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Pasión de Gavilanes Capítulo 94 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 94 Fuego en las Venas

En la penumbra de la hacienda en las afueras de Guadalajara, Sofía se recostaba en el amplio sillón de cuero, con el control remoto en la mano. La pantalla del televisor parpadeaba con las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 94, esa escena donde los amantes se miraban con ojos cargados de promesas prohibidas. El aire olía a jazmín del jardín y a la cena de mole que habían compartido horas antes. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue, y el vestido ligero se adhería a sus curvas como una caricia anticipada.

Mateo entró por la puerta corredera, con el cuello de la camisa desabotonado y el sudor del día de trabajo en el rancho perlándole la frente. Era alto, de hombros anchos y manos callosas que sabían cómo domar un caballo... o a una mujer. Sofía lo vio y sintió un cosquilleo en el vientre, como cada vez que sus miradas se cruzaban. Órale, este wey me pone como nunca, pensó, mientras el corazón le latía más rápido.

—¿Todavía con tu novelita, nena? —preguntó él con esa voz ronca que le erizaba la piel.

—Es Pasión de Gavilanes capítulo 94, el que me encanta. Mira cómo se comen con los ojos, igualito que nosotros —respondió ella, mordiéndose el labio inferior.

Mateo se acercó, oliendo a tierra fértil y a hombre. Se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella, enviando chispas por su cuerpo. La tensión crecía como una tormenta en el horizonte jalisciense. Sofía apagó el tele, pero el fuego de la pantalla seguía ardiendo en sus venas.

El beso empezó suave, como el roce de las alas de un gavilán. Los labios de Mateo capturaron los de ella, saboreando el dulzor de las fresas que había comido de postre. Sofía suspiró, enredando los dedos en su cabello negro y revuelto. Qué chido se siente esto, neta, se dijo, mientras su lengua exploraba la de él, húmeda y exigente.

Las manos de Mateo bajaron por su espalda, desatando el lazo del vestido con maestría. La tela cayó como una cascada, revelando sus pechos firmes, coronados por pezones oscuros que se endurecían al aire fresco. Él los miró con hambre, inclinándose para lamer uno, succionándolo con un gemido gutural. Sofía arqueó la espalda, el placer como un rayo que le recorría desde el pecho hasta el centro de su ser. Olía su aroma almizclado, mezclado con el jabón de lavanda de su piel.

—Estás riquísima, Sofi. Me vuelves loco —murmuró contra su carne, mientras sus dedos trazaban senderos de fuego por su vientre plano, bajando hasta el encaje de sus bragas.

Ella jadeó, abriendo las piernas instintivamente.

¡Ay, Dios, no pares, cabrón! Quiero sentirte todo
, pensó, mientras él deslizaba la prenda a un lado, rozando su humedad con la yema del pulgar. El sonido de su respiración agitada llenaba la sala, junto al crepitar lejano de la chimenea. Sofía lo empujó contra el sillón, montándose a horcajadas sobre él. Sus caderas se mecían con lentitud tortuosa, sintiendo la dureza de su erección presionando contra ella a través del pantalón.

La lucha interna de Sofía era un torbellino: quería devorarlo ya, pero saborear cada segundo como en esas novelas que tanto le gustaban. Mateo la ayudó a quitarse la camisa, revelando su torso esculpido por el sol y el trabajo. Ella recorrió con las uñas sus pectorales, bajando hasta desabrochar su cinturón. El zipper sonó como una promesa, y pronto su miembro saltó libre, grueso y palpitante, con una gota de presemen brillando en la punta.

—Te necesito adentro, Mateo. Ya —suplicó ella, voz entrecortada.

Él sonrió pícaro, levantándola en brazos como si no pesara nada. Caminaron al dormitorio, donde la cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio. La depositó con gentileza, pero sus ojos ardían. Se posicionó entre sus muslos, frotando la cabeza de su verga contra su entrada húmeda. Sofía gimió alto, el roce enviando ondas de placer que le tensaban los músculos.

La penetración fue lenta, milimétrica, como si el tiempo se detuviera. Sofía sintió cada vena, cada pulgada estirándola, llenándola hasta el fondo. ¡Qué rico, wey! Eres perfecto para mí, aulló en su mente mientras él empezaba a moverse, embestidas profundas y rítmicas. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus jadeos y el olor penetrante del sexo: sudor salado, esencia femenina dulce, masculinidad cruda.

Mateo aceleró, sus manos amasando sus nalgas, levantándola para penetrar más hondo. Sofía clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él adoraba. Cambiaron posiciones; ella encima, cabalgándolo con furia, sus pechos rebotando hipnóticos. Él los atrapó, pellizcando los pezones, haciendo que ella gritara de éxtasis. Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes, pensó, mientras el clímax se acumulaba como una ola.

—¡Más fuerte, amor! ¡Dame todo! —exigió ella, girando las caderas en círculos que lo volvían loco.

Él la volteó a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con potencia animal. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando descargas eléctricas. Sofía se tocó allí, frotando en sincronía, el placer duplicándose. El cuarto olía a pasión desatada, a cuerpos en combustión. Mateo gruñó, cerca del borde, pero aguantó por ella.

La tensión psicológica estalló cuando Sofía recordó la escena de Pasión de Gavilanes capítulo 94, donde los amantes se rendían por fin. Yo también me rindo, pero con gusto. Su orgasmo llegó como un terremoto, contrayendo sus paredes alrededor de él, ordeñándolo. Gritó su nombre, el cuerpo temblando, jugos resbalando por sus muslos.

Mateo la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido primal, llenándola de calor líquido. Colapsaron juntos, exhaustos y satisfechos.

En el afterglow, yacían enredados, piel pegajosa contra piel. El aire se enfriaba, pero sus cuerpos ardían aún. Mateo besó su sien, inhalando el aroma de su cabello: vainilla y sexo. Sofía trazó círculos perezosos en su pecho, escuchando el latido calmo de su corazón.

—¿Ves? Nuestra pasión es más gavilana que en la novela —dijo él, riendo bajito.

—Neta, amor. Cada noche contigo es un capítulo nuevo —respondió ella, con una sonrisa lánguida.

Se quedaron así, reflexionando en silencio. Sofía sintió una paz profunda, el conflicto de su deseo resuelto en esa unión carnal. No había dudas, solo certeza de que esto era real, empoderador, mutuo. El gavilán de la pasión había volado alto esa noche, dejando un rastro de fuego en sus venas que duraría hasta el amanecer.

La hacienda dormía, pero ellos sabían que el próximo capítulo sería igual de ardiente.

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