Pasión de Gavilanes Capítulo 65 Fuego Prohibido
Lucía caminaba por el porche de la hacienda Los Gavilanes, el sol del atardecer tiñendo el cielo de naranjas y rojos que se reflejaban en su piel morena. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Sus sandalias crujían suavemente contra la madera vieja, y cada paso enviaba una vibración sutil por sus piernas, recordándole la tensión que llevaba acumulada toda la semana. Hernán, el capataz de ojos negros como la noche, la observaba desde el corral, limpiando el sudor de su frente con el dorso de la mano. Chingado, qué mujer, pensó él, mientras su mirada se deslizaba por las curvas de su vestido ligero, que se pegaba a sus caderas por la brisa cálida.
Lucía sentía el peso de esos ojos sobre ella, como caricias invisibles que erizaban su piel. Hacía meses que bailaban alrededor de este deseo, desde que él llegó a la hacienda para arreglar las cercas después de una tormenta. Ella, viuda joven y dueña de estas tierras fértiles en el corazón de Jalisco, no había sentido un fuego así desde su juventud.
¿Por qué carajos me mira así? ¿Será que él también siente esta electricidad que me recorre la espalda?Se detuvo junto a la baranda, fingiendo admirar los caballos pastando, pero su pulso latía fuerte en el cuello, traicionándola.
Hernán dejó el cepillo y se acercó, sus botas levantando polvo fino que olía a cuero y hombre trabajado. "Buenas tardes, jefa", dijo con esa voz ronca que parecía salida de un corrido ranchero, cargada de promesas no dichas. Lucía giró, su pecho subiendo y bajando más rápido de lo normal. El olor de su sudor fresco, mezclado con el tabaco que masticaba a veces, la invadió como un afrodisíaco. Pinche hombre, con ese torso marcado bajo la camisa.
"Hernán, ¿ya terminaste con los caballos?" preguntó ella, su voz un poco temblorosa. Él sonrió de lado, esa sonrisa pícara que le arrugaba las comisuras de los ojos. "Sí, doña Lucía. Todo listo. ¿Quiere que le muestre algo especial?" El doble sentido flotaba en el aire, espeso como la humedad del trópico. Ella tragó saliva, sintiendo un calor líquido entre las piernas. No seas pendeja, Lucía, invítalo adentro antes de que explotes.
La noche cayó como un manto negro salpicado de estrellas, y la hacienda se llenó del canto de los grillos y el lejano relincho de un potro. Dentro de la sala principal, iluminada por velas de sebo que parpadeaban sombras danzantes en las paredes, Lucía sirvió dos vasos de tequila reposado. El líquido ámbar brillaba, y su aroma fuerte a agave quemado llenó la habitación. Hernán se sentó en el sillón de cuero, sus muslos fuertes abriéndose naturalmente, invitándola con la mirada.
Bebieron en silencio al principio, el tequila bajando ardiente por sus gargantas, avivando el fuego interno. Lucía se sentó a su lado, más cerca de lo necesario, su rodilla rozando la de él. El contacto fue eléctrico, como un chispazo en la piel. "Sabes, Hernán, a veces veo esas novelas como Pasión de Gavilanes capítulo 65, donde los amantes se comen con los ojos antes de devorarse", murmuró ella, su voz baja y juguetona, probando el terreno. Él rio suavemente, un sonido grave que vibró en el pecho de ella. "¿Y qué pasa en ese capítulo, jefa? ¿Se rinden al fin?"
Lucía sintió su aliento cálido en la oreja cuando se inclinó. Sí, cabrón, justo como nosotros ahora. El deseo era una bestia rugiendo en su vientre. Sus manos temblaron al dejar el vaso, y fue él quien tomó la iniciativa, girándola suavemente hacia él. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, saboreando el tequila en la lengua del otro. El sabor era salado y dulce, con un toque ahumado que la mareaba. Las manos de Hernán subieron por su espalda, desatando el lazo del vestido con dedos hábiles, mientras ella hundía las uñas en su nuca, oliendo el jabón rústico de su piel.
El vestido cayó al suelo con un susurro suave, dejando a Lucía en ropa interior de encaje blanco, su piel brillando bajo la luz de las velas. Hernán gruñó de aprobación, sus ojos devorándola. "Eres una chulada, Lucía. Pinche diosa". Ella jadeó cuando él la levantó en brazos, sus músculos flexionándose bajo ella, y la llevó al sofá. El cuero estaba fresco contra su espalda desnuda, un contraste delicioso con el calor de su cuerpo sobre el suyo. Besos bajaron por su cuello, mordisqueando la clavícula, mientras sus manos masajeaban sus senos, pellizcando los pezones endurecidos hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo. ¡Ay, Dios, qué rico se siente su boca! Como fuego líquido.
La tensión escalaba como una tormenta en el horizonte. Hernán se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Lucía temblaba, sus dedos enredados en su cabello negro y revuelto. "No pares, amor. Chécalo todo", suplicó, la voz ronca de necesidad. Él obedeció, su lengua trazando círculos lentos sobre su clítoris, saboreándola con hambre voraz. El sonido húmedo de su boca, mezclado con sus gemidos ahogados, llenaba la habitación. Ella sentía cada lamida como una ola de placer, el pulso latiendo fuerte en su centro, el olor de sus jugos mezclándose con el del cuero y el tequila.
Pero no quería rendirse sola. Lo jaló hacia arriba, desabrochando su camisa con urgencia, revelando un pecho ancho cubierto de vello oscuro, marcado por el sol. Sus manos bajaron a su pantalón, liberando su verga dura y palpitante. ¡Qué pedazo de hombre! Gruesa y lista para mí. La acarició con la mano, sintiendo la piel sedosa sobre el acero, el calor irradiando. Hernán siseó entre dientes, "Me vas a volver loco, mamacita". Ella lo guió dentro de sí, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la haciendo gritar de placer. Se movieron juntos al principio despacio, saboreando la fricción, el sudor perlando sus cuerpos, goteando salado en la piel del otro.
La intensidad creció como el galope de caballos en la noche. Hernán embestía profundo, sus caderas chocando contra las de ella con un slap rítmico, el sofá crujiendo bajo ellos. Lucía clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos rojos, mientras sus pechos rebotaban con cada thrust.
Esto es puro fuego, como en esa Pasión de Gavilanes capítulo 65 que tanto me prende. Pero real, carnal, mío. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, y volvió a entrar desde atrás, una mano en su cadera, la otra enredada en su cabello largo. El ángulo era perfecto, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. El aire olía a sexo crudo, a sudor y pasión desatada. Sus gemidos se volvían gritos: "¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo!"
El clímax se acercaba como un tren desbocado. Lucía sentía el orgasmo construyéndose, una espiral apretada en su vientre, sus paredes contrayéndose alrededor de él. Hernán aceleró, su respiración jadeante en su oreja, "Me vengo, chula. Juntos". Ella explotó primero, un grito gutural escapando mientras ondas de placer la sacudían, el mundo reduciéndose a pulsos y temblores. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido animal, su cuerpo colapsando sobre el de ella en un enredo sudoroso.
Quedaron así, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. El afterglow era dulce, como miel caliente. Hernán la besó en la nuca, suave, mientras sus manos acariciaban perezosamente su vientre. Esto no fue solo un polvo. Fue conexión, pura y jodidamente buena, pensó Lucía, girando para mirarlo a los ojos. Esos ojos negros ahora suaves, llenos de algo más profundo que lujuria.
"¿Y ahora qué, jefa? ¿Esto es el final o el principio de nuestra propia pasión de gavilanes?" murmuró él, trazando círculos en su piel aún sensible. Ella sonrió, el corazón latiendo con calidez nueva. "Es solo el capítulo 65, amor. Hay muchos más por venir". Afuera, el viento susurraba entre los árboles, llevando promesas de noches eternas en la hacienda. Lucía se acurrucó contra él, el olor de sus cuerpos mezclados como un perfume embriagador, sabiendo que el fuego apenas empezaba a arder.