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Pasión y Prejuicio

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Pasión y Prejuicio

En las luces tenues de la hacienda en las afueras de Guadalajara, donde el aire olía a jazmín y tierra mojada después de la lluvia, Ana se sentía como una intrusa entre tanto lujo. La boda de su prima era el pretexto perfecto para que las familias bien de Jalisco se reunieran, con sus trajes de diseñador y conversaciones llenas de chismes sobre fortunas y alianzas. Ella, con su vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, no encajaba del todo. Estos ricos siempre con su aire de superiores, pensó, mientras sorbía un sorbo de tequila reposado que quemaba dulce en su garganta.

Entonces lo vio. Ricardo Salazar, el heredero de la cadena de tequileras más grande del occidente, alto, moreno, con ojos negros que parecían devorar todo a su paso. Estaba de pie junto a la fuente, conversando con un grupo de ejecutivos, su camisa blanca abierta en el primer botón, dejando entrever un pecho firme y bronceado. Qué pendejo arrogante, se dijo Ana, recordando cómo su prima le había contado que él rechazaba a todas las morras porque ninguna estaba a su altura. Prejuicio puro, pensó ella, pero no pudo evitar que su mirada se detuviera en la forma en que su mandíbula se tensaba al reír.

¿Y tú quién eres, la que mira como si quisiera comerme con los ojos? —dijo él de repente, acercándose con una copa en la mano. Su voz era grave, como el ronroneo de un jaguar.

Ana alzó la barbilla, sintiendo un cosquilleo en la piel de la nuca. —Soy Ana López, la prima pobre que no merece ni tu atención, güey. ¿Contento?

Él sonrió, una curva lenta y peligrosa en sus labios. —Pobre, ¿eh? Pues no pareces necesitar nada. Ese vestido te queda como guante, resalta todo lo que una mujer de verdad debería presumir.

El prejuicio de Ana se encendió como yesca. Pasión y prejuicio, pensó irónicamente, recordando un libro viejo que había leído en la prepa. Él era el prejuicio hecho hombre, y ella no caería en su juego. Pero cuando sus dedos rozaron los de ella al pasarle la copa, un calor eléctrico subió por su brazo, haciendo que su pulso se acelerara.

La noche avanzó con música de mariachi que vibraba en el pecho, risas y el aroma de carnitas asándose en comales. Ana bailó con varios primos, pero sus ojos siempre volvían a Ricardo, quien la observaba desde las sombras, como si midiera cada movimiento de sus caderas.

¿Por qué me mira así? Neta, este wey cree que puede tener a quien quiera
, se repetía ella, ignorando el calor que se acumulaba entre sus muslos.

Al día siguiente, en el brunch familiar en el jardín, donde el sol filtraba a través de las buganvilias y el café humeaba con olor a canela, Ricardo se sentó a su lado. —Ayer no terminé de decirte lo impresionante que luces. ¿Siempre huyes de los cumplidos?

—Solo de los falsos —replicó ella, mordiendo un pedazo de pan dulce que crujió suave en su boca—. Tú pareces de esos que coleccionan trofeos, no mujeres.

Él se inclinó, su aliento cálido con esencia de café rozando su oreja. —Tal vez. Pero tú no eres un trofeo, Ana. Eres un desafío. Y me encantan los desafíos.

El corazón de Ana latió fuerte, traicionándola. Su prejuicio contra los tipos como él —fríos, calculadores— chocaba con la pasión que despertaba su cercanía. El roce accidental de su rodilla contra la suya bajo la mesa envió ondas de placer inesperado por su cuerpo.

Los días siguientes fueron una danza de encuentros casuales. Paseos por los viñedos de la hacienda, donde el sol calentaba la tierra y el viento traía olor a agave fermentado. Ricardo la invitó a probar tequilas en su bodega privada, un lugar oscuro y fresco con barriles apilados como guardianes silenciosos.

—Prueba este —dijo él, vertiendo el licor cristalino en un vasito. Sus dedos guiaron la mano de ella, y cuando bebió, el fuego bajó por su garganta, directo al vientre.

—Está chido —murmuró Ana, lamiendo una gota que escapó por la comisura de sus labios. Los ojos de Ricardo se oscurecieron, fijos en su boca.

—Déjame —susurró, y sin pedir permiso, pero con una mirada que lo decía todo, su pulgar trazó la gota, llevándola a su propia lengua. Ana jadeó, el toque enviando chispas por su piel. Esto es pasión y prejuicio puro, pensó, mientras su cuerpo se inclinaba hacia él por instinto.

La tensión creció como una tormenta. Esa noche, durante la cena bajo las estrellas, con el cielo negro salpicado de luces y el aroma de mole poblano flotando, Ricardo la llevó aparte al jardín trasero. Las luces de la fiesta se perdían en la distancia, solo el sonido de grillos y sus respiraciones agitadas llenaban el aire.

—No puedo dejar de pensar en ti —confesó él, su voz ronca, presionándola suavemente contra un muro de adobe cálido por el sol del día—. Ese vestido rojo me tiene loco desde el primer momento.

Ana lo miró, su prejuicio derritiéndose bajo el fuego de sus ojos. —Pensé que eras un pendejo engreído, Ricardo. Pero neta, me quemas.

Él rio bajito, sus manos grandes subiendo por sus brazos, dejando un rastro de piel erizada. —Y tú me desafías como nadie. Déjame mostrarte lo que siento.

Consintió con un beso que inició suave, labios rozando como pluma, probando el sabor salado de su piel mezclado con tequila. Pero pronto se volvió voraz. Las lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Ana sintió la dureza de su erección presionando contra su vientre, y un gemido escapó de su garganta.

Órale, qué rica eres —gruñó él, bajando los labios a su cuello, mordisqueando la piel sensible. Ella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en su espalda a través de la camisa. El olor de su colonia amaderada se mezclaba con el almizcle de su arousal, embriagador.

La llevó a una habitación de huéspedes en la hacienda, la puerta cerrándose con un clic suave. La cama king size los recibió, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Ricardo la desvistió despacio, besando cada centímetro revelado: el valle entre sus pechos, el ombligo, el interior de sus muslos. Ana temblaba, el aire fresco lamiendo su desnudez mientras su lengua trazaba círculos en su clítoris hinchado.

Su boca es fuego puro, me va a volver loca
, pensó ella, enredando los dedos en su cabello negro mientras oleadas de placer la recorrían. Él chupaba con maestría, saboreando su humedad dulce y salada, sus gemidos vibrando contra ella.

—Te quiero dentro —suplicó Ana, tirando de él. Ricardo se quitó la ropa, revelando un cuerpo esculpido por horas en el gym: abdomen marcado, verga gruesa y venosa palpitando de deseo.

Entró en ella despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ana gritó de placer, sus paredes internas apretándolo como terciopelo caliente. Se movieron en ritmo perfecto, piel contra piel sudorosa, el slap slap de sus cuerpos resonando en la habitación. Él la embestía profundo, tocando ese punto que la hacía ver estrellas, mientras ella clavaba las uñas en su culo firme, urgiéndolo más rápido.

Eres mía, Ana, toda mía —jadeó él, su aliento caliente en su oreja.

—Y tú mío, carnal —respondió ella, montándolo ahora, cabalgando con furia, sus pechos rebotando, el placer acumulándose como una ola.

El clímax los golpeó juntos: Ana se convulsionó, su concha contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas, mientras Ricardo se derramaba dentro de ella con un rugido gutural, su semilla caliente inundándola.

Después, yacieron enredados, el sudor enfriándose en su piel, el corazón latiendo al unísono. El aroma de sexo y jazmín flotaba, pacífico ahora. Ana trazó círculos en su pecho, su prejuicio disuelto en pasión compartida.

—Pensé que eras el típico rico pendejo —murmuró ella, besando su hombro.

—Y yo que eras una morra inalcanzable —rió él, atrayéndola más cerca—. Pero aquí estamos, perfectos.

En ese afterglow, con la luna filtrándose por la ventana, Ana supo que la pasión había vencido al prejuicio. Y qué chingón se sentía.

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