Amor Sin Pasión Despertado
En el corazón de Polanco, donde las luces de la ciudad parpadean como estrellas caídas, Sofía y Mateo vivían en un departamento amplio con ventanales que daban al skyline. Habían estado casados por ocho años, un amor sin pasión que se había convertido en rutina cómoda, como un café negro todas las mañanas. Sofía, con su piel morena y curvas que aún volvían locos a los extraños en la calle, sentía que algo faltaba. Mateo, alto y fornido, con esa barba recortada que le daba aire de galán de telenovela, llegaba del trabajo exhausto, besaba su frente y se desplomaba en el sofá. Neta, era como si el fuego se hubiera apagado sin que se dieran cuenta.
Esa noche, Sofía decidió cambiarlo todo. Preparó la cena con velas en la mesa de cristal: tacos de arrachera jugosos, guacamole fresco con cilantro que olía a mercado de Coyoacán, y una botella de tequila reposado que picaba suave en la lengua. Mateo entró oliendo a colonia cara y sudor del gym. Órale, mi reina, ¿qué pedo con esto? ¿Aniversario o qué?
dijo riendo, mientras la abrazaba por la cintura. Sus manos grandes rozaron la tela ligera de su vestido rojo, y Sofía sintió un cosquilleo que hacía tiempo no aparecía.
Esto es lo que nos falta, pensó ella, mientras servía el tequila en vasos de cristal tallado.
¿Recuerdas cuando nos conocimos en la playa de Puerto Vallarta? Tú eras un pendejo presumido con tu tabla de surf, y yo te dije que no sabías ni pararte. Pero esa noche, en la arena tibia, me besaste como si el mundo se acabara.Mateo sonrió, sus ojos oscuros brillando bajo la luz tenue.
Sí, carnal, éramos puro fuego. Ahora somos... no sé, amor sin pasión, pero chido.
La cena fluyó con risas y anécdotas. El aroma del cilantro y el limón se mezclaba con el tequila que calentaba sus gargantas. Sofía cruzó las piernas bajo la mesa, rozando accidentalmente la pantorrilla de Mateo. Él la miró fijo, y por un segundo, el aire se cargó de electricidad. ¿Será que aún lo siento? se preguntó ella, notando cómo su piel se erizaba. Terminaron de comer y se mudaron al sofá de piel suave, con una playlist de rancheras modernas sonando bajito: Amor Eterno de Rocío Dúrcal, que siempre les ponía melancólicos.
Acto dos: la escalada. Mateo se acercó más, su muslo presionando el de ella. Sofía, neta, te extraño. No como esposa, sino como mujer.
Sus palabras fueron como un detonador. Ella giró el rostro, sus labios a centímetros de los de él. El aliento de tequila se mezcló con el perfume dulce de su piel. Sofía deslizó la mano por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Carajo, qué chingón se siente esto. Mateo no esperó más; la besó con hambre, lengua explorando su boca como si fuera la primera vez. Sus manos bajaron a sus caderas, apretando la carne suave, y Sofía gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta.
Se levantaron torpes, chocando con la mesa, riendo como güeyes adolescentes. En el pasillo, Mateo la levantó en brazos, sus fuertes piernas cargándola como si no pesara nada. El vestido se subió, revelando sus muslos bronceados, y él besó su cuello, mordisqueando la piel salada. Eres mi vicio, pinche Sofía
, murmuró contra su oreja, mientras entraban al cuarto. La cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, oliendo a lavanda del suavizante. La arrojó suave sobre el colchón, y ella se incorporó de rodillas, quitándose el vestido con lentitud provocadora. Sus senos libres rebotaron, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco y la mirada ardiente de él.
Mateo se desvistió rápido, su verga ya dura saltando libre, venosa y palpitante. Sofía la miró con deseo puro, lamiéndose los labios. Esto es lo que extrañaba, el pulso loco en mis venas. Gateó hacia él, manos temblorosas rodeándola, sintiendo el calor aterciopelado, el olor almizclado de su excitación que llenaba la habitación. Lo masturbó lento, pulgar rozando el glande húmedo, mientras él gruñía: ¡No mames, qué rico!
Bajó la cabeza, lengua trazando venas, saboreando la sal pre-seminal. Él enredó dedos en su cabello negro ondulado, guiándola suave, empujando hondo en su boca cálida y húmeda.
La tensión crecía como tormenta. Mateo la volteó boca arriba, besando desde los tobillos hasta el interior de sus muslos. El vello púbico recortado olía a ella, a deseo femenino intenso. Lamio su clítoris hinchado, chupando con maestría, dedos curvados dentro de su panocha empapada, rozando ese punto que la hacía arquear la espalda. ¡Ay, wey, no pares! ¡Chíngame ya!
jadeó Sofía, uñas clavándose en sus hombros. El sonido de lengüetazos húmedos se mezclaba con sus gemidos, el colchón crujiendo bajo sus cuerpos sudorosos. Sudor perlaba su piel, goteando salado en la boca de él.
Él se posicionó, verga presionando su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Pinche llenura, como si fuera virgen otra vez, pensó ella, piernas envolviéndolo. Empezaron un ritmo lento, piel chocando con palmadas suaves, sus pechos rebotando contra el pecho velludo de él. Aceleraron, caderas chocando fuerte, plaf plaf plaf eco en la habitación. Sofía clavó mirada en la de él, viendo el amor crudo, la pasión renacida. Te amo, cabrón, pero ahora con pasión
, susurró ella entre jadeos.
El clímax se acercaba como ola imparable. Mateo la volteó a cuatro patas, manos en sus nalgas redondas, embistiendo profundo. El ángulo golpeaba su G perfecto, jugos chorreando por sus muslos. Ella metió mano entre piernas, frotando clítoris frenético, mientras él gruñía animalesco: ¡Me vengo, mi amor!
El primer espasmo la llenó de calor líquido, semen caliente salpicando adentro. Eso la llevó al borde; su coño se contrajo en oleadas, gritando sí sí sí, cuerpo temblando, visión borrosa de placer puro. Colapsaron juntos, pegados por sudor pegajoso, corazones latiendo desbocados como tambores de banda sinaloense.
Acto final: el resplandor. Mateo la abrazó por detrás, verga aún semi-dura dentro de ella, besando su nuca húmeda. El cuarto olía a sexo crudo, semen y sudor mezclados con lavanda. Sofía giró, acurrucándose en su pecho ancho, escuchando el latido calmándose.
¿Cómo dejamos que nuestro amor sin pasión casi nos ganara? Esto es lo nuestro, puro y ardiente.Él acarició su espalda, dedos trazando vértebras.
Prométeme que no volvemos a esa mierda, Sofía. Eres mi todo, neta.
Se quedaron así horas, hablando susurros, riendo de tonterías. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro reinaba paz satisfecha. Al amanecer, con rayos dorados filtrándose por las cortinas, hicieron el amor otra vez, lento y tierno. El amor sin pasión era cosa del pasado; ahora ardían como tequila en llamas, listos para siempre.