La Pasión por lo Imposible
El calor de la noche en la playa de Puerto Vallarta me envolvía como un abrazo pegajoso, con el sonido de las olas rompiendo contra la arena y el olor salado del mar mezclándose con el humo de las fogatas. Estaba en una fiesta de esas que duran hasta el amanecer, organizada por mi carnala Lupita para celebrar su cumpleaños. Todos andábamos en traje de baño y pareos, con chelas en la mano y música de cumbia rebajada retumbando desde los bocinas. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi piel morena brillando bajo las luces de neón y mi bikini rojo que me hacía sentir como una diosa, no podía quitarle los ojos de encima a él. Rodrigo, el hermano mayor de Lupita, el wey que siempre había sido mi pasión por lo imposible.
Desde chavas, lo veía como un sueño inalcanzable. Alto, con músculos torneados de tanto surfear, tatuajes que serpenteaban por sus brazos como ríos oscuros y esa sonrisa pícara que me hacía derretir. Pero era el hermano de mi mejor amiga, el pendejo que salía con morras de revista y nunca me pelaba más que como a una cuata. Neta, cada vez que lo veía, sentía un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo gritara ¡tómame ya! Esa noche, sin embargo, algo cambió. Lupita estaba bien peda con sus amigas, y Rodrigo se acercó a la fogata donde yo platicaba con unos primos.
—Órale, Ana, ¿qué onda? ¿Ya te metiste al mar o nomás estás posando? —me dijo con esa voz grave que me erizaba la piel, sentándose a mi lado en la arena tibia.
Mi corazón latió como tamborazo. Olía a él: sal, protector solar y un toque de sudor masculino que me mareaba. —Pura posa, carnal. Pero si me invitas, me aviento —le contesté, juguetona, sintiendo el roce accidental de su muslo contra el mío. Era eléctrico, como una chispa que prendía fuego en mis venas.
Platicamos de todo: del surf, de los chismes del pueblo, de cómo la vida en la ciudad nos tenía hasta la madre. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía evitar morder mi labio inferior, imaginando cómo sabría su boca.
¿Y si esta vez no es imposible? ¿Y si por fin me deja probar esa pasión que me quema por dentro?La tensión crecía con cada risa compartida, cada mirada que duraba un segundo de más. Cuando Lupita gritó que íbamos a jugar voleibol playero, él me tomó de la mano para levantarme. Su palma áspera contra la mía fue como una promesa muda. Jugamos, sudamos, nos rozamos en las jugadas, y cada contacto me hacía jadear bajito. Su cuerpo contra el mío en un bloqueo: duro, caliente, perfecto.
La noche avanzaba, la fiesta se ponía más loca con reggaetón y tequilazos. Yo me escapé un rato a caminar por la orilla del mar, descalza, dejando que las olas me mojaran los pies. El aire fresco contrastaba con el calor que bullía en mi entrepierna. De repente, lo sentí detrás de mí. —¿Todo chido, Ana? —susurró, su aliento cálido en mi nuca.
Me volteé, y ahí estaba, a centímetros, con el pecho subiendo y bajando. —Neta, Rodri, siempre has sido mi pasión por lo imposible. El wey que no puedo tener —confesé, mi voz temblorosa, el corazón en la garganta.
Él sonrió, esa sonrisa lobuna, y me jaló por la cintura. —¿Y si ya no es imposible, mamacita? Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando. Sabían a tequila y sal, dulces y adictivos. El beso se profundizó, su lengua invadiendo mi boca con urgencia, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva. Gemí contra su boca, mis pezones endureciéndose contra su pecho desnudo. El mundo se redujo a eso: su sabor, su olor embriagador, el sonido de nuestras respiraciones agitadas mezclándose con el mar.
Me cargó como si no pesara nada, llevándome a una cabaña abandonada a unos metros, medio escondida entre palmeras. La puerta crujió al abrirse, y el interior olía a madera vieja y arena seca. Nos besamos de pie, desesperados, quitándonos la ropa con manos torpes. Su piel ardía bajo mis dedos, suave y firme, con vellos que me raspaban deliciosamente. Bajé por su cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando su clavícula hasta que gruñó. —¡Qué rica estás, Ana! Me tienes loco desde hace rato —murmuró, mientras sus dedos se colaban entre mis muslos, encontrándome empapada.
Caímos en un colchón viejo cubierto de sábanas raídas, pero qué importaba. Él encima, besando mi cuello, mis tetas, chupando un pezón con avidez mientras su mano masajeaba el otro. El placer era un rayo directo a mi clítoris, haciendo que arqueara la espalda y clavara las uñas en su espalda. ¡Sí, así, cabrón! pensé, mientras él bajaba más, su lengua trazando un camino ardiente por mi vientre hasta mi monte de Venus. El olor de mi excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Separó mis piernas con gentileza pero firmeza, y su boca me cubrió entera. Lamidas lentas, círculos en mi clítoris hinchado, succiones que me hacían ver estrellas. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba mi piel sensible. —¡No pares, Rodri, por favor! —supliqué, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.
Pero él se detuvo, subiendo con una sonrisa maliciosa. —Aún no, preciosa. Quiero sentirte completa. Se posicionó entre mis piernas, su verga dura y gruesa rozando mi entrada. La sentí: caliente, palpitante, lista para mí. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Llenándome hasta el fondo. Ambos jadeamos al unísono, el sonido obsceno de piel contra piel empezando ya. Me miró a los ojos mientras embestía, profundo y rítmico, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, mezclándose con el mío. Lo abracé con las piernas, clavándolo más, mis paredes contrayéndose alrededor de él. —¡Estás tan apretadita, tan mojada por mí! —gruñó, acelerando, el colchón crujiendo bajo nosotros.
La tensión era insoportable, un fuego que nos consumía. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando con cada salto. Sus manos en mis caderas guiándome, pellizcando mi clítoris. El olor de sexo impregnaba todo, crudo y animal. Sentí el clímax venir, un tsunami. —¡Me vengo, Rodri! —grité, explotando en espasmos, mi jugo chorreando por sus bolas. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que me hicieron temblar de nuevo.
Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello revuelto. El mar cantaba afuera, las estrellas asomaban por la ventana rota. —Neta que valió la pena esperar —susurró él, besando mi piel aún sensible.
Yo sonreí en la oscuridad, satisfecha hasta los huesos.
La pasión por lo imposible se había hecho real, y qué chingón se sentía.Nos quedamos así un rato, platicando susurros, planeando vernos de nuevo sin dramas. Al amanecer, regresamos a la fiesta como si nada, pero con un secreto ardiente latiendo entre nosotros. Lupita ni se enteró, y qué más daba. Por fin, lo imposible era mío.