Testimonio Pasional del Actor de la Pasion de Cristo
En las calles empedradas de Taxco durante la Semana Santa el aire se llenaba de incienso y murmullos devotos. Yo era el actor principal de la Pasión de Cristo el tipo que cargaba la cruz pesada de madera astillada sobre los hombros sudados interpretando a Jesús con toda el alma. Cada ensayo era un ritual de dolor y fe pero también de algo más profundo algo que ardía en mis venas como fuego líquido. Me llamo Rodrigo y este es mi testimonio como actor de la Pasion de Cristo una confesión que no le contaría al cura pero que quemo por dentro como una pasión prohibida.
Ana era la María Magdalena de la obra. Alta morena con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo las luces de los reflectores y un cuerpo que se movía con la gracia de una diosa pagana disfrazada de santa. La primera vez que la vi ensayando la escena del ungüento sus manos untando aceite en mis pies fingidos crucificados sentí un cosquilleo que no era del aceite. ¿Qué carajos es esto? pensé mientras el olor a jazmín de su perfume se mezclaba con el sudor del día. Ella levantó la vista y me sonrió con labios carnosos pintados de rojo sangre. "Estás chido como Jesús wey" me dijo con esa voz ronca mexicana que suena a tequila y noches largas. Neta me puse duro ahí mismo debajo de la túnica.
Los días siguientes fueron un tormento dulce. Ensayábamos hasta la medianoche bajo las estrellas que parpadeaban como testigos mudos. El tacto de su mano rozando mi brazo al ajustar la corona de espinas el roce accidental de sus pechos contra mi espalda cuando me ayudaba con la cruz. Cada noche me iba a mi cuartito en la posada oliendo a ella imaginando su piel morena contra la mía.
Pinche Rodrigo contrólate eres el actor de la Pasion de Cristo no un pendejo cualquierame repetía en el espejo empañado por mi aliento jadeante. Pero el deseo crecía como la multitud en las procesiones gritando "¡Crucifícalo!" solo que en mi cabeza gritaban "¡Cógela!"
Una noche después del ensayo final antes del estreno llovía a cántaros. El agua chorreaba por las calles convirtiendo el empedrado en río plateado. Todos se habían ido pero Ana y yo nos quedamos recogiendo props en la iglesia abandonada. El olor a tierra mojada y vela derretida impregnaba el aire. "Ven ayúdame con esto" dijo ella señalando una caja pesada. Al agacharme su falda se levantó un poco mostrando muslos firmes y suaves como mango maduro. Mi verga se despertó al instante latiendo contra mis jeans.
Nos miramos en silencio el agua goteando de su cabello negro pegado a la blusa blanca que se transparentaba dejando ver el encaje negro de su sostén. Qué rica panocha debe tener crucé por mi mente mientras ella se acercaba. "Rodrigo desde que te vi cargando esa cruz no dejo de pensar en ti" murmuró su aliento cálido oliendo a chicle de tamarindo rozando mi oreja. La tomé de la cintura sintiendo la curva perfecta de sus caderas húmedas por la lluvia. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje lenguas danzando como serpientes en el Edén probando sal de sudor y dulzor de deseo reprimido.
La llevé contra el altar de madera fría sus manos desabrochando mi camisa con urgencia uñas rojas arañando mi pecho. "Eres mi Jesús pecador" jadeó ella mientras yo le bajaba la blusa exponiendo pechos llenos oscuros pezones erectos como botones de cacao. Los chupé con hambre saboreando la piel salada mezclado con lluvia el sonido de sus gemidos rebotando en las bóvedas de la iglesia vacía. Esto es pecado pero qué chingón pecado pensé mientras mis dedos exploraban bajo su falda encontrando calzón empapado no de lluvia sino de su excitación jugosa.
Ana se arrodilló como en la obra pero esta vez no era ungüento lo que me ofrecía. Sacó mi verga dura palpitante oliendo a hombre excitado y la lamió desde la base hasta la punta con lengua experta. "Qué rica verga tienes mi Cristo" dijo mirándome con ojos lujuriosos antes de metérsela entera a la boca mamada profunda succionando con sonidos chapoteantes que me volvían loco. Mis manos enredadas en su pelo mojado empujando suave sintiendo su garganta apretándome el pulso acelerado en las sienes.
No aguanté más la levanté puse sobre el altar abriéndole las piernas como un libro sagrado prohibido. Su panocha depilada reluciente de miel me llamó. La lamí despacio saboreando su sabor ácido dulce como piña con chile el clítoris hinchado palpitando bajo mi lengua. Ana se retorcía gimiendo "¡Ay wey no pares! ¡Chúpame más duro!" Sus jugos corrían por mi barbilla el olor almizclado de su sexo llenando el aire sagrado. Metí dos dedos curvados frotando ese punto que la hacía arquearse como poseída temblando al borde del abismo.
Entonces la penetré de un solo empujón mi verga abriéndose paso en su calor apretado húmedo. Qué chingonería de concha rugí internamente mientras ella clavaba uñas en mi espalda jadeando "¡Cógeme fuerte actor de la Pasion de Cristo!" Empujaba rítmico profundo el slap slap de carne contra carne mezclándose con lluvia afuera y nuestros gruñidos animales. Sus tetas rebotando hipnotizantes yo las amasaba pellizcando pezones mientras ella mordía mi hombro dejando marca de dientes. El sudor nos unía piel resbaladía pulsos sincronizados corazones latiendo como tambores de concheros.
Cambié posiciones la puse a cuatro sobre el altar vista a la cruz de fondo irónico perfecto. Le di nalgadas suaves viendo la carne morena ondular roja de placer. "¡Más papi! ¡Hazme tuya!" gritó y yo obedecí embistiéndola con furia animal bolas golpeando su clítoris. El orgasmo la alcanzó primero cuerpo convulsionando chorro caliente empapándome las piernas gritando mi nombre como oración blasfema. Yo seguí unos segundos más explotando dentro de ella semen caliente llenándola hasta rebosar sensación de éxtasis puro cegador venas ardiendo mundo disolviéndose en blanco.
Caímos exhaustos sobre el suelo frío de la iglesia respirando agitados cuerpos entrelazados pegajosos de fluidos y lluvia. Ella acurrucada en mi pecho besando mi corazón latiendo aún fuerte. "Eso fue mi verdadero testimonio" susurró riendo suave. Yo la abracé oliendo su cabello mojado sintiendo paz después de la tormenta. Afuera la lluvia amainaba procesiones lejanas cantando loas pero en nosotros resonaba otra pasión eterna.
Al día siguiente en el estreno cargué la cruz con nueva fuerza sabiendo que Ana me esperaba atrás del escenario. Nuestro secreto un fuego que no apaga ni Semana Santa ni cruces pesadas. Este es mi testimonio del actor de la Pasion de Cristo no de flagelaciones sino de placeres divinos compartidos con una mujer que me resucitó. Neta carnales si buscan pasión miren más allá de la fe busquen el toque el sabor el gemido que libera el alma.