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El Color de la Pasión Federico

8074 palabras

El Color de la Pasión Federico

La noche en Guadalajara estaba viva, con ese calor pegajoso que se te pega a la piel como un amante impaciente. Yo, Ana, acababa de salir de mi trabajo en la galería de arte del centro, con el cuerpo aún vibrando de la adrenalina de una exposición exitosa. El aire olía a tacos de barbacoa y a jazmín de los jardines cercanos, y las luces de neón parpadeaban invitándome a no volver a casa todavía. Caminé por la Avenida Chapultepec, con mis tacones resonando contra el pavimento, sintiendo cómo mi vestido rojo ceñido rozaba mis muslos con cada paso. Qué chido sería encontrar algo que me haga olvidar el estrés de la pinche semana, pensé, mientras el viento jugaba con mi cabello suelto.

Entré al bar La Pasión Oculta, un lugar bohemio lleno de artistas y músicos locales. La música de mariachi eléctrico retumbaba suave, mezclada con risas y el tintineo de copas. Me senté en la barra, pedí un tequila reposado con limón y sal, y ahí lo vi. Federico. Alto, con piel morena bronceada por el sol de Jalisco, ojos negros profundos como pozos de obsidiana, y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver un medallón de la Virgen de Guadalupe que colgaba sobre sus músculos definidos. Era el tipo de hombre que te hace apretar las piernas sin querer.

¿Quién es este wey que me mira así, como si ya supiera cómo sabe mi boca?
Me dijo el barman que era Federico, el dueño, un pintor que había dejado su marca en las paredes del lugar con murales vibrantes. Pidió un trago para mí, cortesía de la casa, y se acercó. Su voz era grave, con ese acento tapatío que suena a miel caliente: “Órale, morra, ese vestido rojo te queda como pintado. ¿Vienes a buscar el color de la pasión esta noche?” Su aliento olía a menta y a algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

Nos pusimos a platicar. Él me contó de sus pinturas, de cómo capturaba el fuego del deseo en lienzos. “El color de la pasión Federico —dijo, guiñándome un ojo— es ese rojo intenso que arde por dentro, como el que traes puesto.” Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Sus manos grandes, con manchas de pintura seca, rozaron las mías al pasarme el salero. El toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y áspera. Mi pulso se aceleró, y noté cómo sus ojos bajaban a mi escote, deteniéndose en el subir y bajar de mis pechos.

La tensión creció con cada shot de tequila. Hablamos de todo: de la vida en Guadalajara, de sueños rotos y pasiones encendidas. Él confesó que andaba soltero, harto de morras que solo querían posar para sus cuadros. Yo le conté de mi ex, un pendejo que no sabía ni dónde tocar. Neta, este Federico me prende como nadie, pensé, mientras su rodilla rozaba la mía bajo la barra. El bar se vaciaba, la música bajaba, y el aire se cargaba de promesas. “¿Te late ir a mi taller arriba? Tengo un lienzo que necesita tu color”, murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Asentí, el deseo ya palpitando entre mis piernas.

Subimos las escaleras estrechas, su mano en mi cintura guiándome. El taller olía a óleo fresco, trementina y a hombre: sudor limpio y colonia barata. Lienzos por todos lados, pinceles desparramados. Me volteó contra la pared, sus labios chocando con los míos en un beso hambriento. Sabía a tequila y sal, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro ondulado. “Qué rico besas, Ana”, gruñó, mordisqueando mi labio inferior. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna.

Me quitó el vestido de un jalón, dejándome en lencería negra que contrastaba con mi piel canela. Él se desabotonó la camisa, revelando un torso esculpido, con vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado. Lo empujé al sofá viejo del taller, montándome a horcajadas. Mis tetas rozaban su pecho, pezones duros como piedras contra su piel caliente. “Te quiero ya, Federico”, susurré, lamiendo su cuello, probando el salado de su sudor. Él rio ronco, manos amasando mis muslos. “Pacienta, carnala, vamos a pintar esto despacio”.

El beso se volvió feroz, lenguas danzando, dientes chocando. Bajé mi mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como hierro bajo la tela. La apreté, y él jadeó, arqueando la cadera. “¡No mames, qué mano tienes!” Desabroché su cremallera, liberándola: gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La acaricié lento, arriba y abajo, oyendo sus gemidos guturales que retumbaban en el cuarto. Él me volteó, quitándome el brasier con dientes, chupando mis pezones con avidez. El placer era un rayo directo a mi clítoris, que palpitaba empapado.

Esto es el color de la pasión Federico, este fuego que me quema viva
, pensé, mientras sus dedos bajaban mi tanga, rozando mi chocha húmeda. Metió dos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. “Estás chorreando, morra. Todo por mí”, dijo, lamiendo sus dedos brillantes con mi jugo. El olor a sexo llenaba el aire, almizclado y dulce. Me puso de rodillas en el sofá, lengua en mi entrada, chupando mi clítoris como si fuera un caramelo. Grité, uñas clavadas en sus hombros, caderas moviéndose solas contra su boca barbuda que raspaba delicioso.

La intensidad subía. Él se paró, yo lo jalé hacia mí, guiando su verga a mi boca. La tragué profunda, sintiendo cómo latía en mi garganta, el sabor salado y almizclado explotando en mi lengua. “¡Qué chingón, Ana! Sigue así”, rugió, cogiendo mi cabeza con gentileza. Lo mamé con hambre, bolas en mi mano, hasta que me levantó como pluma. Me recargó en la mesa de trabajo, pinceles cayendo al suelo con ruido seco. Abrió mis piernas, ojos fijos en mi panocha rosada e hinchada.

Dime que lo quieres”, pidió, la punta de su verga rozando mis labios húmedos. “Sí, métemela toda, Federico. Hazme tuya”, rogué, voz ronca. Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer me hizo gemir alto, paredes internas apretándolo como guante. Cuando estuvo hasta el fondo, nos quedamos quietos, jadeando, piel sudada pegada. Olía a nosotros, a pasión cruda. Empezó a bombear, fuerte y profundo, la mesa crujiendo bajo nosotros. Cada embestida mandaba ondas de placer, mis tetas rebotando, sus bolas chocando contra mi culo.

Me volteó a cuatro patas, manos en mis caderas, verga entrando más hondo. “¡Qué rico te sientes, pinche diosa!” gruñía, nalgueándome suave, el escozor avivando el fuego. Yo empujaba hacia atrás, chocha tragándoselo todo, clítoris frotándose en su pubis. El clímax se acercaba, tensión en mi vientre como resorte. “Voy a venirme, Federico”, chillé. Él aceleró, un dedo en mi ano juguetón, mandándome al borde. Exploté, chorros calientes mojando sus muslos, cuerpo temblando, grito ahogado en mi garganta.

No paró. Me puso boca arriba, piernas en sus hombros, follando con furia animal. Sus ojos, ese color de la pasión Federico, brillaban febriles. “Córrete conmigo, Ana”, ordenó. Sentí su verga hincharse, y vino en chorros calientes dentro de mí, llenándome, gimiendo mi nombre como oración. Colapsamos, cuerpos enredados, sudor enfriándose, respiraciones entrecortadas. Su beso post-sexo fue tierno, lengua perezosa.

Nos quedamos ahí, en el taller, con el amanecer filtrándose por la ventana. Él me acarició el cabello, oliendo a sexo y pintura. “Esto fue el verdadero color de la pasión, ¿verdad?”, murmuró. Sonreí, dedo trazando su pecho.

Neta, Federico, me cambiaste la noche para siempre
. Bajamos al bar vacío, compartiendo café y risas. No era solo un polvo; era conexión, fuego que prometía más noches así. Salí a la calle, piernas flojas, el rojo de mi vestido ahora manchado de pintura y recuerdos. Guadalajara nunca se sintió tan viva.

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