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Novela de Pasion Donde Fue Grabada

8134 palabras

Novela de Pasion Donde Fue Grabada

El sol de Yucatán caía a plomo sobre la hacienda, tiñendo de oro las paredes de piedra caliza y el jardín lleno de buganvillas en flor. Yo, Ana, había convencido a Marco de venir hasta aquí, a este pedazo de paraíso histórico donde años atrás se grabó Novela de Pasion, esa telenovela que nos tenía pegados a la tele en las noches de mi juventud. "Neta, carnal, es el lugar perfecto para revivir un poco de esa magia", le dije mientras bajábamos del coche rentado, el aire cargado con el olor dulce de las flores y el salitre del mar cercano.

Marco, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me derretían, me tomó de la mano. Era alto, moreno, con el cuerpo torneado de tanto jugar fut en la playa de Progreso. "Órale, mi reina, si tú dices que aquí se grabó esa novela de pasión donde fue grabada la escena más caliente, pues hagamos nuestra propia versión". Su voz ronca, con ese acento yucateco que me erizaba la piel, me hizo reír. Caminamos por el patio empedrado, el sonido de nuestras sandalias contra la piedra resonando como un eco del pasado. El viento traía el aroma de jazmines y tierra húmeda, y ya sentía un cosquilleo en el estómago, esa tensión inicial que siempre precede a lo inevitable entre nosotros.

La hacienda estaba casi vacía, solo un par de empleados arreglando las enredaderas. Nos dieron la llave de una suite en el ala antigua, con balcón que daba a un cenote privado. Al entrar, el cuarto era un sueño: cama king con sábanas de algodón egipcio, muebles de madera tallada y una cámara antigua en la esquina, como reliquia de las filmaciones. "Imagínate, aquí besaron los protagonistas por primera vez", susurré, acercándome a Marco por detrás y rodeándole la cintura. Su espalda era cálida, musculosa bajo la camisa guayabera, y olía a colonia fresca mezclada con sudor ligero del viaje. Él se giró, me jaló contra su pecho y me plantó un beso que sabía a menta y promesas.

Qué chido es esto, pensé. No es solo un viaje, es como si el lugar nos invitara a soltar todo.

Nos cambiamos a trajes de baño. Yo me puse un bikini rojo que acentuaba mis curvas, el que él siempre dice que me hace ver como diosa maya. Bajamos al cenote, el agua turquesa brillando bajo el sol filtrado por las copas de los árboles. El chapoteo al saltar fue refrescante, el agua fría mordiendo mi piel caliente, erguciendo mis pezones contra la tela. Marco nadó hacia mí, sus brazos rodeándome como serpientes. "Estás riquísima, Ana", murmuró, su aliento caliente en mi cuello mientras sus manos bajaban por mi espalda, deteniéndose en mis nalgas. Sentí su erección presionando contra mi vientre, dura y ansiosa, y un jadeo se me escapó.

Salimos del agua, goteando sobre las losas calientes que quemaban deliciosamente las plantas de los pies. Nos secamos con toallas ásperas que raspaban la piel sensible, avivando el fuego. Regresamos a la suite, el sol del mediodía haciendo que el aire vibrara de calor. "Vamos a grabar nuestra novela de pasión donde fue grabada la original", propuse juguetona, señalando mi teléfono. Él arqueó la ceja, ese gesto de pendejo sexy que amo. "Simón, pero solo si me dejas dirigir". Riendo, encendí la cámara en trípode improvisado con libros, apuntando a la cama. El corazón me latía fuerte, una mezcla de nervios y excitación pura.

Acto uno de nuestra película privada empezó lento. Me senté en el borde de la cama, el colchón hundiéndose suave bajo mi peso, y él se arrodilló frente a mí. Sus dedos trazaron mis muslos, subiendo despacio, el roce enviando chispas eléctricas directo a mi centro. Olía a cloro del cenote mezclado con mi loción de coco, y el sonido de su respiración pesada llenaba la habitación. "Te deseo tanto, mi amor", dijo, besando mi ombligo, su lengua caliente y húmeda dejando un rastro que ardía. Yo arqueé la espalda, mis manos enredándose en su pelo negro húmedo. No mames, esto es mejor que cualquier telenovela, pensé, mientras él deslizaba el bikini a un lado y su boca encontraba mi clítoris.

El placer fue como una ola del Caribe: primero suave, lamiendo mis pliegues con lengua experta, saboreándome como si fuera miel de abeja yucateca. Gemí bajito, el sonido reverberando en las paredes gruesas. Sus dedos entraron en mí, curvándose justo ahí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. "¡Ay, Marco, qué rico!", exclamé, mis caderas moviéndose solas contra su cara. Él gruñó de aprobación, la vibración intensificando todo. Sudor perló mi piel, goteando entre mis senos, y el aire se cargó con el olor almizclado de mi arousal.

Pero no quería correrme aún. Lo jalé arriba, besándolo con hambre, probando mi propio sabor salado en sus labios. Le quité la Speedo de un tirón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté suave, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. "Ahora tú, pendejo", le dije riendo, empujándolo a la cama. Me subí a horcajadas, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. El roce era tortura exquisita, mi humedad cubriéndolo todo, el sonido húmedo de piel contra piel como música erótica.

La tensión crecía como tormenta en la selva. Hablamos en susurros, confesiones calientes: "Siempre soñé hacerte mía aquí", dijo él, sus manos amasando mis chichis, pellizcando pezones duros como piedras de obsidiana. Yo respondí montándolo lento, solo la punta entrando y saliendo, torturándonos. El cuarto olía a sexo inminente, a sudor y deseo crudo. Miré la cámara parpadeante, sabiendo que capturaba cada jadeo, cada mirada ardiente. Esta es nuestra novela de pasión donde fue grabada para siempre, crucé por la mente, mientras bajaba de golpe, empalándome completa.

El medio tiempo explotó en frenesí. Marco me volteó boca abajo, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas resonantes, el slap-slap-slap mezclándose con nuestros gemidos. "¡Más duro, carnal!", supliqué, mis uñas clavándose en las sábanas. Él obedeció, una mano en mi pelo jalando suave, la otra en mi clítoris frotando círculos rápidos. Sentía cada vena de su verga estirándome, llenándome hasta el fondo, el placer construyéndose en espiral. Grité su nombre, el eco volviendo como aplauso. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, luego misionero con piernas en sus hombros, profundo y salvaje. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, nuestros cuerpos chocando en ritmo primal.

El clímax se acercó como huracán. "Me vengo, Ana, ¡joder!", rugió él, su cuerpo tensándose. Yo lo apreté con mis paredes internas, ordeñándolo, y exploté primero: olas de éxtasis sacudiendo mis músculos, visión borrosa, un grito gutural escapando de mi garganta. Él se derramó dentro, chorros calientes inundándome, su peso colapsando sobre mí en temblores compartidos. El olor de semen y fluidos mezclados perfumaba el aire, el pulso de su verga amainando lento dentro de mí.

En el afterglow, nos quedamos enredados, piel pegajosa enfriándose al aire. Apagué la cámara con una sonrisa satisfecha. "Nuestra novela de pasión donde fue grabada quedará como recuerdo eterno", murmuré, besando su hombro salado. Él me abrazó fuerte, riendo bajito. "Y qué buena actriz eres, mi reina. Ni los de la tele lo hicieron tan chingón".

Salimos al balcón al atardecer, el cielo pintado de rosas y naranjas reflejándose en el cenote. Tomamos cocteles de xtabentún, el licor dulce bajando suave por la garganta, mientras veíamos el video en loop. Cada escena nos hacía reír y excitarnos de nuevo, pero esta vez sin grabar. La hacienda susurraba secretos de pasiones pasadas, y nosotros habíamos agregado la nuestra. Aquí, en el lugar donde fue grabada Novela de Pasion, encontramos la nuestra propia, pensé, acurrucada en sus brazos, el corazón lleno y el cuerpo saciado.

Regresamos a Mérida esa noche, con el video guardado como tesoro. Cada vez que lo veamos, reviviremos el calor, los olores, los sabores. Porque el amor verdadero no necesita guion, solo dos cuerpos dispuestos en el sitio perfecto.

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