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Pasión de Gavilanes Capítulo 96 Noche de Fuego Insaciable

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Pasión de Gavilanes Capítulo 96 Noche de Fuego Insaciable

La noche en la hacienda era espesa como el chocolate caliente que preparaba mi abuela, con ese aroma a canela que flotaba en el aire caliente de Guadalajara. Yo, Jimena, con mi piel morena brillando bajo la luz de las velas, sentía el corazón latiéndome fuerte mientras Mateo entraba al cuarto. Él era como esos galanes de las novelas, alto, con pecho ancho y esa mirada que me derretía como mantequilla en comal. Habíamos estado peleando todo el día por tonterías, pero debajo de eso ardía la pasión que nos unía desde el primer día que nos vimos en el mercado, rodeados de frutas maduras y vendedores gritando ofertas.

"No seas pendejo, Mateo", le dije riendo mientras me acercaba, mi vestido ligero rozando mis muslos. Él sonrió con esa picardía mexicana que me volvía loca, oliendo a tierra mojada después de la lluvia y a su colonia barata pero irresistible. Nos sentamos en el sillón viejo de la sala, con la tele prendida en Pasión de Gavilanes capítulo 96. Ahí estaba la historia que nos había enganchado a los dos, con sus dramas de venganza y amores prohibidos, pero esta noche, algo en el aire se sentía diferente. El ventilador zumbaba perezoso, moviendo el calor pegajoso que hacía que mi blusa se pegara a mis pechos.

En la pantalla, los hermanos Reyes discutían con pasión, y yo sentí un cosquilleo en el vientre. Mateo me miró de reojo, su mano grande posándose en mi rodilla. "

¿Te acuerdas cuando nos conocimos, mi reina? Como en esa novela, tú eras la inalcanzable y yo el gavilán
", murmuró con voz ronca, su aliento cálido rozándome la oreja. Asentí, mordiéndome el labio, mientras el sonido de la lluvia empezaba a golpear el tejado de tejas rojas. Su dedo subió despacio por mi muslo, trazando círculos que me erizaban la piel. Quería resistirme un poquito más, por puro orgullo, pero mi cuerpo ya lo traicionaba, con el calor subiendo entre mis piernas.

Apagó la tele con un clic del control, y el silencio solo se rompió por nuestros jadeos iniciales. Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila y a deseo reprimido. Su lengua exploraba mi boca con hambre, y yo respondí chupando la suya, saboreando el salado de su sudor. "Te deseo tanto, Jimena, que me duele", gruñó contra mi cuello, sus dientes rozando mi piel sensible. Sentí sus manos grandes amasando mis nalgas, apretándome contra su dureza que palpitaba a través de sus jeans. Olía a hombre, a ese aroma almizclado que me hacía mojarme sin remedio.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y caminamos al cuarto entre risas ahogadas y besos. La cama king size nos esperaba, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia de amante. Me tiró con gentileza, y yo reboté un poco, riendo. "¡Quítate la ropa, cabrón!", le ordené juguetona, y él obedeció rápido, quitándose la camisa para mostrar ese torso tatuado con águilas y rosas, músculos que se contraían con cada movimiento. Su verga saltó libre cuando se bajó los pantalones, gruesa y venosa, apuntándome como arma de conquista. La miré con hambre, lamiéndome los labios.

Me incorporé de rodillas, gateando hacia él para tomarla en mi mano. Estaba caliente, latiendo contra mi palma, y el olor a sexo crudo me invadió las fosas nasales. La besé en la punta, saboreando la gota salada de precum que brotaba. "¡Qué rica verga tienes, mi amor!", gemí, metiéndomela a la boca poco a poco. Él jadeó fuerte, sus manos enredándose en mi cabello negro largo. Chupé con devoción, mi lengua girando alrededor del glande, bajando por el tronco hasta las bolas pesadas que lamí con deleite. El sonido de succión húmeda llenaba el cuarto, mezclado con sus "¡Ay, pinche diosa!". Sentía mi panocha hinchada, chorreando jugos que mojaban mis bragas de encaje.

Mateo no aguantó mucho. Me tumbó de espaldas, arrancándome el vestido con un tirón que rasgó la tela ligeramente. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras preciosas. Los succionó con avidez, mordisqueando uno mientras pellizcaba el otro, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. "

Te voy a comer entera, mi gavilana
", prometió, bajando por mi vientre plano hasta mi entrepierna. Me quitó las bragas de un jalón, exponiendo mi coñito depilado y brillante. Su aliento caliente me hizo arquear la espalda cuando su lengua lamió mi rendija de abajo arriba, saboreando mis mieles dulces y saladas.

¡Dios mío, qué bien comía! Su nariz rozaba mi botón hinchado mientras metía la lengua adentro, chupando mis labios mayores como si fueran tamales jugosos. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso. El cuarto olía a sexo puro, a sudor mezclado con mi aroma femenino. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto G que me hacía ver estrellas. "¡Más, pendejito, no pares!", suplique, clavando las uñas en sus hombros. El orgasmo me vino como tormenta, mi cuerpo convulsionando, squirt salpicando su barbilla mientras gritaba su nombre.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Sus manos abrieron mis nalgas, admirando mi ano rosado y mi coño abierto. Escupió en mi entrada y empujó su verga despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Estás tan apretada, carajo!", rugió, empezando a bombear con ritmo lento al principio. El slap slap de piel contra piel era música erótica, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Sudábamos como locos, el aire cargado de nuestro olor animal.

Aceleró, sus manos agarrando mis caderas con fuerza, jalándome contra él. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, más profundo. "Cógeme duro, mi rey, hazme tuya", le rogaba entre jadeos. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus ojos devoraban mis tetas rebotando, y él las amasaba mientras yo giraba las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis peludo. El placer subía en espiral, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras me penetraba desde abajo con furia.

El clímax nos golpeó juntos. Sentí su verga hincharse, y caliente semen brotó adentro de mí en chorros potentes, mientras mi coño ordeñaba cada gota en un orgasmo que me dejó temblando. Gritamos al unísono, colapsando en un enredo de miembros sudorosos. Su peso sobre mí era delicioso, su corazón latiendo contra el mío como tambores de fiesta.

Después, yacimos jadeando, el ventilador secando nuestro sudor. Me besó la frente con ternura. "

Como en Pasión de Gavilanes capítulo 96, nuestra pasión nunca se apaga
", susurró. Sonreí, trazando sus labios con el dedo. El aroma a sexo persistía, mezclado con el de la lluvia afuera. Nos envolvimos en las sábanas, sabiendo que esto era solo el principio de muchas noches así. En mi mente, el deseo latía aún, prometiendo más fuegos por venir.

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