Relatos
Inicio Erotismo Pasión de Gavilanes Capítulo 39 Fuego en la Sangre Pasión de Gavilanes Capítulo 39 Fuego en la Sangre

Pasión de Gavilanes Capítulo 39 Fuego en la Sangre

6411 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 39 Fuego en la Sangre

La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, con el aroma de las jacarandas flotando en el aire cálido de Guadalajara. Yo, Gabriela, estaba recostada en el sofá de la sala, con las piernas cruzadas sobre las de Javier, mi hombre, el que me hacía temblar con solo una mirada. La televisión iluminaba la penumbra con sus destellos dramáticos, y justo esa noche habíamos decidido ver Pasión de Gavilanes capítulo 39. Órale, qué ironía, pensé, porque nuestra propia historia ardía con la misma intensidad que esa telenovela.

Javier me acariciaba el muslo distraídamente, su mano callosa rozando mi piel suave bajo la falda corta. Qué rico se siente eso, me dije, sintiendo cómo un cosquilleo subía por mi espinazo. En la pantalla, los hermanos Reyes discutían con pasión, sus miradas cargadas de deseo y venganza. "Mira nomás, carnal", murmuró Javier con esa voz ronca que me derretía, "así éramos nosotros al principio, ¿te acuerdas? Tú toda fierita y yo queriendo domarte". Reí bajito, girándome para morderle juguetona el lóbulo de la oreja. El olor de su colonia, mezclado con su sudor fresco del día en el rancho, me invadió las fosas nasales, despertando ese hambre profunda en mi vientre.

La tensión en el capítulo subía: una escena donde los amantes se besaban con furia bajo la lluvia, sus cuerpos chocando como truenos. Mi pulso se aceleró, y noté cómo la mano de Javier se deslizaba más arriba, rozando el borde de mis panties.

¡No mames, Gabriela, ya estás mojada y ni ha empezado lo bueno!
pensé, mientras mis pezones se endurecían contra la blusa delgada. "Javi, ¿y si apagamos la tele y hacemos lo nuestro?", susurré, mi voz temblorosa de anticipación. Él sonrió con picardía, esos ojos cafés brillando como brasas. "Neta, mi reina, este capítulo me prendió. Quiero verte como a esa Jimena, toda entregada". Su aliento caliente en mi cuello olía a tequila suave, y el roce de su barba incipiente me erizaba la piel.

Nos besamos entonces, lento al principio, saboreando el dulce de su boca, con ese toque salado de sus labios. Sus manos me alzaron como si no pesara nada, llevándome en brazos por el pasillo hacia nuestra recámara. El suelo de losa fría contrastaba con el calor que emanaba de nuestros cuerpos pegados. Afuera, los grillos cantaban su sinfonía nocturna, y el viento traía el perfume de las buganvillas. Javier me depositó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían suaves bajo mi peso. Se quitó la camisa, revelando ese torso moreno y musculoso, marcado por el sol y el trabajo duro. Qué chulo está mi pendejo, pensé, lamiéndome los labios al ver cómo sus pantalones marcaban la erección creciente.

Me incorporé de rodillas, desabrochando su cinturón con dedos ansiosos. El sonido del metal deslizándose fue como una promesa. Bajé el zipper despacio, torturándolo, mientras en mi mente revivía Pasión de Gavilanes capítulo 39, esa escena donde el deseo explotaba. "Quítate todo, mamacita", gruñó él, su voz grave vibrando en mi pecho. Obedecí, dejando caer la falda y la blusa, quedando solo en encaje negro que él devoraba con la mirada. Sus manos me recorrieron, palmas ásperas sobre mis senos, pellizcando suave los pezones hasta que gemí alto. El tacto era eléctrico, enviando ondas de placer directo a mi centro.

Lo empujé sobre la cama, montándome a horcajadas. Mi concha palpitaba, húmeda y lista, rozando su verga dura a través de la tela. "Siente lo que me haces, Javi", jadeé, moviéndome en círculos lentos. Él gruñó, agarrándome las nalgas con fuerza, amasándolas como masa. El olor de nuestra excitación llenaba la habitación: almizcle salado, sudor fresco, un toque de mi perfume floral. Bajé su bóxer, liberando su miembro grueso, venoso, que saltó ansioso. Lo tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel sedosa sobre la rigidez. Lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen.

¡Ay, Dios, qué rico sabe mi hombre!
Su gemido ronco fue música, sus caderas alzándose para follarme la boca.

Pero quería más. Me trepé sobre él, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Chíngame, sí! grité en mi cabeza mientras lo sentía llenarme por completo. Comencé a cabalgar, mis tetas rebotando al ritmo, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores. Javier me miró embobado, sus manos en mis caderas guiando el vaivén. "Eres mi pasión, Gabriela, mi gavilán", murmuró, evocando el capítulo que nos había encendido. Sudor perlaba su frente, goteando sobre su pecho, y yo lo lamí, salado y caliente.

La intensidad creció. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. El placer se acumulaba como tormenta, mi clítoris frotándose contra su pubis, enviando chispas. "Más fuerte, carnal, ¡no pares!", supliqué, mi voz ronca. Él aceleró, gruñendo como animal, el colchón crujiendo bajo nosotros. Olía a sexo puro, a cuerpos en fusión, a esa esencia íntima que solo amantes verdaderos comparten.

El clímax llegó como avalancha. Sentí el orgasmo subir desde mis entrañas, explotando en oleadas que me arquearon la espalda. "¡Me vengo, Javi!", chillé, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, hundiéndose una última vez, llenándome con chorros calientes de su leche. Colapsamos juntos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor, corazones galopando al unísono. El aire estaba cargado de nuestro aroma, y el silencio solo roto por nuestras respiraciones entrecortadas.

Después, en el afterglow, Javier me acurrucó contra su pecho, su mano trazando círculos perezosos en mi espalda. La televisión seguía murmurando en la sala, pero Pasión de Gavilanes capítulo 39 ya era historia; la nuestra acababa de escribirse. "Te amo, mi vida", susurró, besándome la sien. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, el cuerpo lánguido y satisfecho.

Esto es lo que quiero para siempre: su fuego en mis venas, nuestra pasión sin fin.
Afuera, la luna bañaba la hacienda en plata, testigo de nuestro amor eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.