La Pasión Carnal de Jesús Cristo
Era Viernes Santo en la Ciudad de México, el aire cargado de incienso y murmullos devotos que se colaban por las ventanas entreabiertas. Yo, Jesús, un tipo común y corriente de treinta años, con mi chamba en una tiendita de abarrotes en la colonia Roma, estaba tirado en el sillón de mi depa chiquito pero chido, con mi morra Ana recargada en mi pecho. Ana, una chava de curvas que te hacen sudar nomás de verla, con su piel morena y ese olor a vainilla que siempre traía en el pelo. Habíamos puesto La Pasión de Cristo, esa película que todo mundo ve en estas fechas, pa' entrarle al mood religioso, pero la neta, desde que empezó, algo se me removió adentro.
La pantalla mostraba a Jesús, mi tocayo, azotado, coronado de espinas, sudando sangre bajo el sol de Jerusalén. El sonido de los latigazos resonaba en la sala, un crack seco que me erizaba la piel. Ana se removió, su mano rozando mi muslo sin querer, o tal vez queriendo. "Wey, qué fuerte está esto", murmuró ella, su voz ronca, mientras sus dedos se quedaban ahí, quietos pero calientes como brasas.
Yo sentí un cosquilleo subiéndome por las piernas, directo a la verga que ya empezaba a despertarse. Miré su blusa floja, los pezones marcándose contra la tela delgada por el aire acondicionado. "Simón, carnal, pero imagina si esa pasión fuera... otra cosa", le dije, medio en broma, pero con el corazón latiéndome como tamborazo en las venas. Ella levantó la cara, sus ojos cafés brillando con picardía. "¿Qué pasión, Jesús? ¿La de Cristo o la tuya?"
Neta, en ese momento pensé en Jesús La Pasión de Cristo, pero no la del Calvario, sino una versión prohibida, donde el sudor y el dolor se mezclan con placer puro, con cuerpos retorciéndose no de agonía, sino de éxtasis.
El calor de su aliento me llegó al cuello, oliendo a tequila del trago que nos echamos antes. Apagué la tele con el control, la escena quedó congelada en el rostro sufriente pero hermoso de mi tocayo. Ana no protestó; al contrario, se trepó a horcajadas sobre mí, sus caderas anchas presionando contra mi entrepierna ya tiesa. "Muéstrame tu pasión, Jesús", susurró, mordiéndose el labio inferior, ese gesto que siempre me volvía loco.
Sus manos bajaron por mi pecho, desabotonando mi playera con dedos temblorosos de anticipación. Sentí la aspereza de sus uñas contra mi piel, un rasguño leve que mandaba chispas directo a mi espinazo. Yo le subí la falda, tocando la suavidad de sus muslos, oliendo ese aroma almizclado que salía de entre sus piernas, mezcla de jabón y deseo crudo. "Estás mojada ya, ¿verdad, mi reina?" le dije, y ella asintió, gimiendo bajito mientras yo metía la mano en su calzón de encaje.
Sus pliegues estaban calientes, resbalosos, como miel tibia. Metí un dedo, luego dos, sintiendo cómo se contraía alrededor mío, su concha chupándome como si no quisiera soltarme. Ana arqueó la espalda, sus tetas rebotando libres ahora que le quité la blusa. Las chupé, saboreando el salado de su piel sudada, el pezón duro como piedra entre mis dientes. "¡Ay, cabrón, sí!" gritó ella, clavándome las uñas en los hombros.
Nos paramos tambaleándonos, besándonos con furia, lenguas enredadas en un baile húmedo y salvaje. La llevé a la cama, tirándola sobre las sábanas revueltas que olían a nosotros de la noche anterior. Me quité el pantalón de un jalón, mi verga saltando libre, venosa y palpitante, apuntando a ella como una cruz erguida. Ana se lamió los labios, gateando hacia mí, su culo redondo meneándose. "Dame eso, Jesús, como si fuera tu hostia", dijo con voz juguetona, pero los ojos llenos de hambre.
Se la metí en la boca, sintiendo el calor húmedo envolviéndome, su lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Gemí fuerte, agarrándole el pelo suave, empujando suave pero firme. El sonido era obsceno: slurp, slurp, saliva chorreando por su barbilla. Pero no quería acabar así; la quería dentro, sintiéndola toda.
La volteé boca abajo, le abrí las nalgas, admirando su ano rosado y la concha hinchada brillando de jugos. Escupí en mi mano, lubricando mi verga, y se la clavé de un solo movimiento. Ana aulló de placer, empujando hacia atrás. "¡Más fuerte, pendejo, dame tu pasión completa!" Su voz era un rugido animal, y yo obedecí, embistiéndola con ritmo creciente, el choque de mi pelvis contra su culo resonando como latigazos, pero de puro gozo.
El sudor nos pegaba, piel contra piel resbalosa, el olor a sexo llenando la habitación, espeso y adictivo. Sentía su interior apretándome, masajeándome, cada thrust mandando ondas de placer desde mi verga hasta el cerebro. Ella se retorcía, masturbándose el clítoris, sus gemidos subiendo de tono: "¡Me vengo, Jesús, me vengo en tu cruz!" Su concha se contrajo en espasmos, ordeñándome, y yo no aguanté más, explotando dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta rebosar.
Caímos exhaustos, respirando agitados, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón galopante. El cuarto olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con el incienso lejano de la calle. Ana levantó la vista, sonriendo pícara. "Mejor que cualquier película, ¿no?" Yo reí, besándole la frente. "La verdadera pasión de Cristo, carnal, la que se vive en carne propia".
Pero eso fue solo el principio. Después de un rato, con el cuerpo aún zumbando, Ana se incorporó, sus ojos brillando con esa chispa traviesa que me enloquece. "¿Y si jugamos a Jesús La Pasión de Cristo, pero versión nuestra?" propuso, levantándose desnuda, su silueta recortada contra la luz de la vela que prendimos pa' ambientar. Caminó al closet, sacando una sábana blanca y una corona improvisada de espinas de alambre del tendedero, nada que lastimara de verdad, solo pa' el juego.
Me recostó en la cama como a un mártir, envolviéndome en la sábana, poniéndome la corona floja. "Ahórrate el sufrimiento, mi Cristo, y déjame darte placer", murmuró, montándose en mi cara. Su concha abierta sobre mi boca, goteando aún mi leche mezclada con sus jugos. La lamí con ganas, saboreando el salado dulce, la lengua hundiéndose en sus labios hinchados. Ella se mecía, gimiendo oraciones profanas: "¡Bendíceme con tu lengua, Señor!"
Mis manos le amasaban las tetas, pellizcando pezones, mientras ella se corría otra vez, ahogándome en su squirt tibio. Luego cambió posiciones, en 69 perfecto, chupándome la verga semi-dura hasta revivirla, mis bolas en su boca juguetona. El placer era una ola interminable, sentidos en llamas: el sabor de ella en mi lengua, su aroma embriagador, el slap de su garganta contra mi piel, gemidos vibrando en mi carne.
La penetré de lado, cucharita, lento al principio, saboreando cada centímetro. Sus paredes internas me abrazaban, cálidas y sedosas. Aceleré, el colchón crujiendo, sudor goteando de mi frente a su espalda. "Eres mi redención, Ana", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Ella giró la cabeza, besándome con lengua posesiva. "Y tú mi dios pagano".
El clímax nos tomó juntos esta vez, un estallido sincronizado, cuerpos temblando en unisono, un grito compartido que debió oírse en toda la cuadra. Nos quedamos así, enredados, el mundo afuera con sus procesiones y rezos ajeno a nuestra liturgia privada.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Ana dormía plácida contra mí. Pensé en cómo La Pasión de Cristo había sido el catalizador, transformando devoción en deseo puro. No era blasfemia; era vida, carnal y real. La besé suave, prometiéndome más noches así, donde la pasión no duele, sino que libera. Y en México, con sus santos y sus pecados, eso era lo chingón de todo.