Pasión Capítulo 70 Fuego en la Sangre
Me llamo Ana, y esta noche en mi departamento en Polanco, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas traviesas por la ventana, siento que el aire se carga de electricidad. Han pasado semanas desde la última vez que Marco y yo nos vimos, y cada día sin él ha sido como un vacío que me quema por dentro. Pasión Capítulo 70, pienso mientras miro el reloj, ese título que le puse a nuestra historia secreta en mi diario, porque neta, esto ya parece una novela de esas que enganchan hasta el alma.
El aroma de las velas de vainilla que encendí flota en el aire, mezclado con el perfume de mi loción favorita, esa que sabe a jazmín y deseo. Llevo un vestido negro ajustado que resalta mis curvas, sin nada debajo, porque sé que a él le vuelve loco descubrirme así. Mi corazón late fuerte, tan tan tan, como un tambor en una fiesta de pueblo. Lo imagino entrando, con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés devorándome entera.
De repente, la puerta se abre con un clic suave. Ahí está Marco, alto, moreno, con la camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho que tanto me gusta lamer. "Hola, mi reina", dice con esa voz ronca que me eriza la piel. Cierro los ojos un segundo, inhalando su olor a colonia fresca y hombre sudado del tráfico. Me acerco, mis tacones resonando en el piso de madera, y lo beso sin decir nada más. Sus labios son calientes, suaves al principio, luego urgentes, con ese sabor a menta y algo salvaje.
¡Dios, cuánto lo extrañé! Cada roce de su lengua en la mía despierta un fuego que me recorre las venas.
Sus manos grandes recorren mi espalda, bajando hasta mis caderas, apretándome contra él. Siento su dureza presionando mi vientre, y un gemido se me escapa sin querer. "Ana, estás más rica que nunca", murmura contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Río bajito, juguetona: "No seas pendejo, Marco, ven y demuéstramelo". Lo jalo hacia el sofá de terciopelo rojo, donde nos dejamos caer, él encima de mí, su peso delicioso aplastándome justo como me gusta.
Acto primero de nuestra noche: exploración. Sus dedos hábiles suben el vestido, rozando mis muslos desnudos. La fricción envía chispas por mi cuerpo; mi piel se pone de gallina, y el calor entre mis piernas crece como lava. Lo miro a los ojos, esos pozos oscuros que prometen placer infinito. "Te deseo tanto, wey", le susurro, y él responde besando mi clavícula, bajando lento hasta mis pechos. Saco los brazos del vestido, dejándolo caer como una ofrenda. Sus labios capturan un pezón, chupando suave, luego fuerte, y yo arqueo la espalda, gimiendo su nombre. El sonido de su boca húmeda, el roce de su barba incipiente en mi piel... todo es puro éxtasis sensorial.
Pero hay tensión. Hace tiempo discutimos por celos tontos; él trabaja en esa constructora y siempre viaja, y yo en mi galería de arte, rodeada de tipos presumidos. "¿Sigues enojada?", pregunta mientras sus dedos juguetean en el borde de mis bragas imaginarias –no las traigo, pendejo listo. "No, solo muero por sentirte dentro", confieso, mi voz temblorosa. Eso lo enciende más; me voltea boca abajo, besando mi espinazo, lamiendo la curva de mis nalgas. El aire fresco de la habitación contrasta con su aliento caliente, y yo me muerdo el labio, conteniendo el grito que quiere salir.
En el medio de esta pasión capítulo 70, la intensidad sube como la marea en Acapulco. Marco me quita el vestido del todo, y yo lo despojo de su camisa, arañando su espalda con las uñas. Nuestros cuerpos desnudos se pegan, piel con piel, sudor empezando a brotar. Huele a sexo inminente, a feromonas mexicanas puras. Lo empujo para montarlo; quiero control esta vez. Me siento a horcajadas sobre él, frotándome contra su verga dura como piedra. "Mírame", le ordeno, y él obedece, sus manos en mis tetas, pellizcando los pezones hasta que jadeo.
Despacio, lo guío dentro de mí. ¡Ay, cabrón! Esa plenitud, ese estirón delicioso que me llena hasta el fondo. Empiezo a moverme, arriba y abajo, mis caderas girando como en un baile de salsa. El sofá cruje bajo nosotros, el slap slap de carne contra carne llena la sala. Su olor a macho me embriaga, mezclado con mi humedad que chorrea por sus bolas. "¡Qué chingón te sientes, Ana!", gruñe, embistiéndome desde abajo. Yo acelero, mis pechos rebotando, el sudor goteando entre nosotros. Internalizo el placer: esto es mío, nuestro, puro fuego que quema las dudas.
La lucha interna: ¿y si esto es solo pasión temporal? Pero sus ojos me dicen que no; me miran con amor crudo, animal. Cambiamos posiciones; él me pone de perrito, agarrando mis caderas con fuerza. Cada embestida es un trueno, su pubis chocando mi culo, sus bolas golpeando mi clítoris. Grito: "¡Más duro, pendejo, dame todo!". Él obedece, una mano en mi pelo tirando suave, la otra frotando mi botón hinchado. El orgasmo se acerca como tormenta; siento las contracciones, el pulso acelerado en mi cuello, el sabor salado de mi propio sudor en los labios.
Sus dedos entran en mi boca, y yo los chupo como si fueran él, saboreando la sal. "Ven, mi amor, córrete conmigo", jadea. El clímax explota: ondas de placer me recorren, mi coño apretándolo como tenaza, chorros de jugo mojando sus muslos. Él ruge, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que siento adentro. Nos derrumbamos, temblando, el aire pesado con olor a sexo, semen y vainilla quemada.
En el final, el afterglow nos envuelve como sábana tibia. Yacemos enredados en el sofá, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello revuelto. Las luces de la ciudad siguen bailando afuera, pero adentro hay paz. "Esto fue pasión capítulo 70", digo riendo bajito, y él levanta la vista: "Y habrá más, mi vida. Neta, no te suelto". Beso su frente, sintiendo su piel fresca ahora, el corazón latiendo calmado contra el mío.
Nos levantamos lento, pedimos tacos por app –porque ¿qué mejor que unos suadero con cilantro para sellar la noche?– y nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, risas y besos suaves. En la cama king size, nos acurrucamos, su brazo alrededor de mi cintura. Cierro los ojos, oliendo su cuello, saboreando el eco del placer en mi cuerpo cansado pero satisfecho. Mañana será otro día, pero esta noche, en Pasión Capítulo 70, encontramos nuestro paraíso.
El deseo no se apaga; late bajo la piel, prometiendo capítulos eternos. Y yo, Ana, sé que con Marco, cada embestida es un juramento de fuego eterno.