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El Hombre Es Una Pasión Inútil

6631 palabras

El Hombre Es Una Pasión Inútil

En el bullicio de la Condesa, donde las luces de neón parpadean como promesas rotas, entré al bar con el corazón latiendo a ritmo de cumbia rebajada. Me llamo Ana, y el hombre es una pasión inútil, me repetía siempre, como un mantra para no caer en la trampa de nuevo. Pero esa noche, el aire olía a mezcal ahumado y jazmín callejero, y mis tacones resonaban contra el piso de madera gastada, atrayendo miradas que me erizaban la piel.

Lo vi de inmediato, recargado en la barra, con una camisa blanca que se pegaba a su pecho moreno por el sudor del calor mexa. Alto, con barba de tres días y ojos negros que prometían pecados sin confesión. Pidió un tequila reposado, y cuando volteó, nuestras miradas chocaron como chispas en la pólvora.

¿Por qué carajos me tiemblan las piernas? Es solo un wey más, una pasión inútil que te deja con las manos vacías.
Me acerqué, fingiendo casualidad, y pedí un paloma con sal.

Órale, güerita, ¿vienes a conquistar o nomás a refrescarte? —dijo con esa voz grave, ronca como el rugido de un volcán dormido.

Sonreí, sintiendo el roce de su mirada bajando por mi escote, donde el vestido negro se ceñía a mis curvas como una segunda piel. —Neta, ni lo uno ni lo otro. Solo ando curioseando.

Charlamos de tonterías: el tráfico infernal de la Reforma, los tacos al pastor que salva la noche, y cómo el DF te chupa el alma pero no te suelta. Se llamaba Diego, fotógrafo freelance que capturaba la esencia cruda de la ciudad. Sus manos, grandes y callosas, gesticulaban con pasión, y yo imaginaba cómo se sentirían sobre mi cintura. El deseo crecía lento, como el humo del cigarro que compartimos fuera, perfumado con tabaco y su colonia amaderada.

La tensión era palpable. Cada roce accidental —su rodilla contra la mía bajo la mesa— enviaba descargas eléctricas por mi espina. Para, Ana, es solo un hombre, una pasión inútil que te hace tonta. Pero su risa, profunda y contagiosa, me hacía olvidar el mantra. Terminamos la noche bailando salsa en la pista improvisada, sus caderas pegadas a las mías, el sudor mezclándose, el ritmo acelerando mi pulso hasta que dolía.

—Ven conmigo —murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo, oliendo a tequila y macho puro.

Asentí, rendida. Salimos al coche, un Tsuru viejo pero chido, y el trayecto a su depa en la Roma fue un torbellino de besos robados en semáforos. Sus labios eran firmes, exigentes, saboreando a limón y sal de mis tragos. Mis manos se enredaron en su cabello oscuro, tirando suave, mientras él gemía bajito, un sonido que me humedecía entre las piernas.

El departamento era un caos creativo: paredes con fotos en blanco y negro de mujeres desnudas en la luz del alba, el aroma a café rancio y sábanas frescas. Me empujó contra la puerta apenas entramos, sus manos explorando mi cuerpo con urgencia contenida. Desabrochó mi vestido con dedos temblorosos, revelando mi piel desnuda salvo por el encaje negro de mi brasier y tanga.

Eres una chulada, Ana —gruñó, sus ojos devorándome—. Qué rica estás, neta.

Lo besé con hambre, mordiendo su labio inferior, saboreando el cobre de una gotita de sangre. Le arranqué la camisa, mis uñas dejando surcos rojos en su pecho velludo, oliendo a sudor fresco y deseo crudo. Cayó de rodillas, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre tembloroso. El aire se cargó de mi aroma almizclado, y cuando su lengua tocó mi clítoris a través del encaje, arqueé la espalda con un jadeo que retumbó en las paredes.

Esto es una locura, una pasión inútil que me va a romper, pensé mientras él me quitaba la tanga con los dientes, exponiéndome al fresco de la noche que entraba por la ventana. Su boca era fuego: lamidas largas, succiones que me hacían retorcer, el sonido húmedo de su lengua devorándome mezclándose con mis gemidos ahogados. —¡Dios, Diego, no pares! —supliqué, mis dedos enredados en su pelo, empujándolo más profundo.

Me levantó como si no pesara, cargándome al sillón de piel gastada que crujió bajo nosotros. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrada, gruesa y palpitante bajo el pantalón. La desabroché con impaciencia, liberándola: venosa, caliente, goteando precum que lamí con la lengua, saboreando su sal amarga. Él maldijo en voz baja, pendejo de mí por provocarlo así.

Me montó despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite. El placer era agonía dulce, su grosor llenándome por completo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Cabalgamos juntos, mis tetas rebotando con cada embestida, sus manos amasándolas, pellizcando pezones endurecidos que dolían de puro gozo. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos sincronizados, el olor a sexo impregnando el aire —sudor, fluidos, pasión animal.

La intensidad subió como una tormenta en el desierto sonorense. Cambiamos posiciones: él encima, mis piernas en sus hombros, penetrándome profundo, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust salvaje.

¡Qué chingón se siente! Olvida el mantra, Ana, este hombre te está partiendo en dos de placer.
Le arañé la espalda, dejando marcas que mañana dolerían, pero ahora eran medallas de guerra. Él me besaba el cuello, mordiendo suave, chupando hasta dejar chupetones que arderían como recordatorios.

El clímax se acercó como un tren desbocado. Sentí el orgasmo construyéndose en mi vientre, una espiral de fuego que explotó en oleadas cegadoras. Grité su nombre, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se tensó, gruñendo como bestia, y se corrió dentro de mí, chorros calientes que me llenaron hasta rebosar, goteando por mis muslos.

Colapsamos enredados, el corazón tronándole en el pecho contra el mío, piel pegajosa y resbaladiza. El silencio poscoital era roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas y el lejano ladrido de un perro callejero. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, trazando círculos perezosos en mi espalda.

Qué padre estuvo eso, wey —murmuró, besando mi frente.

Yo sonreí en la penumbra, pero el mantra regresó susurrante: El hombre es una pasión inútil. Mañana me iría antes de que amaneciera, dejando solo una nota y el eco de mis gemidos. Pero por ahora, en el afterglow, con su calor envolviéndome y el sabor de él aún en mis labios, valía la pena cada segundo de la rendición. La pasión inútil que quema, pero ilumina la noche.

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