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Como Reavivar la Llama de la Pasión

7851 palabras

Como Reavivar la Llama de la Pasión

Ana se recargaba en la barra de la cocina de su departamento en Polanco, viendo cómo Carlos llegaba del trabajo con esa cara de cansado pero chido que siempre ponía. Habían pasado diez años desde que se casaron en una boda sencilla en Guadalajara, con mariachis y tequila del bueno, pero la rutina se había comido la chispa. Ya no había esas miradas que queman, ni besos que dejan sin aliento. ¿Cómo reavivar la llama de la pasión? se preguntaba ella mientras él se quitaba los zapatos y la saludaba con un beso en la mejilla, seco como tortilla del día anterior.

—Qué onda, mi reina —dijo Carlos, abrazándola por la cintura sin mucho afán. Su olor a colonia barata mezclada con el sudor del tráfico de la Ciudad de México le llegó directo al alma, recordándole tiempos mejores.

Ana sonrió, pero por dentro bullía.

Esta noche voy a cambiar esto, pendejo
, pensó. Había visto un artículo en línea esa mañana, justo sobre cómo reavivar la llama de la pasión, y decidió que era hora de ponerlo en práctica. Preparó una cena especial: tacos de arrachera jugosos, con cilantro fresco y cebolla morada, guacamole cremoso que olía a limón y chile, y una botella de tequila reposado que guardaban para ocasiones. Puso velas en la mesa del comedor, luces tenues, y se cambió a un vestido rojo ceñido que realzaba sus curvas, el que él le regaló en su aniversario y que hacía tiempo no usaba.

Carlos entró al comedor y se quedó parado, con los ojos bien abiertos. ¡Pinche mujer, qué mamadora! pensó él, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no recordaba desde hace meses.

—¿Qué pedo, Ana? ¿Es mi cumpleaños o qué? —preguntó riendo, pero su voz salió ronca, traicionera.

—No, mi amor. Solo quise recordarte por qué nos volvimos locos el uno por el otro —respondió ella, acercándose con pasos lentos, el roce de la tela del vestido contra su piel erizándola. Lo tomó de la mano y lo sentó a la mesa, sirviéndole un taco con esa sonrisa pícara que lo desarmaba.

La cena fue un juego de miradas. Cada bocado era una promesa: el jugo de la carne chorreando por su barbilla, que ella limpiaba con el pulgar, rozando sus labios. El tequila ardía en la garganta, calentando el cuerpo desde adentro. Carlos sentía el pulso acelerado, el calor subiendo por su cuello mientras Ana cruzaba las piernas bajo la mesa, su pie descalzo rozando la pantorrilla de él, subiendo despacio, tentadora.

Después de la comida, Ana lo llevó al sofá. La fase dos, pensó. Sacó un aceite de masaje que compró en el mercado de Coyoacán, con esencia de vainilla y canela mexicana, olor dulce y especiado que llenó la sala. —Quítate la camisa, guapo. Te voy a relajar —le ordenó con voz suave pero firme.

Carlos obedeció, quedando en torso desnudo, sus músculos marcados por el gym que no soltaba ni en vacaciones. Ana vertió el aceite en sus manos, frotándolas para calentarlo, y empezó por los hombros. Sus dedos fuertes pero delicados amasaban los nudos de tensión, bajando por la espalda, rozando los costados. Él gemía bajito, uyyy qué rico, el sonido vibrando en el pecho de ella.

El tacto era eléctrico: piel contra piel, el aceite resbaloso haciendo que todo se sintiera más intenso. Ana se inclinó, su aliento caliente en la nuca de él, besos suaves que sabían a tequila.

Esto es cómo reavivar la llama de la pasión, paso a paso
, reflexionaba ella, notando cómo el cuerpo de Carlos respondía, endureciéndose bajo sus caricias.

La tensión crecía como tormenta en el desierto de Sonora. Carlos se volteó de pronto, jalándola sobre él. —Ya me hartaste de provocarme, cabrona —gruñó juguetón, sus manos grandes explorando las curvas de sus caderas, subiendo el vestido hasta revelar encaje negro que lo dejó babeando.

Ana rio, un sonido gutural y sexy. —¿Hartarte? Si apenas estoy empezando, wey —le contestó, montándose a horcajadas. Sus bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a carne asada y deseo reprimido. Él mordisqueaba su labio inferior, ella tiraba de su pelo, arqueando la espalda para que sintiera sus pechos contra el pecho de él.

Se levantaron tambaleantes, besándose mientras caminaban al cuarto. La puerta se cerró con un clic que sonó como detonación. Ana lo empujó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Se quitó el vestido despacio, un striptease privado: primero los hombros, luego el busto, revelando pezones duros que pedían atención. Carlos se incorporó, lamiendo el aire, ansioso.

—Ven acá, mi reina —murmuró, jalándola. Sus manos expertas desabrocharon el sostén, liberando sus senos plenos. Los besó, succionó, el sonido húmedo llenando la habitación, mezclado con los jadeos de ella. Su lengua es fuego puro, pensó Ana, las rodillas flojas, el calor entre sus piernas convirtiéndose en humedad que empapaba sus bragas.

Carlos la tumbó boca arriba, bajando besos por su vientre, oliendo su arousal mezclado con la vainilla del aceite. Quitó las bragas con dientes, exponiéndola. Estás cañona, mi amor, dijo antes de hundir la cara entre sus muslos. Su lengua experta lamía despacio al principio, círculos alrededor del clítoris hinchado, luego más rápido, chupando con hambre. Ana se retorcía, uñas clavadas en las sábanas, el olor almizclado de su excitación impregnando el aire. Gritos ahogados escapaban de su garganta, el placer construyéndose como volcán.

—¡No pares, pendejo! ¡Así! —suplicó, las caderas moviéndose al ritmo de su boca. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, el punto que la volvía loca. El orgasmo la golpeó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, jugos salados en la lengua de él.

Pero no terminó ahí. Ana lo volteó, queriendo devorarlo. Desabrochó su pantalón, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor y la rigidez, pinche cosa enorme. La lamió desde la base hasta la punta, sabor salado y masculino, engulléndola hasta la garganta. Carlos gruñía, manos en su pelo, follando su boca con cuidado pero intenso.

—Ya quiero estar dentro de ti —jadeó él, sacándola. Se puso condón rápido —siempre cuidadosos—, y ella se montó encima, guiándolo adentro. Lento, siente cada centímetro. El estiramiento delicioso la llenó, paredes vaginales apretándolo como guante. Empezó a cabalgar, pechos rebotando, sudor perlando sus cuerpos. El slap-slap de carne contra carne, gemidos sincronizados, el colchón crujiendo.

Cambiaron posiciones: él atrás, perrito estilo, jalando su pelo, nalgadas suaves que ardían placenteras. ¡Más fuerte! pedía ella. Luego misionero, mirándose a los ojos, profundos y conectados. El clímax se acercaba, pulsos latiendo al unísono. Carlos aceleró, embistiendo duro, ella clavando uñas en su espalda.

—¡Me vengo! —rugió él, derramándose dentro del condón con espasmos. Ana lo siguió segundos después, un segundo orgasmo que la dejó temblando, lágrimas de placer en los ojos.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y aceite. El cuarto olía a sexo crudo, vainilla y pasión reavivada. Carlos la besó en la frente, suave. —Te amo, Ana. Gracias por esto.

Ella sonrió, acurrucada en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse.

Así es como reavivar la llama de la pasión: con coraje, con ganas, con amor de verdad
. Mañana sería otro día, pero esta noche habían recordado quiénes eran. El fuego ardía de nuevo, listo para más noches como esta.

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