Pasión de Jesús Animado
Era Viernes Santo en la plaza principal de Guanajuato, con el sol pegando duro sobre las calles empedradas y el olor a incienso flotando en el aire como un velo espeso. Yo, Ana, había bajado del cerro con mi rebozo ligero porque el calor ya estaba para chamuscar. La Pasión de Jesús animado era el evento del año: no la típica procesión tiesa, sino una versión viva, con actores que se movían como diablos endemoniados, gritando y sudando bajo las luces artificiales que parpadeaban como estrellas locas. La multitud rugía, aplaudiendo cada latigazo fingido, cada corona de espinas que se clavaba en la frente del actor principal.
Ahí lo vi. Jesús, el wey que interpretaba al Cristo, no era un flaco desnutrido como en las pinturas antiguas. Era alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la túnica raída, y unos ojos negros que te taladraban el alma. Cuando lo bajaron de la cruz falsa, con el sudor chorreando por su pecho lampiño, sentí un cosquilleo en el estómago que nada tenía que ver con la religión. Órale, qué pendejo soy pensando en eso aquí, me dije, pero mis ojos no se despegaban de él mientras la gente lo rodeaba pidiendo fotos.
Al final del show, cuando la plaza se vaciaba y el eco de los tambores se perdía en las callejones, me quedé rezagada fingiendo ajustar mi sandalia. Él se quitó la peluca de cabello largo y largo se estiró, soltando un suspiro que sonó como un gemido. Nuestras miradas chocaron.
"¿Te gustó la función, morra?"me preguntó con una sonrisa chueca, voz ronca por los gritos del drama.
No mames, ¿y ahora qué le digo? Mi corazón latía como tamborazo zacatecano.
"Estuvo chingona, Jesús. Tú pusiste la pasión de Jesús animado en otro nivel. Me dejaste con la piel chinita."Se rio, acercándose. Olía a sudor fresco, tierra y un toque de colonia barata que me mareaba. Sus manos, ásperas por el trabajo de carpintero que decía hacer aparte, rozaron mi brazo al pasarme una botella de agua. El contacto fue eléctrico, como si su piel quemara la mía.
Así empezó todo. Caminamos por las callecitas angostas, hablando pendejadas sobre la vida en el pueblo, cómo él ensayaba la pasión cada año para sacar lana extra.
"Pero neta, lo que más me prende es el fuego en los ojos de la gente. Como los tuyos ahorita."Me guiñó un ojo, y yo sentí el calor subirle por las mejillas hasta los muslos. Llegamos a su cuartito en una casa vieja pero limpia, con vistas al pipeline iluminado. Adentro, velas parpadeando y un colchón mullido esperándonos.
La tensión crecía como tormenta de verano. Se paró frente a mí, quitándose la camisa despacio, revelando ese torso esculpido por horas de cargar madera y tablas de escenario. Quiero lamer cada gota de sudor de ahí, pensé, mordiéndome el labio. Él notó, porque se acercó lento, su aliento cálido en mi cuello.
"Ana, desde que te vi en la plaza supe que querías esto. ¿O me equivoco?"Su mano subió por mi falda, dedos juguetones rozando el encaje de mis calzones. Negué con la cabeza, jalándolo hacia mí. Nuestros labios chocaron, saboreando sal y deseo. Su lengua era hábil, explorando mi boca como si fuera el último sorbo de tequila en una fiesta.
Caímos en la cama, el aire cargado del aroma a sábanas limpias y nuestra excitación creciente. Le arranqué la pantalón, liberando su verga dura, palpitante, que saltó como resorte. Qué chulada, gruesa y venosa, perfecta para romperme. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Él gimió bajito,
"Ay, wey, qué rica mano tienes."Se hincó entre mis piernas, abriéndolas con ternura pero firmeza. Su boca descendió, besando mi ombligo, bajando hasta el monte de Venus. Lamidas lentas, círculos en mi clítoris que me hicieron arquear la espalda. El sonido de su succión era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos. Olía a mi propia humedad, dulce y almizclada, y él gruñía de placer.
La intensidad subía. Me volteó boca abajo, sus manos amasando mis nalgas como masa de tamal.
"Te voy a dar mi pasión completa, Ana. Toda animada, como en la cruz."Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, su calor invadiéndome. Empezó a moverse, ritmo pausado al principio, cada embestida un choque de carne contra carne, slap-slap que resonaba en la habitación. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, sus bolas golpeando mi trasero. No pares, cabrón, dame más, rogaba en silencio mientras mis uñas se clavaban en sus hombros.
Aceleró, follándome con fuerza, su aliento entrecortado en mi oreja.
"Estás tan chingona adentro, tan apretada. Me vas a hacer venir."Yo me retorcía, el placer acumulándose como ola en la playa de Puerto Vallarta. Grité su nombre, Jesús, mientras el orgasmo me partía en dos, contracciones que lo ordeñaban. Él rugió, hundiéndose profundo, llenándome con chorros calientes que se desbordaban por mis muslos. Colapsamos, pegajosos, respirando agitados.
En el afterglow, yacíamos enredados, el cuarto oliendo a sexo y velas apagadas. Sus dedos trazaban círculos perezosos en mi espalda, mientras el pipeline brillaba afuera como testigo.
"Neta, Ana, esa fue mi mejor pasión. Más animada que cualquier obra."Reí bajito, besando su pecho salado. Quién iba a decir que Viernes Santo terminaría así, con el Jesús del pueblo dándome el cielo en la tierra. No hubo promesas, solo esa conexión cruda, empoderadora, que me dejó con el cuerpo zumbando y el alma satisfecha. Mañana sería otro día, pero esta noche, su pasión animada era mía.