en las Venas

Estaba sola en la sala de mi casa en las afueras de Guadalajara, con el aire cargado del aroma a jazmín que entraba por la ventana abierta. El sol del atardecer teñía todo de naranja, y yo, recostada en el sofá de cuero suave, sentía el calor pegajoso en la piel. Pasión de Gavilanes capítulo 12 acababa de empezar en la tele, y neta, esa novela siempre me ponía de nervios. Juan Darío Reyes, ese galán con ojos de fuego y cuerpo de ranchero fuerte, acababa de arrinconar a Rosalba en el establo. Sus miradas se cruzaban como relámpagos, y el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación.

Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi pelo negro suelto cayendo sobre los hombros, sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas. ¡Qué chido sería que mi carnal, no, mi marido, Rogelio, llegara ahorita! Él andaba en el trabajo, vendiendo tractores en la feria agropecuaria, pero ya eran las ocho y pico. Me acomodé el shortcito de algodón, que se me subía por los muslos morenos, y apreté las nalgas contra el sofá. En la pantalla, Juan besaba a Rosalba con hambre, sus manos grandes explorando su cintura. Olía a sudor y a tierra húmeda en esa escena, aunque era puro efecto de sonido. Mi boca se secó, y lamí mis labios imaginando ese sabor salado.

Pinche novela, siempre me deja caliente como tamal en comal. Rogelio va a llegar y le voy a saltar encima como gata en celo.

El episodio avanzaba, y la tensión entre ellos crecía. Rosalba gemía bajito, "¡Juan, no pares!", y él respondía con esa voz ronca, "Eres mía, mujer". Mi corazón latía fuerte, bum-bum contra el pecho, y mis pezones se endurecían bajo la blusa ligera de tirantes. Toqué mi piel del brazo, suave y caliente, y bajé la mano despacito hasta el borde del short. Solo un roce, para calmar el ardor que subía desde mi chochita. El olor a mi propia excitación empezaba a mezclarse con el jazmín, dulce y musgoso.

De repente, la puerta principal se abrió con un clic familiar. Rogelio entró, alto y fornido, con su camisa de cuadros arremangada mostrando brazos velludos y bronceados por el sol jalisciense. Sudaba un poco, olía a hombre de campo, a diesel y a colonia barata que me volvía loca. "¡Órale, mi reina! ¿Qué onda?", dijo con esa sonrisa pícara, dejando las llaves en la mesa.

"Ven pa'cá, wey", le contesté, mi voz ronca como la de Rosalba. Apagué la tele justo cuando Pasión de Gavilanes capítulo 12 llegaba al beso más intenso. Él se acercó, oliendo a esfuerzo del día, y se paró frente a mí. Sus ojos bajaron a mis piernas abiertas un poquito, y arqueó la ceja. "Estás prieta, ¿eh? ¿Qué te traes?".

Me levanté despacio, sintiendo el roce del sofá en mis nalgas, y pegué mi cuerpo al suyo. Mi pecho contra su torso duro, el calor de su piel traspasando la tela. "Vi Pasión de Gavilanes capítulo 12, y me dieron ganas de ti, carnal. Como Juan con Rosalba, ¿sabes?". Mis manos subieron por su espalda, clavando uñas suaves en su camisa húmeda. Él gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en mi vientre.

Acto uno cerrado, el deseo ya ardía. Lo besé primero, suave, probando sus labios ásperos por la barba de tres días. Sabían a café y a tabaco, adictivo. Su lengua entró juguetona, y yo la chupé como si fuera otra cosa. ¡Ay, Dios, qué rico! Sus manos grandes me apretaron la cintura, subiendo hasta mis tetas, amasándolas con fuerza consentida. "Eres una mamacita caliente", murmuró contra mi boca, y yo reí bajito, mordiéndole el labio inferior.

Lo empujé al sofá, y él cayó sentado, jalándome encima. Straddling his lap, mis muslos envolviéndolo, sentí su verga dura presionando contra mi short. Dura como palo de escoba. Me moví despacio, frotándome contra él, el roce enviando chispas por mi espina. El sonido de nuestras respiraciones pesadas llenaba la sala, mezclado con el zumbido del ventilador de techo. Olía a nosotros, a sexo inminente, sudor y perfume.

No mames, este wey me conoce tan bien. Sabe que me late cuando me domina poquito, pero yo mando también.

Acto dos, la escalada. Le quité la camisa de un tirón, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado de su piel. Sus pezones duros bajo mi lengua, y él jadeó, "¡Chíngame, Ana!". Bajé la cremallera de su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, suave piel sobre hierro, y la apreté, sintiendo el pulso acelerado. Él gimió, manos en mi pelo, guiándome. La chupé despacio al principio, saboreando el precum salado, mi lengua girando en la cabeza hinchada. ¡Qué chingona sabor! Él empujaba suave, "Más profundo, mi amor". Yo obedecí, garganta relajada, el sonido húmedo de succión llenando el aire.

Pero no lo dejé acabar. Me paré, quitándome el short y la blusa en un movimiento fluido. Desnuda frente a él, mi piel brillando bajo la luz tenue, chochita mojada goteando. Él me miró con hambre, "Ven, siéntate en mi cara". Reí, ¡pendejo caliente!, y lo hice. Su lengua en mi clítoris, lamiendo fuerte, chupando mis labios hinchados. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mis piernas temblorosas. Olía a mi excitación, ácido y dulce, y él gruñía contra mí, vibraciones intensas. Mis caderas se movían solas, follando su boca, manos en sus hombros duros.

La tensión crecía, mi cuerpo al borde. Internamente luchaba: Quiero que dure, pero ya no aguanto. Pequeña resolución: lo jalé arriba, besándolo con mi sabor en su boca. "Fóllame ya, Rogelio". Él me volteó, de rodillas en el sofá, nalgas en pompa. Su verga entró despacio, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón, qué llena me sientes! Empujó profundo, el sonido de piel contra piel, plaf-plaf, eco en la sala. Sus manos en mis caderas, jalando, yo arqueando la espalda. Cada embestida tocaba mi punto G, placer punzante.

Sudor corría por mi espina, goteando. Él aceleró, gruñendo "¡Te voy a llenar, puta mía!". Consentido, mutuo, yo respondía "¡Sí, dame todo!". El olor a sexo puro, almizcle, invadía todo. Mis tetas rebotaban, pezones rozando el cuero áspero. Interno: Esto es puro fuego, como en la novela, pero real, nuestro.

Clímax acercándose. Cambiamos posición, yo encima, cabalgándolo. Sus ojos en los míos, manos en mis tetas. Me movía rápido, chochita apretándolo, pulsos sincronizados. "¡Me vengo!", grité, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, contracciones fuertes ordeñándolo. Él rugió, corriéndose dentro, caliente chorros llenándome. El mundo se disolvió en blanco, solo sensaciones: su semen goteando, piel pegajosa, respiraciones jadeantes.

Acto tres, el afterglow. Colapsamos en el sofá, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose. Su cabeza en mi pecho, besando suave mi piel. Olía a nosotros, satisfechos, jazmín aún flotando. "Fue chingón, mi vida", murmuró él, voz perezosa. Yo acaricié su pelo revuelto, sintiendo paz profunda.

Pasión de Gavilanes capítulo 12 fue el chispazo, pero esto es nuestra pasión real, eterna como las gavilanes en el cielo jalisciense.

Nos quedamos así, escuchando el viento nocturno, corazones calmándose. Mañana veríamos más, pero esta noche fue nuestra. El deseo satisfecho, pero sabiendo que volvería, como siempre.