Pasión Capítulo 26 La Llama que Nos Quema
Pasión Capítulo 26 La Llama que Nos Quema
Pasión Capítulo 26 La Llama que Nos Quema
El sol se colaba por las cortinas de encaje de mi departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja suave que olía a café recién molido y jazmines del balcón. Me recargué en la puerta del baño, envuelta en una bata de seda que rozaba mi piel como una caricia prohibida. Hacía semanas que no veía a Javier, mi carnal, el que me hacía temblar con solo una mirada. ¿Cuántas noches soñando con sus manos? pensé, mientras el vapor del espejo se empañaba con mi aliento acelerado.
El timbre sonó como un latido urgente. Abrí la puerta y ahí estaba él, con esa camisa blanca pegada al pecho por el calor de la ciudad, el cabello revuelto y esa sonrisa pícara que gritaba travesuras. "¡Mamacita!", murmuró, jalándome hacia él. Su boca capturó la mía en un beso que sabía a tequila y menta, sus manos grandes abarcando mi cintura, apretándome contra su dureza que ya palpitaba bajo los jeans. Olía a él, a sudor fresco y loción barata que me volvía loca.
"Te extrañé tanto, Ana", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible que erizaba mi vello. Lo arrastré adentro, cerrando la puerta con el pie, mientras sus dedos se colaban bajo la bata, rozando mis pechos que se endurecían al instante.
Esto es lo que necesitaba, su toque que me enciende como nadie, me dije, gimiendo bajito cuando pellizcó mis pezones rosados, tirando de ellos con esa maestría que solo él tenía.
Nos tropezamos hasta la sala, riendo como güeyes enamorados, pero el fuego ya ardía. Lo empujé al sofá de terciopelo rojo, montándome a horcajadas sobre sus piernas musculosas. "Quítate eso, cabrón", le ordené, jalando su camisa. Él obedeció, revelando ese torso tatuado que tanto lamía en sueños: el águila en el pecho, las líneas que bajaban a su abdomen marcado. Mis uñas arañaron su piel morena, dejando surcos rojos que lo hicieron jadear. "¡Ay, qué rica estás de caliente!", exclamó, sus manos amasando mis nalgas desnudas bajo la bata abierta.
El aire se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación, mezclado con el perfume floral de mi piel. Bajé la cremallera de sus pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó dura como piedra, la punta ya brillando de precúm. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. "Mírate, todo para mí", susurré, lamiendo la cabeza con la lengua plana, saboreando esa sal marina que me hacía salivar más.
Javier me levantó como si no pesara nada, cargándome al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Me tendió boca arriba, abriendo mis piernas con rodillas firmes. "Déjame verte, mi reina", dijo, sus ojos oscuros devorando mi coño depilado, los labios hinchados y húmedos reluciendo. Soplo caliente sobre mi clítoris, haciendo que mis caderas se arquearan. Su lengua entró en juego, lamiendo lento desde el ano hasta el botón, chupándolo con succión que me arrancó un grito. ¡Dios, qué sabroso, su boca es puro vicio!
Mis jugos lo empapaban la barbilla, el sonido chapoteante de su festín erótico llenando la habitación junto a mis gemidos roncos. "¡Más, Javier, no pares, pendejo!" lo azucé, enredando mis dedos en su cabello negro. Él metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos contra ese punto que me deshacía, bombeando mientras su pulgar frotaba mi clítoris en círculos viciosos. El placer subía como ola, mis muslos temblando, el sudor perlando mi frente. Estaba al borde, pero quería más, quería todo de él.
"No aún, mi amor", jadeó él, subiendo para besarme, compartiendo mi sabor en su lengua. Me volteó de lado, su cuerpo pegándose a mi espalda como cuchara perfecta. Su verga se deslizó entre mis nalgas, frotando mi entrada resbaladiza. "Dime que la quieres", murmuró en mi oreja, mordiendo el lóbulo. "¡Sí, métemela ya, cabrón, fóllame duro!", rogué, empujando contra él.
Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome deliciosamente. Grité de placer, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Sus caderas chocaban contra mis pompis con palmadas rítmicas, el sonido obsceno mezclándose con nuestros jadeos. "¡Qué apretadita estás, Ana, me vas a ordeñar!", gruñó, una mano en mi clítoris, la otra apretando mi teta. Yo giré la cabeza para besarlo, nuestras lenguas guerreando mientras él me taladraba sin piedad.
Pasión Capítulo 26, pensé de repente, recordando cómo bauticé nuestros encuentros en mi diario secreto, cada uno un capítulo de este fuego que no se apaga. Este era el vigésimo sexto: la llama que nos quemaba vivos. Cambiamos de posición, yo encima ahora, cabalgándolo como amazona salvaje. Sus manos guiaban mis caderas, mis tetas rebotando con cada bajada. Lo sentía palpitar dentro, hinchándose más, mis paredes contrayéndose a su alrededor. "¡Me vengo, Javier!", anuncié, el orgasmo explotando en estrellas blancas detrás de mis ojos cerrados, mi coño chorreando sobre su pubis.
Él no se hizo esperar. Con un rugido gutural, "¡Ah, carajo!", se vació dentro de mí, chorros calientes inundando mi interior, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Colapsamos juntos, sudorosos, pegajosos, respirando como después de una maratón. Su verga aún medio dura dentro, nos quedamos así, enlazados, mientras el sol bajaba tiñendo la habitación de púrpura.
Minutos después, Javier trazaba círculos perezosos en mi espalda, besando mi hombro. "Eres mi vicio, Ana. No sé qué haría sin esto". Sonreí, girándome para mirarlo a los ojos cafés que brillaban de ternura post-sexo. "Y tú el mío, mi rey. Pero esto no termina aquí, ¿eh? Hay más capítulos por escribir". Él rio bajito, ese sonido ronco que me erizaba. El aroma de nuestro amor llenaba el aire, almizcle y semen mezclado con mi perfume, un perfume embriagador que prometía noches eternas.
Nos duchamos juntos después, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos, manos curiosas reviviendo chispas. Salimos envueltos en toallas, pidiendo tacos de la esquina – carnitas jugosas con cebollita y salsa verde que supimos a gloria. Sentados en el balcón, con la brisa nocturna de la ciudad acariciándonos, brindamos con chelas frías. "Por Pasión Capítulo 26", brindé yo, guiñándole. "Y por el 27, mi vida", respondió él, sellando con un beso suave que sabía a futuro.
En ese momento, supe que nuestra historia no era solo sexo; era conexión profunda, risas compartidas, miradas que decían todo. Javier me hacía sentir poderosa, deseada, viva. Y yo a él, su musa eterna. La noche caía sobre México, con luces parpadeantes y música lejana de mariachis, pero en nuestro mundo, solo existíamos nosotros, listos para el próximo capítulo de esta pasión que nos consumía.