Relatos
Inicio Erotismo Pasiones Prohibidas del Director de la Pelicula Pasion de Cristo Pasiones Prohibidas del Director de la Pelicula Pasion de Cristo

Pasiones Prohibidas del Director de la Pelicula Pasion de Cristo

7102 palabras

Pasiones Prohibidas del Director de la Pelicula Pasion de Cristo

Estaba en el Festival de Cine de Guadalajara, rodeada de luces parpadeantes y el bullicio de la gente que aplaudía como loca. Yo, Ana, una directora asistente de veintiocho años, con mi chamarra de cuero negro y jeans ajustados que me hacían sentir como una diosa del séptimo arte. El aire olía a tacos de carnitas y a ese humo dulce de los cigarros electrónicos que todos fumaban. De repente, lo vi: Mel Gibson, el director de la pelicula pasion de cristo, caminando por la alfombra roja con esa mirada intensa que me había robado el aliento desde que vi su obra maestra en la tele de mi casa en el DF.

Su presencia era magnética, como si trajera consigo el peso de la cruz que había filmado. Pelo plateado revuelto, ojos azules que perforaban el alma, y un cuerpo aún firme para sus años. Me quedé paralizada, sintiendo un cosquilleo en la piel de los brazos, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. ¿Qué carajos hago? ¿Me acerco o me quedo como pendeja viendo? pensé, mientras mi corazón latía a todo lo que daba.

Al final, la neta me lancé. "¡Órale, Mel! Tu Pasión de Cristo me voló la cabeza, carnal. Esa crudeza, esa fe... es puro fuego", le dije en mi español mexicano bien callejero, sonriendo con picardía. Él se giró, me miró de arriba abajo, y soltó una risa grave que me erizó la nuca. "Gracias, guapa. ¿Y tú qué haces aquí? ¿Buscando inspiración para tu próxima obra maestra?" Su voz era ronca, con ese acento gringo que sonaba como terciopelo raspado.

Hablamos un rato, el ruido de la multitud se desvanecía mientras sus ojos se clavaban en los míos. Sentí su mano rozar mi brazo accidentalmente, y juro que un calor me subió por el vientre. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, un aroma que me hacía agua la boca. "Vamos por un trago, Ana. Quiero saber más de ti", me dijo, y yo, como idiota enamorada, asentí.

Esto es una locura, pero qué chido se siente el riesgo
, me dije a mí misma.

Acto segundo: la escalada

Terminamos en un bar escondido en el centro de Guadalajara, con mesas de madera oscura y velitas que parpadeaban como estrellas sucias. Pedimos tequilas reposados, el líquido ámbar quemándonos la garganta con ese sabor ahumado que sabe a tierra mexicana. "Sabes, dirigir Pasión fue como exorcizar demonios. Mucha intensidad, mucha... pasión contenida", confesó él, inclinándose hacia mí. Su aliento cálido rozaba mi oreja, y sentí mis pezones endurecerse bajo la blusa.

Yo lo miré fijo, sintiendo el pulso acelerado en mis sienes. "Neta, Mel, esa película me hizo cuestionar todo. La pasión no es solo sufrir, ¿verdad? También es gozar, hasta que duele de placer". Mis palabras salieron roncas, cargadas de doble sentido. Él sonrió, esa sonrisa lobuna, y su mano se posó en mi muslo bajo la mesa. El toque fue eléctrico: piel contra piel, calor irradiando como lava. Pinche director, me estás encendiendo como antorcha.

La plática se puso profunda. Hablamos de fe, de pecados, de cómo el cine es un acto de amor carnal. "En la vida real, la pasión es esto", murmuró, trazando círculos con su dedo en mi rodilla. Mi cuerpo respondía solo: humedad entre mis piernas, el aroma sutil de mi excitación mezclándose con el tequila. Lo invité a mi hotel, un lugar chido en la Zona Rosa con vistas a la catedral iluminada. En el taxi, ya no aguantamos: sus labios se estrellaron contra los míos, saboreando a sal y deseo. Su lengua exploraba mi boca con hambre, y yo gemí bajito, sintiendo su verga dura presionando contra mi cadera.

En la habitación, la tensión explotó gradual. Primero, besos lentos por el cuello, su barba raspando mi piel suave como lija deliciosa. Olía a su sudor masculino, terroso, adictivo. Me quitó la chamarra despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. "Eres fuego puro, Ana", gruñó, mientras yo le desabotonaba la camisa, sintiendo los músculos duros bajo mis palmas. Mi corazón tronaba, el sonido amortiguado por el zumbido del aire acondicionado y el lejano claxon de la calle.

Nos desnudamos mutuamente, explorando con manos temblorosas de anticipación. Su pecho velludo rozaba mis tetas, pezones erectos enviando chispas directo a mi clítoris.

¡Qué rico se siente su piel contra la mía, como si fuéramos uno solo en esta pinche pasión
. Lo empujé a la cama king size, montándome encima. Su verga, gruesa y venosa, palpitaba contra mi entrada húmeda. Rozamos, lubricándonos con mis jugos, el sonido chapoteante volviéndonos locos.

Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer dulce que rayaba en dolor. Gemí fuerte, "¡Ay, cabrón, qué grande!", y él rio bajito, embistiéndome con ritmo creciente. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sudábamos a chorros, el olor almizclado de sexo impregnando el aire. Sus manos amasaban mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, mientras yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

Cambiámos posiciones: él encima, misionero intenso, mirándonos a los ojos. "Mírame, Ana. Siente esto", ordenó con voz de director mandón. Yo arqueé la espalda, sintiendo cada vena de su verga frotar mis paredes internas. El orgasmo se acercaba como ola gigante: pulsos en mi coño, temblores en piernas. "¡Ya, Mel, no pares, pinche director!", grité, y él aceleró, gruñendo como bestia.

Acto tercero: la liberación

Explotamos juntos. Mi clítoris explotó en éxtasis, contracciones ordeñando su verga mientras chorros de placer me inundaban. Él se corrió dentro, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. El grito mío fue gutural, animal, ecoando en las paredes. Colapsamos, cuerpos pegajosos de sudor, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

Después, en el afterglow, yacimos enredados en sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Eso fue mejor que cualquier escena de Pasión", murmuró, besando mi piel salada. Yo reí suave, acariciando su pelo. Neta, este güey me ha marcado para siempre. Pasión de Cristo en carne viva.

Platicamos hasta el amanecer, luces de la catedral filtrándose por las cortinas. Hablamos de sueños, de México, de cómo el deseo es el verdadero director de nuestras vidas. No hubo promesas, solo esa conexión profunda, empoderadora. Me sentí reina, dueña de mi placer, y él, un amante generoso que sabía dar y recibir.

Al despedirnos en el lobby, con el sol picando ya, me dio un beso largo, saboreando el último tequila fantasma en nuestras lenguas. "Vuelve a dirigir pronto, Ana. Y recuerda esta noche". Caminé a la calle con piernas flojas, el cuerpo zumbando de satisfacción, el aroma de él aún en mi piel. Esa pasión con el director de la pelicula pasion de cristo no era solo sexo: era redención carnal, un guion perfecto que yo misma había escrito.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.