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Cantos de Pasión San Miguel de Allende

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Cantos de Pasión San Miguel de Allende

El aire de San Miguel de Allende olía a jazmines en flor y a tortillas recién hechas, ese aroma que te envuelve como un abrazo cálido en las tardes de octubre. Yo, Ana, había llegado huyendo del ruido de la ciudad de México, buscando inspiración en las calles empedradas de este pueblo mágico. Las fachadas coloniales pintadas de rosa y ocre me llamaban, pero lo que realmente me atrapó fueron los cantos de pasión San Miguel de Allende, esas serenatas que flotaban desde las esquinas, voces roncas cargadas de deseo que erizaban la piel.

Estaba sentada en la Plaza Principal, con un café de olla en la mano, el vapor subiendo como suspiros, cuando lo vi. Se llamaba Diego, un trovador de ojos negros como la noche guanajuatense, con una guitarra vieja colgada al hombro. Tocaba en la fuente, rodeado de turistas y locales, pero sus ojos se clavaron en mí como si yo fuera la única. Órale, güerita, ¿vienes a robarte mi corazón con esa mirada? me dijo después de su canción, acercándose con una sonrisa pícara que mostraba dientes blancos y perfectos. Su voz era grave, como el tañido de las campanas de la Parroquia.

Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Neta, este pendejo es peligroso, pensé, mientras él se sentaba a mi lado sin pedir permiso. Hablamos de todo: de los murales de Siqueiros en el pueblo, del mezcal que quema la garganta como fuego lento, de cómo los cantos de pasión de San Miguel despiertan lo más hondo del alma. Su mano rozó la mía al pasarme su vaso de pulque, y ese toque fue eléctrico, como un relámpago en seco. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión, y yo ya sentía el pulso acelerado, el calor subiendo por mis muslos.

La noche cayó suave, con el rumor de las fuentes y risas lejanas. Diego me invitó a caminar por el Callejón del Chorro, donde las luces de los faroles bailaban en los charcos. Ven, déjame cantarte algo solo para ti, murmuró, y su aliento olía a canela y deseo. Me tomó de la mano, su palma áspera por las cuerdas de la guitarra, y cada paso era una promesa. Paramos en un rincón escondido, bajo un arco cubierto de bugambilias. Sacó su guitarra y empezó a tocar un son jalisciense cargado de erotismo, su voz envolviéndome: En tus ojos me pierdo, en tu piel quiero ahogarme...

Cantos de pasión que queman la noche de San Miguel de Allende, cantó, mirándome fijo, y yo sentí mis pezones endurecerse bajo la blusa de algodón.

¿Qué carajos estoy haciendo? Mañana me voy, pero este wey me tiene loca, me dije, mientras el ritmo de la guitarra latía como mi corazón. Me acerqué, rozando su pecho firme bajo la camisa guayabera. Él dejó la guitarra y me besó, lento al principio, saboreando mis labios como si fueran tequila añejo. Su lengua exploró mi boca con hambre contenida, y yo respondí, enredando mis dedos en su cabello oscuro y ondulado. El beso se profundizó, sus manos bajando por mi espalda hasta mi culo, apretándolo con fuerza juguetona. Estás rica, Ana, neta que sí, jadeó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

La tensión crecía como la marea en la presa de Allende. Caminamos a su casa, un pequeño patio colonial en la colonia Guadalupe, con geranios rojos y una hamaca tendida. Adentro, el olor a madera de mezquite y velas de cera de abeja nos recibió. Nos besamos de pie en la sala, quitándonos la ropa con urgencia juguetona. Su camisa voló, revelando un torso moreno y musculoso, marcado por el sol. Yo me desabroché el sostén, y él gimió al ver mis tetas llenas. Chingao, qué chulas, dijo, tomándolas en sus manos callosas, pellizcando los pezones hasta que gemí alto.

Caímos en la cama de sábanas frescas, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, hasta mi ombligo. Yo arqueé la espalda cuando su lengua encontró mi clítoris, hinchado y ansioso. Sí, así, cabrón, no pares, pensé, mientras sus dedos se hundían en mi panocha mojada, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteos rítmicos mezclados con mis jadeos y su respiración agitada. Él chupaba con devoción, saboreándome como fruta madura, y yo vine fuerte, temblando, clavando uñas en su espalda.

Pero no era suficiente. Lo volteé, queriendo devorarlo. Su verga estaba dura como piedra, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, hasta meterla entera en mi boca. Él gruñó, ¡Órale, Ana, me vas a matar!, agarrando mi pelo con ternura. Lo mamé profundo, sintiendo cómo se hinchaba más, el olor almizclado de su excitación llenando mis fosas nasales. Subí a horcajadas, frotando mi coño empapado contra su pija, lubricándola. Te quiero adentro, ya, le rogué, y él obedeció, empalándome de un solo empujón.

El ritmo empezó lento, mis caderas girando como en un baile folclórico, sintiendo cada centímetro estirándome. Sus manos en mi cintura guiaban, fuerte pero cariñoso. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros gemidos. Esto es puro fuego, como los cantos de pasión que oí en la plaza, pensé, mientras acelerábamos. Él se sentó, chupando mis tetas rebotantes, mordiendo suave. Cambiamos: yo de rodillas, él atrás, embistiéndome profundo, su saco golpeando mi clítoris. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, el aire cargado de nuestro olor a sexo.

La intensidad subió, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Vente conmigo, Diego, lléname, supliqué, y él rugió, clavándose hasta el fondo mientras yo explotaba otra vez, olas de placer sacudiéndome. Su leche caliente me inundó, chorros potentes que sentí palpitar. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves en la sien, caricias perezosas en la piel húmeda.

Después, en la hamaca del patio, bajo las estrellas, bebimos mezcal de su alambiques casero, el humo de una fogata lejana tiñendo el aire. Los cantos de pasión San Miguel de Allende no mienten, te encontré en ellos, murmuró, trazando círculos en mi vientre. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, un cierre dulce a esta locura. Mañana me iría, pero me llevaba el eco de su voz, el sabor de su piel, el fuego que despertó en mí. San Miguel, con sus serenatas ardientes, me había cambiado para siempre.

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