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Diario de una pasion desenfrenada

6358 palabras

Diario de una pasion desenfrenada

Entrada del 15 de mayo

¡Ay, wey! Hoy empecé este diario de una pasion que me quema por dentro como chile en nogada bien picoso. Todo arrancó en esa fiesta en Polanco, con luces neón parpadeando y el olor a tequila reposado flotando en el aire. Ahí lo vi: Diego, alto, moreno, con esa sonrisa chueca que te hace mojar las panties sin permiso. Me miró fijo, como si ya supiera lo que mi cuerpo pedía a gritos. Yo, con mi vestido rojo ceñido que me marca las curvas como chingaderas, me acerqué bailando reggaetón, sintiendo el sudor perlado en mi cuello y el bass retumbando en mi pecho.

Nos hablamos de pendejadas, pero sus ojos decían otra cosa. "Eres una ricura, ¿sabes?", me soltó al oído, su aliento caliente rozándome la oreja, oliendo a menta y hombre. Mi piel se erizó, neta, como si me hubiera pasado corriente. Le contesté coqueta: "Tú tampoco estás tan pendejo, guapo". Ahí empezó la tensión, esa chispa que te hace apretar los muslos sin querer. No pasó nada esa noche, pero me fui a casa con el coño palpitando, imaginando sus manos grandes explorándome.

Nota mental: Mañana lo busco. Esta pasion no se queda en palabras.

Entrada del 16 de mayo

¡Chingado! Lo invité a mi depa en la Roma, con pretexto de unas cheves y Netflix. Llegó puntual, con camisa blanca desabotonada lo justo para ver su pecho velludo, ese que invita a morder. El aire olía a mi perfume de jazmín mezclado con su colonia amaderada. Nos sentamos en el sofá de terciopelo, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Hablamos de la vida, de cómo el pinche estrés nos come, pero sus dedos jugaban con mi rodilla, subiendo despacito, enviando ondas de placer por mi espina.

"¿Quieres que pare?", murmuró, su voz ronca como gravel. "Ni madres", le dije, y lo jalé de la nuca para besarlo. Sus labios eran suaves pero firmes, sabían a cerveza fría y deseo puro. Nuestras lenguas se enredaron, explorando, chupando, mientras yo gemía bajito en su boca. Sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, dura como fierro, y eso me prendió más. Mis tetas se apretaban contra su pecho, pezones duros pidiendo atención.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la cama. El cuarto estaba iluminado por la luna filtrándose por las cortinas, plateando su piel morena. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados que lamí con la mirada. Yo me desvestí lento, dejando que viera mis nalgas redondas, mi monte de Venus depilado brillando de anticipación. "Eres una diosa, carnal", dijo, y se hincó entre mis piernas.

Su lengua... ¡ay, Virgen de Guadalupe! Lamió mi clítoris con maestría, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mientras él chupaba mis labios mayores, metiendo un dedo grueso que rozaba mi punto G. Gemí fuerte, "¡Sí, Diego, así, pendejo chulo!", mis manos enredadas en su pelo negro. El sonido de sus succiones húmedas llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y el crujir de las sábanas.

Esta pasion es adictiva, como tamal de mole en Navidad. Quiero más.

Entrada del 17 de mayo

La cosa escaló anoche como volcán en erupción. Después de correrme en su boca –un orgasmo que me dejó temblando, estrellas explotando detrás de mis párpados–, lo empujé sobre la cama. Su pollón saltó libre, venoso, cabezón, goteando precum que lamí como miel de maguey. Sabía salado, masculino, y lo tragué hasta la garganta, oyendo sus gruñidos guturales: "¡Joder, mami, me vas a matar!". Mi boca subía y bajaba, lubricada por saliva, mientras mis tetas rebotaban al ritmo.

No aguantó mucho; me jaló arriba, posicionándome a horcajadas. Sentí su punta abriéndome, estirándome delicioso. Bajé despacio, centímetro a centímetro, hasta que me llenó por completo. "¡Estás tan apretada, tan caliente!", jadeó. Empecé a cabalgar, mis caderas girando como en salsa, nalgas chocando contra sus huevos con palmadas sonoras. Sudábamos, piel resbalosa, olor a sexo crudo invadiendo todo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, enviando descargas directas a mi útero.

Me volteó, poniéndome en cuatro. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi cervix con cada embestida. "¡Más fuerte, cabrón!", le supliqué, y él obedeció, su vientre chocando mis nalgas, sudor goteando en mi espalda. El placer subía como marea, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga. Internalmente gritaba: Esto es lo que necesitaba, esta conexión salvaje, esta pasion que me hace sentir viva, poderosa. Gemí su nombre, arañando las sábanas, hasta que exploté de nuevo, chorros calientes mojando sus bolas.

Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves en mi cuello, risas cansadas. "Eres increíble", murmuró, oliendo a nosotros dos mezclados.

Mi diario de una pasion guarda este secreto: Diego es mi adicción consentida.

Entrada del 18 de mayo

Despertamos enredados, sábanas revueltas oliendo a sexo y promesas. Su mano bajó por mi vientre, dedos juguetones encontrando mi coño aún sensible, hinchado. "Otra ronda, ¿mamacita?", preguntó con picardía mexicana. Asentí, abriendo piernas. Esta vez fue lento, sensual: misionero profundo, ojos clavados, respiraciones sincronizadas. Sentía cada vena de su polla rozándome, cada pulso de su corazón contra el mío.

Me hizo correrme frotando mi clítoris con el pulgar, ondas de placer infinito. Él eyaculó dentro otra vez, gruñendo mi nombre: "¡Ana, chingada madre!". Después, nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre cuerpos exhaustos. Jabón espumoso en sus manos, resbalando por mis curvas, besos bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, desayunando chilaquiles con sus manos en mi muslo.

Ahora, sola en la cama con su aroma en las almohadas, reflexiono. Esta diario de una pasion no termina aquí; es el inicio de algo chido, empoderador. Diego me hace sentir reina, deseada, libre. Mañana lo veo de nuevo. ¿Quién sabe qué páginas llenaremos?

Fin de entrada. Pero la pasion... esa sigue ardiendo.

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