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Es La Pasión Por Los Colores De Mi Club

6324 palabras

Es La Pasión Por Los Colores De Mi Club

El estadio Azteca retumbaba como un corazón desbocado, el aire cargado de sudor, cerveza y ese olor inconfundible a pasión futbolera. Yo, con mi camiseta amarilla y azul del América bien puesta, gritaba hasta quedarme ronco: ¡Sí se le hace! Los colores de mi club me corrían por las venas como fuego líquido. Era el clásico contra las Chivas, y la afición americanista estaba en llamas. Ahí, entre la marea humana de jerseys ondeantes, la vi por primera vez. Morena, curvas que se marcaban bajo su playera ajustada del América, el cabello suelto volando con cada salto. Sus ojos brillaban con la misma locura que la mía.

¡Es la pasión por los colores de mi club, wey! —me gritó ella, chocando su hombro contra el mío mientras saltábamos por un gol de Henry Martín.

Su voz era ronca, juguetona, con ese acento chilango que me erizaba la piel. Olía a vainilla mezclada con el humo de los cuernos, y su piel bronceada asomaba por el escote, tentándome. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo por el partido.

Neta, carnala, estos colores nos unen más que nada —le contesté, y de ahí no nos despegamos. Nos abrazamos en cada jugada, sus tetas presionándose contra mi pecho, su risa vibrando en mi oído. El pitazo final llegó con victoria azulcrema, y el estadio explotó. Salimos juntos, sudados, eufóricos, directo a un bar cerca del estadio lleno de águilas cantando.

En la barra, con chelas frías en la mano, platicamos. Se llamaba Ana, fanática de hueso colorado como yo, con un tatuaje del águila en la nalga que juraba mostrarme algún día.

«Es la pasión por los colores de mi club, ¿sabes? Me hace sentir viva, ardiente»
, me dijo, lamiéndose los labios mientras me miraba de arriba abajo. Su mano rozó mi muslo bajo la mesa, y sentí el calor subir por mi verga. Hablamos de partidos épicos, de cómo los colores nos ponían la piel de gallina, pero entre líneas, la tensión sexual crecía como la hinchada en un derby.

¿Y si vamos a mi depa? Tengo algo especial para celebrar —propuso ella, con ojos que prometían más que una chela.

Órale, pensé. Esto va pa’l culo de bueno.

El taxi nos dejó en su colonia, un departamentito chido en la Narvarte, con posters del América por todos lados. Apenas cerramos la puerta, se volteó y me besó con hambre de loba. Sus labios sabían a sal y tequila, su lengua invadiendo mi boca como un contragolpe letal. La cargué hasta la recámara, sus piernas envolviéndome la cintura, gimiendo bajito contra mi cuello. Qué rica, pendeja, con ese cuerpo hecho pa’ pecar.

Nos quitamos las playeras a tirones. Debajo de la suya, sorpresa: su piel estaba pintada con los colores de mi club. Rayas amarillas y azules cubriendo sus tetas perfectas, el águila del América delineada en su ombligo, bajando hasta perderse en su short. El olor a pintura fresca mezclada con su aroma femenino me mareó.

Es la pasión por los colores de mi club, ¿ves? Los llevo en la piel —susurró, arqueando la espalda para que los viera mejor.

Mis manos temblaban al tocarla. La pintura era suave, pegajosa bajo mis dedos, y su piel ardía. Lamí una raya amarilla de su pezón, saboreando el dulzor químico con su sudor salado. Ella jadeó, clavándome las uñas en la espalda.

¡Ay, wey, no pares!

La tumbé en la cama, besando cada centímetro de esos colores. Mi lengua trazó el águila, chupando sus tetas hasta que los pezones se pusieron duros como piedras. Ella se retorcía, manoseándome la verga por encima del pantalón, neta que ya estaba a reventar. Le quité el short, y ahí estaba: más pintura, un río azul y amarillo entre sus piernas depiladas, enmarcando su concha rosada y húmeda.

Me arrodillé, inhalando su olor almizclado, ese perfume de hembra en calor que me volvía loco. Mi lengua se hundió en ella, lamiendo la pintura y sus jugos, dulce y salado a la vez. Ana gritaba, jalándome el pelo, sus caderas moviéndose como en un baile de cumbia prohibida.

«Más profundo, cabrón, hazme volar como el águila»
.

La tensión crecía, mis huevos pesados, mi verga palpitando. Me puse de pie, me bajé el pantalón, y ella se lanzó a mamarme como si fuera el trofeo del campeonato. Su boca caliente, succionando con fuerza, la lengua girando en la cabeza. Qué chingona, la mera verga. La detuve antes de explotar, porque quería follarla hasta el fondo.

La volteé boca abajo, admirando el tatuaje en su nalga, y le abrí las piernas. Escupí en mi verga y la metí de un jalón, sintiendo su concha apretada envolviéndome como un guante de portero. ¡Puta madre, qué delicia! Empujé lento al principio, saboreando cada centímetro, el sonido chapoteante de nuestros cuerpos chocando, el olor a sexo llenando la habitación. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más, sus gemidos convirtiéndose en alaridos.

¡Fóllame duro, americanista! ¡Por los colores! —gritaba, y yo obedecía, dándole estocadas profundas, mis manos apretando sus caderas pintadas.

Cambié de posición, la puse a cabalgarme. Sus tetas rebotando con los colores borrosos por el sudor, su cara de éxtasis puro. Yo la pellizcaba, lamía la pintura que se corría, y ella se movía como una diosa del deseo. El clímax se acercaba, mis pulsaciones aceleradas, su concha contrayéndose alrededor de mi verga. No aguanto más, neta.

¡Me vengo, Ana! —rugí, y ella aceleró, gritando conmigo. Eyaculé dentro de ella en chorros calientes, su orgasmo apretándome hasta el alma, ondas de placer recorriéndonos como un gol en el último minuto.

Nos derrumbamos, jadeantes, cubiertos de pintura, sudor y semen. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún latía como en el estadio. El aire olía a nosotros, a victoria compartida.

Es la pasión por los colores de mi club —murmuró ella, trazando un dedo por mi piel—, pero contigo, es mucho más.

La besé, saboreando el afterglow, sabiendo que esto era solo el principio de muchas noches azulcremas. En ese momento, entendí que la verdadera pasión no se pinta, se vive en la piel del otro.

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