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Pasión Capítulo 44 Fuego en la Carne

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Pasión Capítulo 44 Fuego en la Carne

En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas caídas, Ana caminaba con el corazón latiéndole a mil por hora. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal secreto, ese vato que la volvía loca con solo una mirada. Esta noche era especial, como si fuera el capítulo 44 de su pasión interminable, un episodio donde todo podía explotar en llamas. El aire olía a jazmín y a tacos al pastor de la taquería cercana, pero para ella, solo importaba el aroma imaginado de su piel, ese mezcla de colonia Acqua di Gio y sudor fresco que la hacía temblar.

Ana entró al bar del hotel, un lugar chido con sofás de piel suave y música de salsa bajita. Ahí estaba él, recargado en la barra, con su camisa negra ajustada que marcaba los músculos de su pecho. Neta, qué guapo se ve el wey, pensó ella, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a sus muslos. Marco la vio y sonrió, esa sonrisa pícara que prometía travesuras. Se acercó, la abrazó por la cintura y le plantó un beso en la mejilla que duró un poquito más de lo necesario.

Órale, morra, te extrañé un chorro —murmuró él contra su oído, su aliento cálido rozándole la piel como una caricia prohibida.

—Yo más, pendejo —respondió ella juguetona, apretando su mano contra el trasero firme de él—. Vamos a ponernos al tiro con unas chelas.

Se sentaron en una mesa apartada, pidiendo coronitas heladas que condensaban gotitas frías en sus dedos entrelazados. Hablaron de todo y nada: del pinche tráfico de la Reforma, de la última novela que ella escribía, de cómo él la soñaba cada noche. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Ana sentía el calor de su pierna rozando la suya, el roce sutil que enviaba chispas por su espina dorsal. Quiero que me toque ya, carajo, se dijo, mordiéndose el labio mientras lo miraba a los ojos.

Es como si este fuera el capítulo 44 de nuestra pasión, pensó Ana, donde el deseo ya no se aguanta y todo se desborda.

La salsa subió de volumen, y Marco la jaló a la pista improvisada. Bailaron pegaditos, sus caderas moviéndose al ritmo como si fueran uno solo. Ella sentía su verga endureciéndose contra su vientre, dura y caliente a través de la tela. Qué chido, jadeó internamente, girando para que su culo se apretara contra él. El sudor les perlaba la piel, mezclándose con el perfume de ella, un dulce aroma a vainilla que lo enloquecía.

—No aguanto más —le susurró él al oído, mordisqueándole el lóbulo—. Vamos a tu cuarto.

Ana asintió, el pulso acelerado como tambores de mariachi. Subieron en el elevador, solos por fin, y apenas se cerraron las puertas, se devoraron. Sus bocas chocaron en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a cerveza y urgencia. Las manos de Marco subieron por su espalda, bajando la cremallera de su vestido rojo que cayó al piso como una cascada de seda. Ella lo desabotonó la camisa, arañando su pecho con las uñas, oliendo su piel salada.

El cuarto era un oasis de lujo: cama king size con sábanas de algodón egipcio, velas aromáticas encendidas que llenaban el aire de canela y deseo. Ana lo empujó contra la puerta, quitándole el cinturón con dedos temblorosos. Su chingadera ya está lista para mí, pensó, palpando la erección que palpitaba bajo sus pantalones. Él gimió, un sonido gutural que vibró en su pecho y la mojó al instante.

Te voy a comer entera, mi reina —gruñó Marco, cargándola hasta la cama. La tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían de hambre. Besó su cuello, bajando por el valle de sus senos, lamiendo los pezones duros como piedras preciosas. Ana arqueó la espalda, el placer como electricidad recorriéndole las venas. Su lengua trazaba círculos húmedos, chupando con succiones que la hacían gemir alto, ¡ay, wey, qué rico!

Las manos de él exploraban, deslizándose por su vientre plano hasta el triángulo de vello húmedo. Ella abrió las piernas, invitándolo, sintiendo el aire fresco contra su coño empapado. Marco inhaló profundo, —Hueles a pecado, morra, y hundió la cara entre sus muslos. Su lengua la encontró, lamiendo despacio al principio, saboreando sus jugos dulces y salados. Ana se agarró de las sábanas, las caderas moviéndose solas contra su boca experta. Es el mejor capítulo de nuestra pasión, este 44, pensó en medio del delirio, mientras él metía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.

El sonido de sus lengüetazos obscenos llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y el latido de su corazón en los oídos. Ella lo jaló del pelo, guiándolo más profundo, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. —¡Sí, cabrón, no pares! —gritó, y explotó, el placer derramándose en temblores que la sacudían entera. Marco lamió cada gota, sonriendo contra su piel sensible.

Pero no era suficiente. Ana quería más, quería sentirlo dentro. Lo volteó, montándose a horcajadas sobre él, frotando su coño resbaloso contra su verga tiesa. La piel ardiente de él contra la suya, el roce áspero de su vello púbico, todo era fuego. —Entra en mí, Marco —suplicó, guiándolo a su entrada. Él embistió de un solo empujón, llenándola por completo, estirándola deliciosamente.

Se movieron juntos, un ritmo frenético como cumbia salvaje. Ana cabalgaba fuerte, sus tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él la agarraba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más placer. ¡Qué pinche rico! Los gemidos se volvieron gritos, el sudor chorreando, oliendo a sexo puro. El slap-slap de carne contra carne, el squelch de sus jugos, todo sensorial, abrumador.

Este es nuestro capítulo 44 de pasión, eterno y ardiente, reflexionó ella en un momento de claridad entre embestidas.

Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas, y la penetró desde atrás, profundo y salvaje. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando ondas de éxtasis. —¡Me vengo, Ana! —rugió él, y ella sintió el calor de su leche llenándola, detonando su segundo orgasmo. Gritaron juntos, colapsando en un enredo de miembros sudorosos.

Después, en el afterglow, yacían abrazados, el aire cargado de su aroma compartido. Marco le besaba la frente, suave ahora, mientras el corazón de ella bajaba de revoluciones. —Eres mi todo, morra —dijo él, y Ana sonrió, sintiendo una paz profunda.

Se quedaron así, piel con piel, escuchando el tráfico lejano de la ciudad que nunca duerme. Este capítulo 44 de pasión había sido perfecto, pero sabían que vendrían más. Ana cerró los ojos, saboreando el beso final, el sabor salado de él en sus labios, prometiéndose que la pasión seguiría ardiendo.

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