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La Pasión de Cristo Gnula (1)

5625 palabras

La Pasión de Cristo Gnula

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena, mientras caminaba por la playa con las olas rompiendo a mis pies. Me llamo Cristo, un wey de treinta tacos, con el cuerpo forjado en el gimnasio y el mar, tatuajes que serpentean por mis brazos como ríos de tinta viva. Ese día, el aire olía a sal y coco, mezclado con el humo de las parrilladas de los vendedores ambulantes. Llevaba una cerveza fría en la mano, el vidrio empañado por el sudor, y mis ojos escaneaban el horizonte en busca de algo que acelerara mi pulso.

Allí estaba ella. Gnula. La vi recostada en una tumbona, con un bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas, la piel aceitada brillando como miel bajo el sol. Su cabello negro caía en cascadas salvajes, y sus labios carnosos se curvaban en una sonrisa pícara mientras leía un libro. ¿Qué hace una diosa como esa en un paraíso como este? pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mi entrepierna. Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor de banda sinaloense.

—Órale, preciosa, ¿te puedo invitar una chela fría? le dije, con esa voz grave que siempre hace efecto.

Ella levantó la vista, sus ojos cafés profundos me clavaron en el sitio.

Chingón, wey, siéntate aquí y cuéntame qué te trae por estas playas,
respondió con acento norteño, juguetón, extendiendo una mano con uñas pintadas de fuego. Su toque fue eléctrico, piel suave contra mi palma callosa. Nos platicamos horas: ella de Monterrey, yo de Guadalajara, riendo de pendejadas, compartiendo miradas que decían más que palabras. El deseo crecía lento, como la marea, oliendo su perfume de vainilla y jazmín mezclado con el salitre.

Al atardecer, el cielo se tiñó de naranjas y rosas, y la propuse ir a un antro playero. Bailamos pegados, sus caderas ondulando contra mi verga que ya se ponía dura como palo. Sentía su aliento caliente en mi cuello, el sudor perlando su escote, el ritmo de la cumbia rebajada haciendo vibrar nuestros cuerpos. Esto va a explotar, carnal, me dije, mientras mis manos bajaban por su espalda, apretando esa nalga firme.

—Vamos a mi hotel, Cristo. Quiero sentir la pasión de Cristo Gnula, como le dicen a esto en mi tierra, murmuró al oído, su voz ronca de promesas. Gnula, su apodo de juventud por una película pirata que veían de morros, ahora cargado de ironía sensual. La llevé de la mano, el camino al resort lleno de risas y besos robados, el aire nocturno cargado de promesas húmedas.

En la habitación, la puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. La luz de la luna se colaba por las cortinas, bañando su cuerpo en plata. Me quité la camisa, revelando mi pecho velludo y abdomen marcado. Ella se acercó, dedos temblorosos desabrochando mi short, liberando mi verga gruesa, palpitante. Su olor, ay wey, ese aroma a mujer excitada, dulce y almizclado, me volvía loco. La besé con hambre, lenguas enredándose, saboreando su boca como tequila con sal y limón, jugosa y adictiva.

La tumbé en la cama king size, sábanas frescas contra su piel caliente. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus tetas perfectas, pezones duros como chicles. Ella gemía bajito, —Sí, Cristo, chúpamelas, pendejo caliente, arqueando la espalda. Mis manos exploraban, tocando su panzón suave, bajando a esa panocha depilada, ya empapada. Metí un dedo, luego dos, sintiendo sus paredes calientes apretándome, el jugo resbalando por mi mano. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo mezclado con sus jadeos y el zumbido del ventilador.

La tensión subía como volcán, cada roce un paso al borde. Gnula me volteó, cabalgándome con furia, su culo rebotando contra mis muslos. La vista era brutal: sus tetas saltando, cabello volando, ojos cerrados en éxtasis. Yo la agarraba de las caderas, embistiéndola desde abajo, —¡Qué chingona eres, Gnula, apriétame más! Olía a sexo puro, sudor y fluidos mezclados, el cuarto un horno de lujuria. Cambiamos posiciones, yo atrás, perreándola duro, palmadas en su nalga dejando marcas rojas, ella gritando ¡Más, cabrón!.

El clímax se acercaba, pulsos acelerados, respiraciones entrecortadas. La puse boca arriba, piernas en mis hombros, penetrándola profundo, sintiendo cada vena de mi verga rozando su interior aterciopelado.

Ven, Cristo, lléname, hazme tuya en la pasión de Cristo Gnula
, suplicó, uñas clavadas en mi espalda. Explosamos juntos, mi leche caliente inundándola, sus contracciones ordeñándome hasta la última gota. Gemidos roncos, cuerpos temblando, el mundo reducido a ese instante eterno.

Después, en el afterglow, yacimos enredados, piel pegajosa, el ventilador secando nuestro sudor. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón volver a normal. Esto no fue solo un polvo, fue conexión, wey, pensé, besando su frente. Hablamos susurros, planes para mañanas, risas suaves. La pasión de Cristo Gnula, como ella la llamó, nos dejó marcados, un recuerdo oliente a mar y deseo que perduraría.

Al amanecer, con el sol filtrándose, nos amamos de nuevo, lento, saboreando cada caricia. Sus labios en mi verga, lengua experta lamiendo, yo comiéndole la panocha hasta que chorrió. Otro round intenso, pero tierno, sellando nuestra noche. Gnula se fue con un beso, prometiendo volver. Yo me quedé en la playa, cerveza en mano, sonriendo. La vida es chida cuando la pasión golpea así.

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