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Abismo de Pasión Capítulo 84 El Fuego que Nos Consume

6489 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 84 El Fuego que Nos Consume

La brisa del mar en Puerto Vallarta me erizaba la piel, cargada de sal y promesas. Ana, con su vestido ligero de algodón blanco pegándose a las curvas por el sudor del atardecer, caminaba por la playa hacia la villa de Marco. Hacía seis meses que no se veían, desde esa pelea tonta por celos que los había separado. Pero el abismo de pasión entre ellos era como un imán, jalándolos de vuelta una y otra vez. Este iba a ser su capítulo 84, el de la reconciliación ardiente, el que ella había soñado despierto tantas noches.

Marco la esperaba en la terraza, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que la desarmaba. "¡Órale, mi reina! ¡Por fin llegaste, wey!" gritó él, levantándose de un brinco. Sus ojos cafés la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote donde sus pechos subían y bajaban con la respiración acelerada. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como mariposas locas revoloteando.

"No seas pendejo, Marco. Me tuviste esperando media hora", respondió ella juguetona, acercándose para abrazarlo. Sus cuerpos chocaron, y el calor de él la envolvió como una manta. Olía a protector solar, tequila y hombre. El abrazo se prolongó, sus caderas rozándose apenas, encendiendo la chispa inicial. "Te extrañé tanto, cabrón", murmuró Ana contra su cuello, inhalando su esencia.

Entraron a la villa, iluminada por velas y el resplandor del sol poniente. Marco había preparado tacos de mariscos frescos, con limón y salsa macha que picaba justo en el punto. Cenaron en la mesa de madera, charlando de todo y nada: del pinche tráfico en Guadalajara, de las fiestas en la playa, de cómo la vida sin el otro era un chorro de mierda. Cada mirada era un roce invisible, cada risa un preludio. Ana sentía su piel sensible, los pezones endureciéndose bajo la tela fina.

"Este wey me vuelve loca. Solo con mirarme ya estoy mojadita. ¿Cuánto aguantaré antes de saltarle encima?"

Después de la cena, Marco puso música en el bocina: una cumbia rebajada que vibraba en el piso. "Ven, baila conmigo, mi amor", dijo, extendiendo la mano. Ana se dejó llevar, sus cuerpos pegándose en el ritmo. Sus manos en la cintura de ella, bajando despacio hasta la nalga, apretando suave. Ella giró, restregando su culo contra la entrepierna de él, sintiendo cómo se ponía duro como piedra. "¡Qué rico, Marco! Siente lo que me haces", jadeó ella, volteando para besarlo.

El beso fue fuego puro. Lenguas enredándose, saboreando el tequila y el picor de la salsa. Manos explorando: él subiendo el vestido, acariciando muslos suaves; ella metiendo dedos en su camisa, arañando el pecho velludo. Se separaron jadeantes, mirándose con hambre. "Vamos adentro, no aguanto más", susurró Marco, cargándola como novia en brazos. Ana rio, envolviendo piernas alrededor de su cintura, besando su mandíbula.

En la recámara, la cama king size con sábanas de hilo egipcio los esperaba. Marco la depositó con cuidado, quitándole el vestido de un tirón. "Dios, estás más chula que nunca", gruñó, admirando sus tetas firmes, el tanga negro empapado. Ana lo jaló hacia ella, desabrochando su pantalón. La verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. "Ven, mi rey, fóllame como solo tú sabes", rogó ella, lamiéndose los labios.

Él se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de los muslos. El olor a su excitación lo volvía loco: almizcle dulce, salado. Lamida lenta por el tanga, haciendo que Ana arqueara la espalda. "¡Ay, sí! Quita eso, pendejo", exigió ella. Marco obedeció, arrancando la prenda y hundiendo la cara en su coño rosado y húmedo. Lengua danzando en el clítoris, chupando jugos que sabían a miel caliente. Ana gemía fuerte, "¡Chíngame con la lengua, cabrón! ¡Más duro!", agarrando su cabello.

El placer subía como ola, tensando cada músculo. Marco metió dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. "Estás chorreando, mi vida", murmuró contra su piel. Ana explotó en orgasmo, gritando, piernas temblando, el cuarto llenándose de su aroma a sexo puro.

"Esto es el abismo, el capítulo 84 donde me pierdo en él para siempre. No hay vuelta atrás."

Pero no pararon. Ana lo empujó a la cama, montándose encima. Tomó su verga en mano, guiándola a la entrada. Bajó despacio, sintiendo cómo la llenaba centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. "¡Qué verga tan rica tienes, Marco! Lléname toda", jadeó, empezando a cabalgar. Arriba y abajo, tetas rebotando, sudor perlando sus cuerpos. Él agarraba sus caderas, embistiendo desde abajo, "¡Muévete así, mi reina! ¡Te cojo hasta el alma!"

Cambiaron posiciones: él de rodillas detrás, doggy style, azotando suave sus nalgas. Cada embestida profunda hacía slap-slap de piel contra piel, gemidos mezclándose con el romper de olas afuera. Ana se tocaba el clítoris, intensificando todo. "¡Más fuerte, amor! ¡Hazme tuya!" El ritmo aceleró, pulmones ardiendo, corazones latiendo al unísono.

Marco la volteó boca arriba, piernas sobre hombros, penetrándola hondo. Ojos clavados, almas conectadas. "Te amo, Ana. Este es nuestro abismo de pasión capítulo 84, y no te suelto nunca", confesó entre jadeos. Ella lloró de placer, "Yo también, mi vida. ¡Córrete conmigo!"

El clímax los golpeó como tsunami. Marco se vació dentro, chorros calientes inundándola, mientras Ana convulsionaba, uñas clavadas en su espalda. Gritaron juntos, el mundo disolviéndose en éxtasis puro. Colapsaron entrelazados, pieles pegajosas de sudor, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, Marco la besó suave, limpiando con lengua los restos de su unión. "Qué chingón fue eso, ¿verdad?", dijo riendo bajito. Ana sonrió, acurrucándose en su pecho, oyendo el latido calmándose. "El mejor capítulo hasta ahora. Pero quiero más, wey. Mañana repetimos". Fuera, la noche estrellada susurraba secretos, y ellos, en su burbuja de pasión, sabían que este abismo los había salvado una vez más.

Se durmieron así, cuerpos enredados, soñando con infinitos capítulos por venir. El olor a sexo persistía en las sábanas, recordatorio tangible de su fuego eterno.

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