Pasión y Poder David
La noche en Polanco estaba cargada de ese aire cosmopolita que tanto me gustaba, con luces neón reflejándose en los cristales de los autos de lujo y el bullicio de la gente bien vestida saliendo de los restaurantes caros. Yo, Valeria, acababa de entrar a la gala de beneficencia en el hotel más chido de la zona, con un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa. Neta, me veía sabrosa, con el escote justo para volver locos a los weyes sin pasarme de lanza.
Ahí lo vi por primera vez. David. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que parecían devorar todo a su paso. Decían que era el rey de los negocios en la ciudad, un tipo que controlaba hoteles y cadenas de restaurantes con mano firme. Pasión y poder David, murmuraban las chismosas a mi alrededor, como si su nombre fuera una maldición o una bendición. Yo no sabía qué pensar, pero cuando nuestras miradas se cruzaron al otro lado del salón, sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera electrificado.
Me acerqué a la barra por un margarita, y de repente su voz grave me rozó el oído: "¿Me permites invitarte una copa, guapa?" Olía a colonia cara, a madera y algo masculino que me hizo apretar las piernas sin querer. "Claro, guapo", le respondí con una sonrisa pícara, sintiendo ya esa tensión que se acumulaba en mi vientre. Hablamos de todo y nada: de la ciudad que no duerme, de viajes a la Riviera Maya, de cómo la vida en México DF te obliga a ser fuerte. Pero sus ojos no dejaban de recorrer mi cuerpo, y yo no podía evitar imaginar sus manos grandes sobre mis curvas.
¿Qué carajos estoy haciendo? Este wey es puro poder, y yo solo una diseñadora freelance. Pero órale, esa mirada me está encendiendo como fogata en el desierto.
La conversación fluyó como tequila suave, y antes de darme cuenta, su mano rozó la mía al pasarme el vaso. Un toque eléctrico, piel contra piel, que me erizó los vellos de los brazos. "Ven conmigo", me dijo al oído, su aliento cálido oliendo a menta y deseo. No lo pensé dos veces. Salimos del salón, el eco de la música jazz quedando atrás, y subimos a su camioneta negra, un Range Rover que rugía como bestia domada.
En el penthouse de David, en una torre que dominaba Reforma, todo era lujo minimalista: ventanales del piso al techo con vista a la ciudad iluminada, muebles de piel italiana y un bar con botellas que valían más que mi renta anual. Me sirvió un vino tinto, profundo como sus ojos, y nos sentamos en el sofá. "Eres diferente, Valeria", murmuró, acercándose. Su dedo trazó la línea de mi cuello, bajando lento hasta el borde del vestido. Sentí mi pulso acelerarse, el corazón latiéndome en las sienes, el calor subiendo por mis muslos.
"Muéstrame ese poder del que tanto hablan", le reté, mi voz ronca, juguetona. Él sonrió, esa sonrisa lobuna que prometía placeres prohibidos. Me besó entonces, un beso que empezó suave, labios rozando labios, sabor a vino y hombre, pero que pronto se volvió feroz. Sus manos en mi espalda, bajando el zipper del vestido con maestría, la tela cayendo como cascada roja a mis pies. Quedé en lencería negra, tetas firmes expuestas al aire fresco del AC, pezones endureciéndose al instante.
David me levantó en brazos como si no pesara nada, su fuerza cruda y excitante, y me llevó a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas de hilo egipcio suaves como caricia. Me tendió boca arriba, su cuerpo cubriéndome, peso delicioso presionando mis caderas. "Eres mía esta noche", gruñó, mordisqueando mi oreja, enviando ondas de placer directo a mi centro. Yo arqueé la espalda, gimiendo bajito: "¡Sí, David, hazme tuya!"
Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo la sal de mi piel sudada, chupando mis tetas con hambre. Sentí su lengua en los pezones, círculos húmedos que me hicieron jadear, el sonido de mi propia respiración entrecortada llenando la habitación. Olía a su sudor mezclado con mi aroma de mujer excitada, almizcle puro. Sus manos exploraban, dedos gruesos deslizándose por mi panza, bajando a mi tanga empapada. "Estás chorreando, nena", dijo con voz grave, y metí la mano en su pantalón, encontrando su verga dura como acero, palpitante bajo la tela.
Me la saqué, admirándola: gruesa, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La apreté, sintiendo su calor, el pulso latiendo en mi palma. Él gimió, un sonido animal que me mojó más. Se quitó la ropa rápido, quedando desnudo, músculos definidos bajo piel morena, vello oscuro en el pecho. Me abrió las piernas, besando mis muslos internos, mordiendo suave la carne tierna. Su aliento caliente en mi concha, y luego su lengua: ¡Madre mía! Lamió mi clítoris con maestría, succionando, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G.
Esto es pasión y poder David, puro fuego que me consume, me hace suya sin cadenas, solo deseo mutuo.
Me vine primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, piernas temblando, grito ahogado contra la almohada, jugos saliendo a chorros en su boca. Él lamió todo, bebiendo mi placer como néctar. "Ahora te voy a follar como mereces", prometió, colocándose entre mis piernas. Su verga rozó mi entrada, resbalosa, y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí al sentirlo llenarme, tan profundo que tocaba mi alma.
Empezó a moverse, embestidas firmes, caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. El sonido era obsceno, sudoroso: piel contra piel, jadeos mezclados. Agarré sus nalgas duras, clavando uñas, urgiéndolo más rápido. Él obedeció, follando con poder controlado, ángulo perfecto para rozar mi clítoris con cada thrust. Olía a sexo crudo, a testosterona y mi esencia. "¡Más duro, cabrón!", le pedí, y él aceleró, gruñendo mi nombre.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Cabalgaba su verga, sintiendo cada vena, el glande golpeando mi cervix. Mis jugos chorreaban por sus bolas, el colchón empapado. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras yo rebotaba, nuestros cuerpos resbalosos de sudor. "Me vengo, David", anuncié, y exploté de nuevo, concha contrayéndose alrededor de su polla, ordeñándola.
Eso lo llevó al límite. Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas con fuerza, embistiendo como pistón. "¡Toma mi leche, Valeria!", rugió, y sentí su verga hincharse, chorros calientes llenándome, semen espeso goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, su peso sobre mí protector, respiraciones agitadas sincronizadas.
Después, en la calma, nos quedamos abrazados, su mano acariciando mi cabello húmedo. La ciudad brillaba afuera, indiferente a nuestro éxtasis. "Eres increíble", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, sintiéndome empoderada, deseada. Pasión y poder David, sí, pero también el mío propio, descubierto en sus brazos.
Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, risas compartidas bajo la regadera. Saboreé su piel salada una vez más, un beso lento sellando la noche. Salí de ahí con el cuerpo saciado, el alma plena, sabiendo que esto era solo el principio de algo chingón.