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Diferencias Entre Emociones Sentimientos y Pasiones

7216 palabras

Diferencias Entre Emociones Sentimientos y Pasiones

La noche en Polanco estaba viva con ese bullicio elegante que solo la Ciudad de México sabe dar. Luces de neón parpadeando en las vitrinas, el aroma a tacos al pastor flotando desde un puesto callejero cercano, mezclado con el perfume caro de las parejas que desfilaban por la avenida. Yo, Ana, acababa de salir de una lectura de poesía en una librería chic, con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal. No por los versos, sino por él. Diego. Lo vi desde el otro lado del salón, con esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno.

¿Qué carajos me pasa con este güey? pensé mientras me acercaba a la barra del café adyacente. Pidió un mezcal reposado, y yo un tequila blanco, puro, como mi mood esa noche. Nuestras miradas se cruzaron, y de pronto estábamos platicando como si nos conociéramos de toda la vida. Hablaba de filosofía con un acento chilango que me erizaba la piel, gesticulando con manos fuertes, morenas, que olían a colonia fresca y un toque de tabaco.

—Neta, Ana, la vida es un desmadre si no entiendes las diferencias entre emociones sentimientos y pasiones —dijo él, inclinándose hacia mí, su aliento cálido rozando mi oreja—. Las emociones son como chispazos, rápidas y fugaces. Los sentimientos, más profundos, como raíces que se clavan. Pero las pasiones... ay, las pasiones son fuego puro, carnal.

Sentí un cosquilleo en el estómago, una emoción fugaz que se convertía en algo más hondo.

Órale, este pendejo me está encendiendo sin tocarme
, me dije. Le sonreí, mordiéndome el labio inferior, y le respondí:

—Explícame más, Diego. Muéstrame esas diferencias con hechos, no con palabras.

La tensión creció como el calor de un comal encendido. Terminamos los tragos y salimos a la calle, el viento nocturno jugando con mi falda ligera, rozando mis muslos. Caminamos hasta su departamento en una torre reluciente, con vistas al skyline. El elevador subía lento, y ya no aguantamos. Sus labios encontraron los míos, un beso que sabía a tequila y deseo crudo. Su lengua explorando mi boca, suave al principio, luego urgente. Mis manos en su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la camisa de lino.

Adentro, el lugar olía a madera pulida y velas de vainilla que él prendió con una sonrisa lobuna. Nos sentamos en el sofá de piel suave, que crujió bajo nuestro peso. Él me jaló a su regazo, y empecé a sentir esa emoción inicial: el nervio de lo nuevo, el pulso acelerado como tambores en una fiesta de pueblo.

—Esto es una emoción —murmuró contra mi cuello, besándome ahí, donde mi piel ardía—. Pura adrenalina, ¿ves? Se va tan rápido como llega.

Sus manos subieron por mis piernas, quitándome la falda con delicadeza. Yo arqueé la espalda, gimiendo bajito, el sonido reverberando en la habitación. El tacto de sus dedos callosos en mi piel suave era eléctrico, enviando ondas de calor a mi centro. Olía su excitación, ese musk masculino mezclado con el sudor ligero de anticipación.

Me quité la blusa, quedando en brasier de encaje negro. Él jadeó, sus ojos oscuros devorándome. Qué chido se ve este carnal, todo duro y listo para mí. Lo besé con más hambre, desabotonando su camisa, lamiendo el salado de su pecho, bajando hasta su abdomen marcado. Sus pezones se endurecieron bajo mi lengua, y él gruñó, un sonido gutural que me mojó entre las piernas.

—Ahora los sentimientos —dijo, volteándome con gentileza para desabrochar mi brasier—. Estos crecen lento, se arraigan. Como esto que siento por ti desde que te vi recitar.

Sus palabras me derritieron. Era más que lujuria; había una conexión, un sentimiento que se tejía en cada caricia. Me recostó en el sofá, besando mi clavícula, bajando a mis senos. Chupó un pezón con devoción, succionando suave, luego fuerte, mientras su mano masajeaba el otro. Gemí más alto, mis uñas clavándose en su espalda. El placer era profundo, como un río que fluye constante, no un torrente fugaz. Olía mi propio aroma de excitación, dulce y almizclado, mezclándose con el suyo.

Lo empujé hacia atrás, queriendo tomar control. Le bajé el pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y pulsante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, las venas latiendo bajo mis dedos. Él siseó, ¡qué rico!. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, como gotas de mar. Lo chupé despacio, mi lengua girando alrededor del glande, mientras él enredaba sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar.

—Ana, carajo... eso es pasión —jadeó—. No se controla, te consume.

La pasión estalló entonces. Me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me tiró sobre ella, riendo yo con picardía. Se quitó el resto de la ropa, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz tenue: músculos definidos, piel bronceada por el sol de Acapulco donde veraneaba.

Se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas con manos temblorosas de deseo. Besó mi interior de muslos, mordisqueando suave, hasta llegar a mi concha húmeda. Su lengua la lamió entera, plano y largo, saboreándome como si fuera el mejor tequila del mundo. Gemí fuerte, mis caderas elevándose hacia su boca. Metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido de mi humedad chupada por él era obsceno, excitante, como música erótica.

Más, pendejo, dame más
, pensé, pero solo atiné a suplicar:

—¡Diego, ya, métemela!

Se posicionó, su verga rozando mi entrada, lubricada y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Gritamos juntos, el placer abrumador. Empezó a moverse, lento al principio, profundizando el sentimiento, luego acelerando hacia la pasión desenfrenada.

Sus embestidas eran potentes, el slap de piel contra piel resonando, sudor perlando nuestros cuerpos. Lo monté después, cabalgándolo como amazona, mis senos rebotando, sus manos en mi culo apretando. Él chupaba mis pezones mientras yo giraba las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y adictivo. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, hasta que el orgasmo me golpeó como un rayo: oleadas de éxtasis, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre.

Él se corrió segundos después, gruñendo profundo, su semen caliente llenándome, goteando por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, piel pegada a piel, corazones tronando al unísono.

En el afterglow, acurrucados bajo las sábanas revueltas, él trazó círculos en mi espalda con un dedo.

—Viste las diferencias entre emociones sentimientos y pasiones, ¿verdad? —susurró, besando mi frente.

Sonreí, sintiendo un sentimiento nuevo brotar, profundo y tierno.

—Sí, carnal. Y quiero más lecciones.

La noche se extendió en susurros y caricias perezosas, el skyline de la CDMX testigo de nuestro fuego. Sabía que esto no era solo una noche; las pasiones habían encendido algo eterno.

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