Elenco del Diario de una Pasion Ardiente
El calor del escenario me envolvía como un amante impaciente. Formaba parte del elenco del Diario de una Pasion, esa obra que prometía ser el hit del verano en el teatro de la colonia Roma, aquí en la Ciudad de México. Yo era Allie, la protagonista con el corazón en llamas, y Luis interpretaba a Noah, el tipo que te hace mojar las bragas con solo una mirada. Éramos adultos, profesionales, pero neta que desde el primer ensayo algo se cocía entre nosotros. El director gritaba "¡Más pasión, cabrones!" y yo sentía el pulso de Luis latiendo contra mi piel cuando me tomaba de la cintura.
Me senté en el camerino después de la primera lectura, con el libreto en las manos temblorosas. Olía a café quemado y a sudor fresco, ese aroma terroso que impregna los teatros. Saqué mi libreto personal, mi diario, donde anotaba todo lo que no podía decir en voz alta.
Hoy conocí al elenco completo de El Diario de una Pasión. Luis... ay, güey, tiene unos ojos que te desnudan. Cuando leyó su parte, su voz grave me erizó la piel. ¿Será que la química de la obra nos va a tragar enteros? Mi cuerpo ya lo sabe, mi cabeza todavía no.
Los días siguientes fueron un pinche tormento delicioso. Ensayábamos la escena del lago, donde Noah y Allie se entregan por primera vez. El director nos pedía improvisar, hacerla real. Luis me acercó despacio, su aliento cálido rozando mi cuello. "Te quiero, Allie", murmuró, pero sus dedos se hundieron un poquito más en mi cadera de lo necesario. Sentí su dureza presionando contra mi vientre, y mi chucha se contrajo como si ya estuviera lista para él. El elenco aplaudía, pero yo solo oía mi corazón tronando como tambores en una fiesta de pueblo.
¿Por qué carajos me afecta tanto?, me preguntaba mientras me cambiaba en el baño. Mi piel ardía, los pezones duros como piedras bajo la blusa. Luis era guapo, con esa barba incipiente y brazos fuertes de quien ha cargado escenografías. Pero era más que eso: había una hambre en sus ojos, una que reflejaba la mía. Esa noche, en mi depa de la Condesa, me toqué pensando en él. Mis dedos resbalaban en mi humedad, imaginando su verga gruesa abriéndome. Órale, Ana, contrólate, me dije, pero el orgasmo llegó rápido, dejando un vacío que solo él podía llenar.
La tensión escalaba en cada ensayo. Una tarde, el elenco se fue temprano por una falla en las luces. Quedamos solos en el escenario, Luis y yo, practicando la escena de la lluvia. Él me salpicó con una botella de agua, riendo. "¡Mira cómo te mojas, Allie!" Su voz era juguetona, pero sus ojos decían cógeme. Me quité la blusa empapada, quedando en bra de encaje negro. Él tragó saliva, su pecho subiendo y bajando rápido.
"¿Quieres que paremos?", preguntó, acercándose. Su olor a hombre, a colonia barata mezclada con sudor, me mareaba. Negué con la cabeza, y sus labios cayeron sobre los míos como una tormenta. Fue beso de película, pero mejor: lenguas enredadas, dientes mordisqueando, manos explorando. Me levantó contra la pared del escenario, mis piernas envolviéndolo. Sentí su pija tiesa como fierro contra mi entrepierna, frotándose con urgencia.
"Te deseo desde el primer día, Ana", gruñó en mi oído, su voz ronca haciendo vibrar mi clítoris. Bajó mi bra, chupando mis tetas con hambre. Sus dientes rozaban los pezones, enviando descargas hasta mi centro. Gemí bajito, "No pares, pendejo", y él rio contra mi piel. Me bajó el pantalón, sus dedos encontrando mi panocha empapada. "Estás chorreando, morra", dijo, metiendo dos dedos adentro. Los movía experto, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo en el silencio del teatro.
En el escenario del elenco de El Diario de una Pasión, Luis me tocó como si fuéramos Noah y Allie en carne viva. Sus dedos en mí... neta, casi me vengo ahí mismo. ¿Qué sigue? No sé si aguantar hasta el estreno.
Lo arrastré al camerino, cerrando la puerta con llave. Nos desnudamos a tirones, piel contra piel. Su cuerpo era puro músculo, marcado por el sol mexicano, con vellos oscuros que me raspaban delicioso. Lo empujé al sofá viejo, montándome encima. Su verga era grande, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La froté contra mi raja, lubricándome, antes de empalarme despacio. "¡Qué chingón!", jadeó él, sus manos apretando mis nalgas. Bajé hasta el fondo, sintiéndolo llenarme por completo, estirándome hasta el límite.
Cabalgaba lento al principio, saboreando cada centímetro. El aire olía a sexo, a nuestra excitación almizclada. Sus caderas subían a mi ritmo, clavándosela profunda. Aceleré, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo suave. "Córrete para mí, Ana", susurró, y su pulgar en mi clítoris fue el detonador. El orgasmo me sacudió como terremoto, mi panocha apretándolo en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Él gruñó, "Me vengo, güey", y se vació dentro de mí, chorros calientes inundándome.
Nos quedamos así, pegados, respiraciones entrecortadas. Su semen se escurría por mis muslos, cálido y pegajoso. Me besó la frente, tierno. "Esto no fue solo ensayo, ¿verdad?" Sonreí, exhausta pero plena.
Los ensayos siguientes fueron eléctricos. El elenco notaba la química, el director aplaudía "¡Eso es pasión!". Pero lo nuestro era privado, fogoso. Una noche post-ensayo, en su casa de Polanco, repetimos. Me comió la panocha en la cama king size, su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris. Saboreaba mis jugos como tequila añejo, metiendo la lengua adentro. Yo tiraba de su pelo, "¡Más profundo, carnal!" Él obedecía, dedos en mi culo mientras chupaba. Vine dos veces, gritando su nombre, piernas temblando.
Luego me puso a cuatro patas, embistiéndome fuerte. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, el slap-slap resonando. Sudor volaba, pieles resbalosas. "Eres mía, Ana", decía, jalándome el pelo suave. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más. "Dame todo, Luis". Él aceleró, gruñendo como animal, y nos corrimos juntos otra vez, cuerpos colapsando en un enredo sudoroso.
El elenco del Diario de una Pasión nos unió, pero nuestra pasión es solo nuestra. Cada noche en su cama, siento que vivo la obra de verdad. ¿Amor? Tal vez. Pero por ahora, esto es puro fuego.
El estreno llegó como clímax perfecto. Bajo las luces, besé a Luis en escena, pero el público no sabía que era real. Sus manos en mi cintura evocaban recuerdos: su verga en mí, gemidos ahogados. Al final, aplausos atronadores. En el camerino, celebramos con el elenco, pero escapamos temprano.
En mi depa, hicimos el amor lento. Caricias suaves, besos profundos. Él dentro de mí, moviéndose pausado, mirándonos a los ojos. Olía a jazmín de mi vela, pieles limpias ahora. Vine suave, abrazándolo, y él siguió, llenándome con ternura. Nos quedamos dormidos entrelazados, su corazón latiendo contra el mío.
Al amanecer, escribí en mi diario. La pasión no era solo de la obra; era nuestra. El elenco del Diario de una Pasión había sido el catalizador, pero lo que construimos era eterno, ardiente, nuestro. Mañana, otro ensayo. Otra noche de fuego.