Abismo de Pasión Capitulos Completos Gratis
El sol de Puerto Vallarta se ponía como una bola de fuego sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas perezosas. Tú caminabas por la arena tibia de la playa privada de esa villa lujosa, el vestido ligero de algodón mexicano rozando tus muslos con cada paso. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de la fogata que ardía en la distancia, y el sonido de las guitarras mariachis flotaba como una promesa de noche loca. Habías venido a esta fiesta de ricos chilangos y locales adinerados porque tu amiga Lupita te juró que sería chido, un desmadre total para olvidar al pendejo de tu ex.
De repente, lo viste. Alto, moreno, con esa camisa de lino blanca abierta hasta el pecho, dejando ver un torso marcado por horas en el gym y quién sabe cuántas tardes surfando. Sus ojos negros te atraparon como un imán, y cuando sonrió, con esa dentadura perfecta y ese aire de galán de telenovela, sentiste un cosquilleo en el estómago que bajó directo a tu entrepierna. Se llamaba Rodrigo, un empresario de Guadalajara que olía a colonia cara y tequila reposado.
¿Qué carajos me pasa? Este wey parece sacado de un sueño húmedo, pensaste mientras te acercabas a la barra improvisada, donde él ya pedía dos chelas.
—Órale, preciosa, ¿vienes sola o traes escolta? —te dijo con voz grave, ronca como el rugido de las olas, entregándote la cerveza helada que condensaba gotitas en el vidrio.
Reíste, sintiendo el frío del botellazo en tu mano y el calor de su mirada recorriéndote las curvas. —Sola, pero no por mucho si sigues mirándome así, pendejo —respondiste juguetona, usando el slang que tanto te gustaba para romper el hielo. Charlaron de todo: del pinche tráfico de la CDMX, de lo padre que era Vallarta en temporada baja, de cómo él había dejado todo por invertir en un resort ecológico. Cada palabra suya era como un roce, y tú sentías tu piel erizándose bajo el vestido, los pezones endureciéndose contra la tela fina.
La música subió de volumen, un cumbia rebajada que invitaba a mover las caderas. Rodrigo te tomó de la mano, su palma áspera y cálida envolviendo la tuya, y te llevó al centro de la arena donde la gente bailaba descalza. Tu cuerpo se pegó al suyo al ritmo, sintiendo la dureza de su pecho contra tus tetas, el bulto creciente en sus jeans rozando tu vientre. El sudor empezaba a perlar su cuello, y tú inhalabas su aroma: hombre, mar y deseo puro. —Estás bien rica, ¿sabes? —murmuró en tu oído, su aliento caliente haciendo que un escalofrío te recorriera la espina.
—Y tú no estás tan pendejo como pareces —le contestaste, mordiéndote el labio mientras tus manos bajaban por su espalda, clavando las uñas suavemente. El beso llegó natural, como si el universo lo hubiera planeado. Sus labios carnosos devoraron los tuyos, lengua invadiendo tu boca con sabor a cerveza y menta, mientras una mano se colaba bajo tu vestido, acariciando el elástico de tu tanga. Gemiste bajito, el sonido ahogado por la música y las risas ajenas.
Esto es el abismo, wey. El abismo de pasión que buscaba en esas búsquedas locas de capítulos completos gratis en la net, pensaste, recordando esas noches solitarias frente a la laptop, anhelando historias calientes sin pagar un peso.
La tensión crecía como una ola gigante. Se separaron jadeantes, y él te miró con ojos en llamas. —¿Vamos adentro? Mi suite tiene vista al mar y jacuzzi privado —propuso, su voz temblando de contención. Asentiste, el pulso latiéndote en las sienes y más abajo, donde ya sentías la humedad empapando tu ropa interior. Caminaron por el sendero iluminado con antorchas, el crujir de la grava bajo sus pies, el zumbido de los grillos y el lejano romper de las olas como banda sonora perfecta.
En la suite, todo era lujo: cama king size con sábanas de hilo egipcio, velas aromáticas a coco y vainilla encendidas, y el balcón abierto dejando entrar la brisa salada. Rodrigo te besó de nuevo, esta vez despacio, saboreando, mientras sus manos desataban el lazo de tu vestido. La tela cayó como una cascada, revelando tu cuerpo desnudo salvo por el tanga negro de encaje. —Qué chula eres, mamacita —gruñó, arrodillándose para besar tu ombligo, bajando por tu monte de Venus. Sus labios rozaron la tela húmeda, y tú arqueaste la espalda, oliendo tu propio aroma de excitación mezclado con el suyo.
Lo empujaste a la cama, queriendo tomar control. Desabrochaste sus jeans con dedos temblorosos, liberando su verga dura, gruesa, venosa, palpitando al aire libre. La tomaste en la mano, sintiendo el calor satinado, el pulso acelerado como un tambor. —No mames, qué monstruo —dijiste riendo, lamiendo la punta donde una gota perlina brillaba. Él gimió profundo, enredando los dedos en tu pelo mientras chupabas, succionando con hambre, el sabor salado inundando tu lengua.
Esto es mejor que cualquier capítulo de esas novelas picantes. Abismo de pasión, capítulos completos gratis, directo en mi boca.
La intensidad subía. Te montaste sobre él, frotando tu concha mojada contra su polla, lubricándola. Sus manos amasaban tus nalgas, dedos explorando tu ano con delicadeza, prometiendo más. —Métemela ya, cabrón —suplicaste, y él obedeció, guiándote mientras bajabas, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El placer fue un rayo: lleno, profundo, rozando ese punto dentro que te hacía ver estrellas. Cabalgaste lento al principio, sintiendo cada vena, cada contracción, el slap slap de piel contra piel, sus bolas golpeando tu culo.
El ritmo aceleró, salvaje. Te volteó, poniéndote a cuatro patas frente al balcón, el viento fresco azotando tu piel sudorosa mientras él embestía desde atrás, una mano en tu clítoris frotando círculos perfectos, la otra jalando tu pelo. —¡Sí, así, pendejito! ¡Más duro! —gritaste, el orgasmo construyéndose como un tsunami. Oíste sus jadeos roncos, sentiste su verga hincharse, y explotaste primero: un grito gutural, temblores violentos, chorros de placer empapando las sábanas. Él te siguió segundos después, gruñendo tu nombre —¡Carla! ¡Mierda! —y llenándote con chorros calientes, su semen goteando por tus muslos.
Colapsaron juntos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El mar susurraba arrullos, las velas parpadeaban bajas. Rodrigo te besó la frente, suave ahora, trazando patrones en tu espalda con los dedos. —Eso fue... el abismo total, ¿no? Como esas historias de pasión que uno busca gratis en internet, pero en versión real y completa —dijo riendo bajito.
Tú sonreíste, acurrucada en su pecho, oyendo su corazón galopando calmándose.
Capítulos completos gratis de éxtasis puro. Y quién sabe, quizás haya secuela. La noche se cerraba con promesas, el deseo saciado pero con brasas listas para reavivarse al amanecer.