Es Una Loca Pasión Que Se Adueña De Mi Mente
Estaba en esa cantina de la Condesa, con el aire cargado de humo de cigarro y el olor a tequila reposado que se mezclaba con el perfume dulce de las flores que adornaban las mesas. La música de mariachi retumbaba suave, pero mi pulso ya iba más rápido que el ritmo de las guitarras. Lo vi entrar, alto, con esa camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y un jeans que le quedaba como pintado. Sus ojos oscuros barrieron el lugar hasta clavarse en mí. Órale, pensé, este carnal me va a volver loca.
Me acerqué a la barra pidiendo un paloma, fingiendo que no lo notaba, pero sentía su mirada quemándome la nuca como el sol de mediodía en el Zócalo. De repente, su voz grave me rozó el oído:
—Órale, preciosa, ¿me invitas a un trago o qué?
Me volteé, y ahí estaba, con una sonrisa pícara que mostraba dientes blancos y perfectos. Olía a colonia fresca, con un toque de sudor masculino que me erizó la piel. Le seguí el juego:
—Solo si prometes no ser un pendejo que se emborracha y ronca, le contesté, riendo bajito mientras chocábamos vasos. Se llamaba Diego, venía de Guadalajara, pero ya llevaba años en la ciudad. Hablamos de todo: de los tacos al pastor que extrañaba, de las noches locas en el antro de Polanco, de cómo la vida en México te agarra y no te suelta. Cada vez que reía, su mano rozaba la mía accidentalmente, enviando chispas por mi brazo. Mi corazón latía fuerte, y entre mis piernas sentía ese calor húmedo que no podía ignorar.
Salimos de la cantina caminando por las calles empedradas, el viento nocturno trayendo el aroma de jazmines de algún jardín cercano. Su brazo me rodeó la cintura, posesivo pero suave, y yo no me aparté. Es una loca pasión que se adueña de mi mente, me repetí mientras subíamos las escaleras de mi depa en la Roma. No pude esperar más; en el elevador, lo jalé hacia mí y lo besé. Sus labios eran calientes, suaves como miel, con sabor a limón y tequila. Su lengua exploró mi boca con hambre, y gemí contra él, sintiendo sus manos grandes apretando mis nalgas sobre el vestido ajustado.
Entramos tambaleándonos a mi recámara, la luz tenue de la lámpara de lava pintando sombras rojas en las paredes. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. El aire olía a mi perfume de vainilla mezclado con su aroma varonil, y el sonido de su respiración agitada era como música prohibida. Me tendí en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente.
—Eres una diosa, carnala, murmuró, mientras sus dedos trazaban círculos en mis pechos, endureciendo mis pezones hasta que dolían de placer.
Le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros de su pecho bajo mis uñas, el vello áspero que me raspaba las palmas. Bajé la cremallera de su pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el mismo ritmo frenético de mi corazón. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y él gruñó profundo, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.
Me abrió las piernas con gentileza, sus ojos fijos en los míos pidiendo permiso. Asentí, mordiéndome el labio, y su boca descendió. Su lengua lamió mi sexo despacio al principio, saboreando mis jugos salados y dulces, chupando mi clítoris con maestría. ¡Qué chido! Grité en mi mente, arqueando la espalda mientras olas de placer me recorrían. El sonido húmedo de su succión, mezclado con mis jadeos, llenaba la habitación. Olía a sexo puro, a deseo crudo, y mis manos se enredaron en su cabello negro, guiándolo más profundo.
Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, montándome sobre él como una amazona. Su verga entró en mí de un solo movimiento, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Era perfecta, gruesa, golpeando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Cabalgaba despacio al inicio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, el roce de su pubis contra mi clítoris enviando descargas eléctricas. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando los pezones, y yo gemía su nombre: ¡Diego, cabrón, no pares!
El sudor nos cubría, perlas saladas que resbalaban por su pecho y caían en mi boca cuando me inclinaba a besarlo. El sabor era adictivo, salado y amargo, como el mezcal más fino. Aceleré el ritmo, mis caderas chocando contra las suyas con palmadas húmedas y sonoras. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo suave hasta dejar marcas rojas que mañana dolerían rico. Sentía su verga hincharse más, palpitando dentro de mí, y supe que estaba cerca.
—Vente conmigo, preciosa, jadeó, sus dedos bajando a frotar mi clítoris en círculos rápidos.
El orgasmo me golpeó como un tren, un estallido de fuego blanco que me dejó temblando, contrayendo mis músculos alrededor de él en espasmos incontrolables. Él rugió, llenándome con chorros calientes que se derramaban dentro, mezclándose con mis jugos. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones latiendo al unísono como tambores de una fiesta patronal.
Nos quedamos así un rato, respirando pesado, el aire espeso con el olor almizclado del sexo y el sudor. Sus dedos trazaban patrones perezosos en mi espalda, y yo besaba su hombro, saboreando la sal de su piel. Esto no es solo un revolcón, pensé, mientras el calor post-orgásmico me envolvía como una cobija de lana en invierno. Diego se apartó un poco, mirándome con esos ojos que ahora brillaban suaves.
—¿Sabes qué? Desde que te vi en la cantina, supe que eras para mí. Me traes loco, como si no existiera nada más.
Sonreí, acurrucándome contra su pecho.
—Es una loca pasión que se adueña de mi mente, Diego. Y no quiero que pare nunca.
La noche se extendió en susurros y caricias, prometiendo más amaneceres así. Afuera, la ciudad bullía con su caos eterno, pero en mi cama, todo era paz ardiente, un lazo forjado en fuego y placer. México siempre ha sido así: pasional, impredecible, y ahora, con él, perfecta.