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Arquitectura Mi Pasion Desnuda

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Arquitectura Mi Pasion Desnuda

La arquitectura mi pasion desde siempre. Cada línea recta o curva que diseño me hace vibrar por dentro, como si estuviera moldeando no solo cemento y acero, sino carne y deseo. Soy Ana, arquitecta en la CDMX, y mi oficina en Polanco huele a café recién molido y planos frescos impresos. Ese día, el sol entraba a raudales por los ventanales, iluminando las maquetas de mis últimos proyectos: torres elegantes que se elevan como cuerpos tensos hacia el cielo.

Entró él, Carlos, mi nuevo cliente. Alto, moreno, con esa mirada que te recorre como si midiera cada centímetro de tu estructura. Vestía camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos y jeans que dejaban poco a la imaginación. Órale, qué chulo, pensé, mientras le extendía la mano. Su piel era cálida, áspera por el trabajo manual que hacía en sus construcciones. Hablamos de su hotel boutique en la Roma, un edificio que quería que fuera único, sensual, dijo. Sus ojos se clavaron en los míos y sentí un cosquilleo en el estómago, como el zumbido de una sierra eléctrica en la distancia.

Le mostré los renders en mi laptop.

—Mira aquí, carnal —le dije, inclinándome para que oliera mi perfume de jazmín mezclado con el aroma metálico de la tinta—. Esta curva en la fachada es como el arco de una espalda en éxtasis.
Se acercó más, su aliento rozó mi cuello. El aire se cargó de tensión, el tráfico de la avenida sonaba lejano, como un pulso acelerado. Nuestras manos se rozaron al apuntar al plano, y no la retiré. Neta, este wey me prende, me dije, sintiendo el calor subir por mis muslos.

Decidimos ir al sitio de la obra esa misma tarde. En su camioneta, el viento entraba por la ventana abierta, trayendo olores a tierra removida y asfalto caliente. Hablábamos de todo: de cómo la arquitectura es como el sexo, planeada pero impredecible, rígida pero flexible. Él confesó que siempre le ha gustado ver mujeres fuertes diseñando imperios. Yo reí, pendejo coqueto, pero mi cuerpo respondía: pezones endurecidos contra el bra de encaje, humedad creciente entre las piernas.

Al llegar, el esqueleto de hormigón se erguía imponente bajo el atardecer naranjado. Subimos por las escaleras metálicas, el eco de nuestros pasos retumbando como latidos. El viento jugaba con mi falda, levantándola lo justo para que él viera el borde de mis ligas. Arriba, en lo que sería la terraza principal, nos detuvimos. La ciudad se extendía a nuestros pies: luces parpadeando como estrellas artificiales, el olor a tacos de la calle subiendo en ráfagas.

Acto dos: la escalada. Me apoyé en una viga, fingiendo estudiar el skyline. Carlos se puso detrás, sus manos en mis caderas.

—Ana, tu pasión por esto... por la arquitectura... me enciende —murmuró, su voz grave como el ronroneo de un motor.
Giré, nuestros rostros a centímetros. Sus labios eran carnosos, invitadores. Lo besé primero, suave, probando el sabor salado de su piel sudada. Él respondió con hambre, lengua explorando mi boca como si trazara un plano perfecto. Sus manos subieron por mi blusa, desabotonándola con dedos hábiles, exponiendo mis senos al aire fresco. Gemí contra su boca, el sonido perdido en el viento.

Me levantó sobre una pila de planos enrollados, el papel crujiendo bajo mi peso. Bajó la cabeza, lamiendo un pezón, succionándolo con fuerza que me arqueó la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! pensé, mis uñas clavándose en su nuca. Olía a hombre: sudor limpio, colonia amaderada, deseo puro. Desabroché su cinturón, liberando su verga dura, palpitante. La toqué, gruesa y caliente en mi palma, venas marcadas como cables de acero. Él jadeó, —Neta, Ana, me vas a volver loco.

La tensión crecía como un edificio en construcción: capa por capa. Me quitó la falda, las bragas, sus dedos encontraron mi chochita empapada. Rozó mi clítoris en círculos lentos, haciendo que mis caderas se movieran solas.

—Estás chorreando, preciosa —dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas.
Gruñí, mordiendo su hombro, el sabor metálico de su piel en mi lengua. El sol se ponía, tiñendo todo de rojo, como sangre en ebullición. Lo empujé al suelo, sobre una lona protectora que olía a pintura fresca. Me monté en él, guiando su verga a mi entrada. Despacio, lo sentí llenarme, estirándome deliciosamente. Arquitectura perfecta, pensé, mientras empezaba a cabalgar, mis senos rebotando con cada embestida.

Sus manos amasaban mis nalgas, guiando el ritmo. El slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros gemidos, el zumbido de la ciudad abajo como un coro lejano. Sudábamos, cuerpos resbalosos uniéndose en fricción ardiente. Aceleré, sintiendo el orgasmo construir como una torre inminente. Él se tensó debajo, —Me vengo, Ana, ¡órale!. Explosamos juntos: yo convulsionando, chorros de placer mojando su abdomen; él llenándome con pulsos calientes, gruñendo mi nombre.

Nos quedamos así, jadeantes, el afterglow envolviéndonos como niebla post-lluvia. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Esto es más que un polvo; es estructura sólida, reflexioné, mientras el cielo se oscurecía.

Después, envueltos en su chamarra, bajamos. En la camioneta, fumamos un cigarro compartido —el humo danzando como volutas de diseño—. Hablamos de terminar el hotel juntos, de más noches así.

—Arquitectura mi pasión —le dije, tatuándome esas palabras en su mente—, pero tú... tú eres mi nueva obra maestra.
Él sonrió, mano en mi muslo. La CDMX nos recibía con sus luces, prometiendo infinitas curvas por explorar.

Desde esa noche, cada plano que dibujo lleva su huella: líneas sensuales, estructuras que palpitan. La arquitectura es mi pasión, pero ahora, carnal, compartida en éxtasis eterno.

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