Pasión Prohibida Capítulo 76 El Susurro del Deseo
En las calles empedradas de Coyoacán, donde las buganvillas trepaban por las paredes rosadas como lenguas de fuego, Ana caminaba con el corazón latiéndole a mil. El sol del atardecer teñía todo de un naranja intenso, y el aroma a pan recién horneado de la panadería de la esquina se mezclaba con el perfume de jazmín que flotaba en el aire. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel por el calor húmedo, y cada paso hacía que la tela rozara sus muslos, recordándole lo sensible que estaba su cuerpo últimamente.
Luis la esperaba en el parque escondido detrás de la casa de su hermano, el prometido de Ana. Prohibido, se repetía ella en la mente, pero eso solo avivaba el fuego. Habían empezado como un juego inocente: miradas robadas en las cenas familiares, roces accidentales en la cocina. Pero ahora, en Pasión Prohibida Capítulo 76, todo estaba a punto de estallar. Luis era el carnal de Javier, su novio desde la uni, pero entre ellos había algo salvaje, algo que Javier nunca podría igualar.
¡Neta, Ana, si Javier se entera, nos mata a los dos! Pero no puedo parar de pensar en ti, wey. Tus ojos me queman.
El mensaje de Luis de anoche aún resonaba en su cabeza mientras lo veía recargado en un árbol, con esa camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando la piel bronceada y el vello oscuro que Ana soñaba con acariciar. Sus ojos cafés la devoraban desde lejos, y ella sintió un cosquilleo entre las piernas, como si ya la estuviera tocando.
—Órale, güera, ven pa'cá —le dijo él con esa voz ronca, extendiendo la mano. Ana se acercó, el corazón retumbando como tamborazo en sus oídos. El aire olía a tierra mojada por la llovizna de la mañana, y el sonido de las hojas crujiendo bajo sus pies era el único testigo.
Acto primero: la chispa. Sus dedos se entrelazaron, calientes y firmes. Luis la jaló hacia él, pegando su cuerpo al suyo. Ana inhaló su olor: colonia barata mezclada con sudor masculino, puro macho mexicano que la ponía loca. —Te extrañé, mi reina —murmuró él contra su cuello, y sus labios rozaron la piel sensible, enviando escalofríos por su espina.
—Esto está chueco, Luis. Javier confía en nosotros —dijo ella, pero su voz era un susurro débil, traicionada por cómo sus pezones se endurecían bajo el vestido.
Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de Ana. —¿Y qué? Tú y yo sabemos que esto es pasión prohibida. Nadie nos obliga, güey. Solo déjate llevar.
La besó entonces, lento al principio, saboreando sus labios como si fueran tamarindo dulce. Ana gimió suave, abriendo la boca para su lengua, que exploraba con hambre. El sabor a menta de su chicle se mezcló con el salado de su saliva, y ella lo chupó, mordiendo juguetona. Sus manos bajaron por la espalda de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, duros como los de un toro.
Se separaron jadeantes, mirándose con ojos vidriosos. El parque estaba vacío, solo el canto lejano de un perico rompiendo el silencio. Ana sintió el calor subiendo por su vientre, humedeciendo sus bragas de encaje.
Acto segundo: la escalada. Luis la guió a un rincón sombreado, detrás de unos arbustos frondosos. La sentó en un banco de piedra fría que contrastaba con el fuego de sus cuerpos. —Quítate el vestido, amor. Quiero verte —ordenó, pero con ternura, sus ojos suplicantes.
Ana dudó un segundo, el conflicto interno rugiendo: ¿Y si alguien nos ve? ¿Y si Javier llama? Pero el deseo ganó. Se levantó, dejando caer el vestido al suelo con un susurro de tela. Quedó en bra y tanga negra, la piel oliva brillando bajo los últimos rayos. Luis gruñó de aprobación, arrodillándose frente a ella.
—¡Qué chingona estás, Ana! Eres mi perdición —dijo, besando su ombligo, lamiendo el sudor salado. Sus manos subieron por sus muslos, masajeando la carne suave, abriendo sus piernas con gentileza. Ana jadeó, el aire fresco rozando su intimidad expuesta cuando él apartó la tanga. El olor a su excitación flotaba, almizclado y dulce, como miel de maguey.
Lengua experta, Luis la devoró. Lamidas lentas al principio, saboreando cada pliegue húmedo, chupando el clítoris hinchado como si fuera un dulce de cajeta. Ana se arqueó, clavando las uñas en su cabello negro revuelto. —¡Ay, cabrón! No pares, por favor —suplicó, las caderas moviéndose solas, el sonido de su boca chupando obsceno y delicioso en el aire quieto.
Internamente, Ana luchaba: Esto es traición, pero se siente tan bien. Javier nunca me hace volar así. Luis me entiende, me hace mujer de verdad. El orgasmo la golpeó como ola en Acapulco, ondas de placer desde el centro hacia las puntas de los dedos. Gritó bajito, mordiéndose el labio, el cuerpo temblando mientras él lamía cada gota, prolongando el éxtasis.
Ahora era su turno. Ana lo empujó al banco, desabrochando su jeans con dedos ansiosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el pulso acelerado. Olía a hombre puro, a deseo crudo. Ella la tomó en la mano, sintiendo el calor aterciopelado sobre acero, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el líquido preseminal salado.
—¡Métetela, Ana! Te necesito adentro —gruñó él, voz quebrada.
Se montó en él, guiándolo a su entrada resbaladiza. Lentamente, centímetro a centímetro, lo sintió llenarla, estirándola deliciosamente. El roce era fuego, cada vena rozando sus paredes sensibles. Empezaron a moverse, ritmo pausado al inicio, piel contra piel chapoteando húmeda. El sudor les corría por los cuerpos, mezclándose, el olor a sexo impregnando el aire.
Aceleraron, Ana cabalgando como jinete en palenque, pechos rebotando, Luis amasándolos, pellizcando pezones duros. Gemidos entrecortados: —¡Más duro, wey! —¡Sí, así, mi amor! El banco crujía bajo ellos, hojas secas cayendo como lluvia.
El clímax se acercaba, tensión en espiral. Ana sintió el orgasmo construyéndose, profundo, inevitable. Luis la abrazó fuerte, mordiendo su hombro, y explotaron juntos. Él se derramó dentro, caliente y abundante, pulsos que ella sentía en su interior. Ella convulsionó, visión borrosa, gusto metálico en la boca de tanto morderse.
Acto tercero: el resplandor. Se quedaron unidos, respiraciones agitadas calmándose. Luis besó su frente sudada, acariciando su espalda. —Esto no acaba aquí, ¿verdad? —preguntó, voz suave.
Ana sonrió, besándolo lento. Pasión prohibida, pero nuestra. —No, carnal. Seguiremos, pero con cuidado. Javier no puede saber.
Se vistieron entre risas y besos robados, el sol ya oculto, estrellas asomando. Caminaron de la mano hasta la salida del parque, el aroma a jazmín despidiéndolos. Ana sentía el semen de él goteando entre sus muslos, recordatorio secreto y delicioso. En su mente, paz y anhelo mezclados: Capítulo 76 de nuestra historia, pero habrá más.
Al llegar a casa, Javier la esperaba con cena lista, ajeno a todo. Ana lo besó en la mejilla, pero su cuerpo aún vibraba con Luis. La prohibición los unía más, un lazo ardiente que no romperían fácil. La noche cayó sobre Coyoacán, cargada de promesas susurradas.