Juego de Pasion Duelo
La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y jazmín florecido, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la playa privada de la villa. Yo, Ana, estaba recargada en la barandilla del balcón, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por el bochorno. Marco, mi carnal de años, se acercó por detrás, sus manos grandes rozando mis caderas sin apretar todavía. Neta, este wey siempre sabe cómo encender la chispa, pensé, sintiendo el calor de su aliento en mi cuello.
"¿Listos para el juego de pasion duelo?" murmuró él, su voz ronca como el tequila reposado que acabábamos de compartir. Asentí, mordiéndome el labio, porque esa idea loca que se nos ocurrió en la cena me tenía ya mojadita de anticipación. Reglas simples: turno por turno, nos seduciríamos sin poder tocarnos del todo hasta que uno pidiera clemencia. El perdedor sería el esclavo del ganador por la noche. El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta tropical.
Empecé yo. Me giré despacio, dejando que el vestido se deslizara un poco por mi hombro, revelando la curva de mi teta. Sus ojos se clavaron ahí, oscuros y hambrientos. Caminé hacia él contoneándome, el sonido de mis tacones en el piso de mármol retumbando como un corazón acelerado. Me detuve a centímetros, tan cerca que sentía el calor de su pecho subiendo hacia mí. "Mírame, Marco, imagina cómo sabe mi piel ahora mismo", le susurré, pasando la lengua por mis labios. Él tragó saliva, su nuez de Adán moviéndose, y el bulto en sus shorts ya era evidente. Qué rico verlo así, conteniéndose como pendejo.
"Si me toca ahora, pierdo, pero joder, qué ganas de lamerle el cuello", pensé, mientras mi concha palpitaba con cada segundo.
Le tocó su turno. Marco se quitó la camisa con lentitud felina, mostrando ese torso moreno marcado por horas en el gym. El olor a su sudor mezclado con loción de coco me invadió las fosas nasales. Se acercó, su boca rozando mi oreja sin besarla. "Siente esto, Ana, mi verga ya está dura por ti, lista para partirte en dos". Exhaló caliente, y yo cerré los ojos, imaginando el grosor de su miembro pulsando contra mi muslo. Mis pezones se endurecieron bajo la tela, traicionándome. El viento del mar nos acariciaba, pero nada como su aliento que me erizaba la piel.
El juego escaló. Mi segundo turno: deslicé el vestido hasta la cintura, quedando en tanga y bra. Bailé para él al ritmo de una cumbia que sonaba bajito desde la casa, mis caderas girando, tetas rebotando suaves. Me acerqué tanto que mis pezones casi rozan su pecho, y soplé suave sobre su piel, oliendo su excitación masculina, ese almizcle que me volvía loca. "¿Quieres morderlas, amor? Pídeme clemencia y te las doy". Él gruñó, manos apretadas en puños a los lados. Está al borde, lo noto en cómo respira agitado.
Marco contraatacó. Se bajó los shorts, liberando su verga erecta, venosa y gruesa, apuntando hacia mí como un arma. La tomó en la mano, masturbándose lento, el sonido húmedo de su prepucio moviéndose llenando el aire. "Mira cómo late por tu panocha, Ana. Imagina cómo te llena, cómo te hace gemir como puta". Se pegó a mí, su glande rozando mi vientre apenas, dejando una gota de precum que quemaba como fuego. Mi clítoris hinchado rogaba atención, y apreté los muslos para no romper las reglas. El sabor salado del mar en mis labios se mezclaba con el deseo de probarlo.
La tensión era insoportable ahora. Tercera ronda mía: me quité el bra, tetas libres al aire nocturno, pezones duros como piedras. Me arrodillé frente a él, boca abierta cerca de su verga, exhalando caliente sobre ella. Lamí el aire a centímetros, oliendo su esencia varonil. "Ven, papi, dame tu leche, o ríndete". Él jadeó, "No mames, Ana, estás matándome". Su mano tembló queriendo agarrarme el pelo.
"Mi cuerpo arde, siento jugos corriendo por mis piernas. Si no para esto pronto, voy a explotar sola".
Él no se rindió. Su turno: me levantó con facilidad, sentándome en la barandilla. Bajó mi tanga despacio, exponiendo mi concha depilada, brillando de miel. Sus dedos rozaron los labios mayores sin entrar, separándolos para mostrarme mi propia humedad. "Qué chingona estás, toda abierta y mojada para mí. Escucha cómo chorreas". Metió un dedo apenas en la entrada, girándolo, y el sonido chupante me hizo arquear la espalda. Gemí alto, el placer subiendo como ola. "¡Marco, cabrón!"
"¿Clemencia?" preguntó con sonrisa lobuna. Negué con la cabeza, aunque mi cuerpo gritaba sí. Mi turno final: lo empujé al sillón de mimbre, montándome a horcajadas sin penetrarme. Froté mi concha contra su verga, resbaladiza y caliente, clítoris rozando su tronco. Nuestros jugos se mezclaban, olor a sexo puro invadiendo todo. Besé su cuello, mordí suave, saboreando sal y sudor. "Te voy a cabalgar hasta que supliques". Él gruñó, caderas empujando arriba.
Pero Marco era terco. Me volteó, boca bajando a mi concha. Lamidas expertas, lengua plana lamiendo de ano a clítoris, chupando mis labios. "Sabe a gloria, tu panocha es mi droga". Metió dos dedos, curvándolos en mi punto G, mientras succionaba fuerte. El placer era eléctrico, mis muslos temblando, uñas clavadas en su espalda. ¡Ya no aguanto, wey! Grité, "¡Clemencia! ¡Tú ganas!"
Él rio triunfante, levantándome como trofeo. "Ahora eres mía, Ana". Me llevó adentro, a la cama king size con sábanas de hilo egipcio. Me tiró boca arriba, abriendo mis piernas. Su verga entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. Qué chingón se siente, estirándome perfecta. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida golpeando mi cervix con placer dulce. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor perlando pieles.
"¡Más fuerte, pendejo!" le pedí, y él obedeció, clavándome como animal. Mis tetas rebotaban, él las chupaba, mordiendo pezones. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, caderas girando, concha apretándolo. Su olor, su taste en mi boca de besos previos, todo sensorial. Gemidos llenaban la habitación, mezclados con crujir de la cama. Sentí el orgasmo building, útero contrayéndose.
"¡Me vengo, Marco!" grité, explosión de luz y éxtasis, jugos salpicando su pubis. Él siguió, "¡Aguanta, mami!", hasta que rugió, llenándome de semen caliente, pulsos interminables. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves, lenguas perezosas.
En el afterglow, acurrucados con vista al mar, él acarició mi pelo. "Fue el mejor juego de pasion duelo ever". Sonreí, saboreando el salado de su piel en mis labios. Neta, este duelo nos unió más, con pasión que no se apaga. La noche nos envolvió, prometiendo más rondas.