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En Que Idioma Esta La Pasion De Cristo En Tu Piel

6501 palabras

En Que Idioma Esta La Pasion De Cristo En Tu Piel

Tú estás sentada en la sala oscura de un cineclub en el corazón de la Condesa, el aire cargado con ese olor a palomitas rancias y sudor ajeno. La pantalla parpadea con las imágenes crudas de La Pasión de Cristo, los latigazos resonando como truenos en tus oídos, el rojo de la sangre casi palpable. Sientes un escalofrío que te recorre la espalda, no solo por la violencia, sino por la intensidad de esa entrega total. Al lado tuyo, un tipo alto, moreno, con barba espesa y ojos que brillan como carbones en la penumbra. Se llama Cristo, te lo dijo cuando se sentó, oliendo a colonia cara y algo salvaje debajo, como tierra mojada después de la lluvia.

¿Qué hace un vato así aquí? piensas, mientras tu mirada se desliza por sus brazos tatuados con cruces estilizadas y rosas de Guadalupe. Él nota tu interés y se inclina un poco, su aliento cálido rozando tu oreja.

—En qué idioma está la pasión de Cristo, murmura, como si leyera tus pensamientos. Tú giras la cabeza, sorprendida.

—Arameo, latín, hebreo, ¿no? —respondes, con voz juguetona, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago.

Él ríe bajito, un sonido ronco que vibra en tu pecho. —Esos son los de la película, mamacita. Pero la de verdad... esa no necesita palabras. Sus dedos rozan los tuyos en el apoyabrazos, un toque eléctrico que te hace apretar las piernas. La película sigue, pero ya no la ves. Solo sientes su calor, el roce accidental que no es accidental, el pulso acelerado latiendo en tus sienes.

Cuando acaban los créditos, él te invita un trago en el bar de al lado. Órale, ¿por qué no? Aceptas, el corazón martillando como tambores de una conga. Caminan por las calles empedradas, el viento fresco de la noche lamiendo tu piel expuesta bajo el vestido negro ceñido. Huele a tacos de la esquina, a jazmines en flor, y a él, siempre a él, ese aroma masculino que te marea.

En el bar, tequilas reposados con limón y sal. Hablan de todo y nada: de cómo la película te pone la piel chinita, de cómo él se llama así por su abuelita devota, pero que prefiere las pasiones terrenales. Sus rodillas se tocan bajo la mesa, y cada sorbo quema tu garganta, avivando el fuego en tu vientre.

—Dime, ¿en qué idioma sientes tú la pasión? —pregunta, sus ojos clavados en los tuyos, oscuros y profundos como pozos.
Tú sonríes, lames la sal de tus labios. —En el que gimas tú, wey.

La tensión es un cable vivo entre ustedes. Él paga la cuenta, te toma de la mano y caminan a su depa, a unas cuadras. Suben en el elevador, solos, y ya no aguantas: lo besas. Sus labios son firmes, saben a tequila y deseo puro, su lengua invade tu boca con hambre santa. Manos por todas partes, la tuya en su nuca áspera de barba, la de él bajando por tu espalda hasta apretar tu culo con fuerza posesiva pero tierna. Dios, qué rico se siente esto, piensas mientras el ding del elevador los separa un segundo.

En su penthouse minimalista, luces tenues, música de jazz suave de fondo, el aroma a velas de sándalo flotando. Se quitan la ropa con urgencia calmada: tú desabrochas su camisa, revelando un pecho ancho, velludo, pectorales duros como piedra tallada. Él desliza tu vestido, besando cada centímetro de piel que descubre, desde el cuello hasta los pechos, chupando un pezón hasta que gimes alto. —Así, mi reina, déjame oírte, susurra, voz grave como un rezo pecaminoso.

Te tumba en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra tu piel ardiente. Sus manos expertas recorren tus muslos, abriéndolos con gentileza. Sientes su aliento caliente en tu panocha, ya mojada, palpitante. Va a volverme loca este cabrón. La lengua de Cristo es un milagro: lame despacio tu clítoris, círculos perfectos, chupando suave luego fuerte, metiendo un dedo, dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hace arquear la espalda. El sonido de tus jugos, chapoteos húmedos, se mezcla con tus jadeos y sus gruñidos de placer. Hueles tu propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor salado.

Tú no te quedas atrás. Lo empujas, te arrodillas, tomas su verga gruesa, venosa, latiendo en tu mano. —Qué chingona está, Cristo, dices, lamiendo la punta, saboreando el precum salado. La engulles centímetro a centímetro, sintiendo cómo se hincha en tu garganta, sus caderas moviéndose instintivo. Él enreda los dedos en tu pelo, no tira, guía, gimiendo tu nombre como un mantra: —Ana, carajo, qué buena mamada.

La intensidad sube como fiebre. Te voltea, te pone a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo su peso. Sientes la cabeza de su verga rozando tu entrada, resbalosa.

—¿Estás lista, mi amor? —pregunta, siempre atento.
—Sí, métemela ya, pendejo, respondes riendo, empoderada. Entra lento, llenándote, estirándote delicioso. El dolor placer inicial da paso a oleadas de éxtasis. Empieza a bombear, profundo, rítmico, sus bolas chocando contra tu clítoris. Sudor gotea de su frente a tu espalda, pieles pegajosas, resbalosas. Escuchas la cama crujir, vuestros cuerpos aplaudiendo, gemidos en crescendo. En qué idioma está esta pasión, Dios mío, piensas mientras él te agarra las caderas, acelerando.

Cambian: tú encima, cabalgándolo como reina, sus manos en tus tetas rebotando, pellizcando pezones. Controlas el ritmo, moliéndote contra él, sintiendo su verga golpear tu G perfecto. Él se incorpora, chupándote el cuello, mordisqueando suave. El orgasmo te barre primero: un tsunami desde el útero, contracciones que lo aprietan, gritando su nombre mientras tiemblas, jugos chorreando por sus muslos. Él no tarda: —Me vengo, Ana, ¡ah!, llenándote con chorros calientes, su cuerpo convulsionando bajo el tuyo.

Caen exhaustos, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su piel pegada a la tuya, corazones latiendo al unísono. Huele a sexo crudo, semen y sudor, embriagador. Él te besa la frente, acaricia tu pelo húmedo. Esto fue más que un polvo, fue conexión, reflexionas en el afterglow, mientras la ciudad murmura afuera.

—En qué idioma está la pasión de Cristo —murmuras pícara, trazando cruces en su pecho.

Él ríe, te aprieta más. —En el nuestro, mi diosa. Solo en el nuestro.

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