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Las Horas de la Pasion de Luisa Picarreta

7631 palabras

Las Horas de la Pasion de Luisa Picarreta

La noche en Guadalajara se sentía cargada de promesas, con el aire tibio de mayo colándose por las ventanas entreabiertas de mi departamento en Chapalita. Yo, Luisa Picarreta, había pasado la tarde preparando todo: velas de cera de abeja esparcidas por la recámara, su aroma dulce mezclándose con el jazmín del jardín que subía desde abajo. Sobre la mesita de noche, mi libreta de las horas de la pasión, donde anotaba cada latido de deseo que me consumía. No era cualquier cuaderno; era mi confesionario secreto, lleno de palabras que ardían como chile piquín en la lengua.

Me miré en el espejo del closet, ajustando el camisón de seda negra que se pegaba a mis curvas como una caricia prohibida. Mis pechos se elevaban con cada respiración profunda, los pezones endureciéndose contra la tela fina. Órale, Luisa, esta noche vas a volar, me dije, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas. Alejandro llegaría en cualquier momento, ese pendejo guapo con ojos de diablo y manos que sabían exactamente dónde tocar para hacerme gemir.

El timbre sonó como un trueno lejano, y mi pulso se aceleró. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho moreno. Olía a colonia fresca y a algo más primitivo, como tierra mojada después de la lluvia. "Buenas noches, mi reina", murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, y sin esperar invitación, me jaló hacia él para besarme. Sus labios eran calientes, su lengua invadiendo mi boca con urgencia, saboreando el tequila que yo había probado antes. Mis manos se enredaron en su cabello negro, tirando suave mientras el beso se profundizaba, nuestros cuerpos presionándose uno contra el otro.

Esta es la primera hora de la pasión, cuando el fuego apenas enciende el alma, pensé, recordando mis anotaciones.

Lo guie a la recámara, nuestras risas nerviosas rompiendo el silencio. "Te extrañé, carnal", le dije, mordiéndome el labio mientras él me quitaba el camisón de un tirón lento, dejando que la seda resbalara por mis hombros. Sus ojos se clavaron en mi cuerpo desnudo, recorriendo mis senos plenos, mi vientre suave, hasta el triángulo oscuro entre mis muslos. "Estás cañón, Luisa", gruñó, y me empujó con gentileza sobre la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo mi peso.

Acto primero de nuestra noche: la anticipación. Se quitó la camisa, revelando músculos torneados por horas en el gym, y se arrodilló entre mis piernas abiertas. El aire fresco rozaba mi piel expuesta, haciendo que mi clítoris palpitara de expectativa. Sus dedos trazaron líneas invisibles por mis muslos internos, subiendo despacio, torturándome. "No mames, Alejandro, no me hagas esperar", supliqué, mi voz un susurro jadeante. Él sonrió pícaro, inclinándose para besar mi ombligo, su aliento caliente contra mi piel. Lamía con lentitud, bajando, hasta que su lengua encontró mi humedad. Sabor salado y dulce, como mango con chile, gemí internamente mientras él chupaba mi clítoris, succionando con maestría. Mis caderas se arquearon, mis uñas clavándose en sus hombros, el sonido de mis jadeos llenando la habitación junto al leve crepitar de las velas.

Pero no era suficiente. Lo quería dentro. "Ven, mi amor, fóllame ya", le pedí, jalándolo hacia arriba. Se desabrochó el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, apuntando hacia mí como una promesa. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso acelerado bajo la piel suave. La acaricié de arriba abajo, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía. "Qué rica la tienes, Luisa", dijo, y se posicionó en mi entrada, frotando la punta contra mis labios hinchados.

La penetración fue lenta, deliciosa. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, el roce exquisito contra mis paredes internas. Empujó profundo, y yo grité de placer, mis piernas envolviéndolo como tenazas. Nos movimos en ritmo, piel contra piel, sudor comenzando a perlar nuestros cuerpos. El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado y embriagador, mezclado con el jazmín. Sus embestidas se aceleraron, mis tetas rebotando con cada golpe, sus manos amasándolas, pellizcando los pezones hasta hacerme ver estrellas.

Segunda hora: el clímax se acerca, el cuerpo tiembla en la frontera del éxtasis.

En el corazón de la noche, la tensión escaló. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como una amazona enloquecida. Mis caderas giraban, moliendo mi clítoris contra su pubis, mientras su verga me taladraba profundo. "¡Sí, así, pendejito, dame duro!", lo arengué, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico. Él se incorporó, chupando mis pechos, mordiendo suave, su aliento caliente en mi cuello. Mis paredes se contrajeron alrededor de él, ordeñándolo, y el placer explotó. Grité su nombre, mi cuerpo convulsionando, jugos calientes resbalando por sus bolas. Él no se detuvo, siguió empujando hasta que su propio clímax llegó, llenándome con chorros calientes, su rugido animal mezclándose con mis gemidos.

Pero las horas de la pasión no terminan en un solo pico. Descansamos un momento, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor, corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas explorando bocas con ternura post-orgásmica. "Eres mi vicio, Luisa Picarreta", murmuró él, trazando círculos en mi espalda con los dedos. Yo sonreí, abriendo mi libreta para leerle un fragmento: "En las horas de la pasión, el alma se entrega sin reservas, fusionándose en un baile eterno de carne y espíritu". Sus ojos brillaron, y su verga, aún semidura dentro de mí, cobró vida de nuevo.

Tercera hora: la profundización. Lo volteé boca abajo, besando su espina dorsal, bajando hasta sus nalgas firmes. Lamí sus bolas, pesadas y saladas, succionando su verga de lado, sintiendo cómo endurecía en mi boca. "Qué chingón te chupas la verga, mi reina", jadeó él, volteándose para follarme de lado, una pierna mía sobre su cadera. Esta vez fue íntimo, lento, sus embestidas profundas rozando mi punto G, haciendo que lágrimas de placer rodaran por mis mejillas. El sonido de carne chocando, húmeda y obscena, era música para mis oídos. Olía a nosotros, a pasión cruda, a noches mexicanas eternas.

Mi segundo orgasmo me tomó por sorpresa, un temblor que empezó en el vientre y se expandió como fuego de artificios en la Feria de San Miguel. Él me siguió, corriéndose con un gemido gutural, su semen mezclándose con el mío, goteando entre mis muslos. Colapsamos, exhaustos, riendo entre jadeos. Sus brazos me envolvieron, protector, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel, dejando un brillo perlado a la luz de las velas agonizantes.

En el afterglow, yacimos en silencio, escuchando el zumbido distante de la ciudad, el latido compartido de nuestros corazones. "Estas las horas de la pasión que anoto en mi libreta son por ti, Alejandro", susurré, besando su pecho salado. Él me apretó más, su mano descansando en mi nalga. Esto es la vida, el placer puro, el amor carnal que no pide permiso, reflexioné, mientras el sueño nos reclamaba, dejando un eco de satisfacción en el aire quieto.

Al amanecer, con los primeros rayos filtrándose por las cortinas, abrí mi libreta una vez más. Fin de las horas de la pasión de Luisa Picarreta. Hasta la próxima entrega del alma. Cerré los ojos, sabiendo que el deseo renacería pronto, como el sol sobre el horizonte tapatío.

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