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Ultima Escena de Diario de una Pasion

6653 palabras

Ultima Escena de Diario de una Pasion

El sol se hundía en el horizonte de Puerto Vallarta como una bola de fuego perezosa, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas tranquilas. El aire salado me acariciaba la piel, mezclado con el aroma dulce de las buganvillas que trepaban por las palapas cercanas. Me senté en la arena tibia, aún caliente del día, con mi viejo diario en las manos. Ultima escena de diario de una pasion, pensé, mientras pasaba los dedos por la tapa gastada. Habían pasado quince años desde que Alejandro y yo nos separamos, pero esta noche todo cambiaría. Lo vi caminar hacia mí, su silueta recortada contra el mar, alto y fuerte como lo recordaba, con esa sonrisa pícara que me hacía derretir.

"¡Órale, mi reina! ¿Sigues tan chula como siempre?", dijo él con esa voz ronca que vibraba en mi pecho como un tambor taquillero. Su colonia fresca, a mezclas de sándalo y mar, me envolvió cuando me abrazó. Sentí su calor a través de la blusa ligera, sus manos grandes en mi espalda baja, deteniéndose un segundo de más. Mi corazón latió fuerte, neta, como si quisiera salirse. "¿Qué onda, carnal? ¿Listo para revivir lo nuestro?" Respondí juguetona, mordiéndome el labio.

Caminamos por la orilla, las olas lamiendo nuestros pies descalzos, el sonido rítmico como un susurro invitador. Hablamos de todo y nada: de los hijos que crecieron, de trabajos que nos ataron, de noches solitarias soñando con esto. Sus ojos cafés me devoraban, bajando a mis curvas acentuadas por el vestido veraniego que se pegaba a mi piel húmeda por el sudor y la brisa. "Te extrañé, wey. Cada día pensaba en tu boca, en cómo me hacías volar", confesó, deteniéndose para rozar mi mejilla con el dorso de la mano. Su toque era eléctrico, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna, despertando un calor húmedo que ya empapaba mis bragas.

Diario mío, ¿es esto real? Alejandro aquí, tocándome como si el tiempo no hubiera pasado. Siento su aliento en mi cuello, huele a tequila y deseo puro. No aguanto más esta tensión, me muero por él.

Nos sentamos en una manta que él trajo, bajo la luz menguante. Sacó una botella de mezcal ahumado, el cristal frío contra mis labios cuando me dio un trago. El líquido quemaba dulce, con notas terrosas que se expandían en mi lengua, aflojando mis inhibiciones. "Recuerdas esa vez en la hacienda de mis tíos, en Jalisco? Nos clavamos como animales bajo las estrellas", murmuró, su mano subiendo por mi muslo desnudo. Asentí, el pulso acelerado, mi piel erizándose bajo sus dedos callosos. Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocando en un beso hambriento. Su boca sabía a sal y mezcal, su lengua invadiendo la mía con urgencia, chupando, mordiendo suave. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto.

La tensión crecía como una ola gigante. Sus besos bajaron a mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando la clavícula hasta que arqueé la espalda. "Estás rica, mi amor, tan mojada ya", gruñó al deslizar la mano bajo mi vestido, encontrando mi calor palpitante. Sus dedos rozaron mi clítoris a través de la tela empapada, círculos lentos que me hicieron jadear. El sonido de las olas se mezclaba con mi respiración agitada, el viento carrying el olor almizclado de mi excitación. Lo empujé suave, queriendo control. "Desnúdate, pendejo, quiero verte todo", ordené con voz temblorosa de poder.

Se quitó la camisa, revelando el pecho moreno y musculoso, marcado por años de trabajo en la construcción. Lo besé ahí, saboreando el salitre de su piel, lamiendo un pezón duro que lo hizo sisear. Sus manos desabrocharon mi vestido, exponiendo mis senos plenos al aire fresco. "Qué tetas tan perfectas, para mamarlas toda la noche", dijo, succionando uno con hambre, su lengua girando mientras yo me retorcía, el placer punzante bajando como fuego líquido a mi coño. Le bajé los shorts, liberando su verga gruesa, venosa, ya tiesa y goteando pre-semen. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, palpitando caliente. "Métetela en la boca, reina, hazme loco", suplicó.

Me arrodillé en la arena, el grano fino raspando mis rodillas de forma deliciosa. Lamí la punta, salado y almizclado, luego lo engullí profundo, mi saliva chorreando mientras chupaba rítmico. Él gemía ronco, "¡Carajo, qué chingona eres!", sus caderas empujando suave. El sabor de él me volvía loca, el olor de su sexo mezclado con mar. Pero quería más, lo necesitaba dentro. Me recosté en la manta, abriendo las piernas, invitándolo. "Cógeme ya, Alejandro, hazme tuya otra vez".

Se posicionó, la cabeza de su verga rozando mis labios hinchados, untándose en mis jugos. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo, un gemido gutural escapando de mi garganta. "Estás tan apretada, mi vida, como virgen para mí", jadeó, empezando a bombear. El ritmo creció, piel contra piel chapoteando húmedo, mis uñas clavándose en su espalda sudada. El olor de sexo impregnaba el aire, sudor, fluidos, pasión cruda. Mis caderas se alzaban, encontrándolo, el clítoris frotándose contra su pubis en chispas de placer.

¡Dios, qué bueno se siente! Su verga me parte en dos, pero es mi placer, yo lo guío, yo mando el ritmo. Sudor gotea de su frente a mi boca, salado y vivo.

La intensidad escaló, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. "Más fuerte, cabrón, dame todo", rogué, y él obedeció, embistiendo salvaje, bolas golpeando mi culo. El orgasmo me golpeó como tsunami: olas de éxtasis convulsionando mi cuerpo, gritando su nombre al cielo estrellado. Él siguió, gruñendo, hasta que se tensó, llenándome con chorros calientes, profundos, su semen mezclándose con mis jugos en un calor pegajoso.

Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados, el corazón martilleando al unísono. El mar susurraba aprobación, la brisa secando nuestro sudor. Besó mi frente, suave ahora. "Esto no es el fin, mi reina. Es nuestro nuevo comienzo". Sonreí, lágrimas de felicidad picando mis ojos. Saqué el diario, bajo la luna plateada, y escribí esta ultima escena de diario de una pasion, no de cierre, sino de renacer.

El afterglow nos envolvió como manta tibia. Su mano en mi vientre, trazando círculos perezosos, mientras el aroma de nuestro amor perduraba en la piel. Mañana volveríamos a la ciudad, pero esto, grabado en mí, en estas páginas, sería eterno. Cierro el diario con una sonrisa, lista para lo que venga.

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