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Pasión de Gavilanes Capítulo 82 Fuego Prohibido

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Pasión de Gavilanes Capítulo 82 Fuego Prohibido

La noche en la hacienda era cálida como un abrazo de amante, con el aroma de las gardenias flotando en el aire desde el jardín. Rosa y Miguel se acurrucaban en el sofá de cuero viejo de la sala, el televisor iluminando sus rostros con el brillo parpadeante de Pasión de Gavilanes capítulo 82. Era su ritual de los viernes, ver esas novelas que los ponían a volar la imaginación, pero esta noche algo andaba diferente. El episodio estaba en su punto más intenso, con los hermanos Reyes y las Elizondo enredados en un torbellino de celos y deseo que hacía que el corazón de Rosa latiera más rápido.

—Mira nomás a esos pendejos, murmuró Miguel con esa voz ronca que siempre le erizaba la piel a Rosa, su mano grande descansando en su muslo desnudo bajo la falda ligera. Ella se recargó en su pecho ancho, oliendo su colonia mezclada con el sudor fresco de un día de trabajo en el rancho. Neta, este capítulo me tiene mojadita, pensó Rosa, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que no podía ignorar.

En la pantalla, la pasión estallaba: besos furiosos, manos que exploraban curvas prohibidas. Rosa giró la cara hacia Miguel, sus labios rozando los de él accidentalmente. O no tan accidental. Sus ojos se encontraron, oscuros y hambrientos, como si el fuego de la novela hubiera saltado al aire entre ellos.

¿Qué pasa, mi reina? —preguntó él, su aliento cálido contra su oreja, haciendo que un escalofrío le recorriera la espalda.

—Nada, wey... solo que este Pasión de Gavilanes capítulo 82 me prende cañón —confesó ella, su voz un susurro juguetón, mientras deslizaba la mano por su pecho velludo bajo la camisa desabotonada.

El beso empezó suave, como un roce de alas de mariposa, pero pronto se volvió voraz. Las lenguas se enredaron, saboreando el tequila que habían compartido antes, con un toque salado de sus pieles. Miguel la atrajo más cerca, su erección presionando contra el muslo de ella, dura y prometedora. Rosa gimió bajito, el sonido perdido en la boca de él, mientras sus dedos se clavaban en su nuca, tirando de su cabello negro.

La televisión seguía zumbando de fondo, pero ya nadie prestaba atención. Miguel levantó la falda de Rosa, exponiendo sus bragas de encaje negro, húmedas ya por el deseo.

Carajo, qué chula está mi morra
, pensó él, inhalando el aroma almizclado de su excitación que lo volvía loco. Sus dedos trazaron la línea de la tela, presionando justo donde ella más lo necesitaba, haciendo que Rosa arqueara la cadera con un jadeo.

Te quiero ya, carnal —susurró ella, mordiendo su labio inferior, el sabor metálico de la sangre mezclándose con su saliva.

Se levantaron del sofá como si una corriente eléctrica los impulsara. Miguel la cargó en brazos, sus músculos tensos bajo la piel morena, y la llevó al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra el calor de sus cuerpos. La arrojó con gentileza, riendo cuando ella rebotó, sus pechos grandes moviéndose tentadores bajo la blusa semitransparente.

Se desnudaron mutuamente con urgencia contenida. Rosa desabotonó la camisa de él, besando cada centímetro de pecho expuesto, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Sabe a hombre de rancho, a tierra y sol, se dijo, mientras bajaba la cremallera de sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó erecta apuntando al techo. La tomó en la mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor que emanaba como lava.

Miguel gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de Rosa. La volteó boca abajo, besando su espalda desde las hombros hasta las nalgas redondas. Sus manos amasaron la carne suave, separando los glúteos para besar el centro húmedo. La lengua de él exploró su panocha, saboreando los jugos dulces y salados, chupando el clítoris hinchado hasta que Rosa se retorció, gritando su nombre contra la almohada.

¡Ay, Miguel, no mames, qué rico! —jadeó ella, las caderas moviéndose al ritmo de su boca mágica.

El aire del cuarto se llenó de sus gemidos, del olor a sexo crudo y sudor, del crujir de la cama bajo sus cuerpos. Miguel se posicionó detrás, frotando la punta de su verga contra la entrada resbaladiza de ella, torturándola con lentitud. Rosa empujó hacia atrás, impaciente, sintiendo cada vena rozar sus labios internos.

Dame todo, pendejo —exigió ella, girando la cabeza para mirarlo con ojos nublados de lujuria.

Entró de un solo empujón profundo, llenándola por completo. Rosa sintió que la partía en dos, el placer doloroso estallando en oleadas desde su centro. Él empezó a bombear, lento al principio, cada embestida haciendo que sus bolas chocaran contra su clítoris, enviando chispas por su espina. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba el cuarto, mezclado con sus respiraciones entrecortadas y maldiciones cariñosas.

Está como en la novela, pero mejor, neta. Este wey me folla como nadie
, pensó Rosa mientras él aceleraba, sus manos agarrando sus caderas con fuerza, dejando marcas rojas que mañana dolerían deliciosamente. Cambiaron de posición: ella encima, cabalgándolo como una amazona en el rancho. Sus tetas rebotaban con cada salto, pezones duros rozando el pecho de él. Miguel las atrapó en su boca, succionando fuerte, mordiendo lo justo para hacerla gritar.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Rosa sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el vientre que se expandía con cada roce. Miguel la volteó de nuevo, misionero ahora, sus cuerpos pegados sudorosos, mirándose a los ojos. Te amo, mi vida, le dijo él sin palabras, solo con la intensidad de su mirada mientras la penetraba más profundo, más rápido.

¡Me vengo, cabrón! —gritó Rosa, su panocha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo en espasmos violentos. El placer la cegó, olas y olas rompiendo contra su piel, haciendo que lágrimas de éxtasis rodaran por sus mejillas.

Miguel la siguió segundos después, gruñendo como un animal, su semen caliente inundándola en chorros potentes. Se derrumbó sobre ella, pesados y temblorosos, sus corazones latiendo al unísono como tambores de fiesta.

Se quedaron así un rato, enredados en las sábanas revueltas, el ventilador del techo moviendo el aire cargado de su aroma compartido. Miguel besó su frente, suave ahora, tierno.

¿Viste? Mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 82 —bromeó él, su voz perezosa y satisfecha.

Rosa rio bajito, acurrucándose en su brazo. Sí, wey, nuestra propia pasión de gavilanes, pensó, mientras el sueño los envolvía. La noche había sido perfecta, un capítulo cerrado con final feliz, pero sabiendo que habría más. Siempre más.

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