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Intro de Pasion de Gavilanes que Enciende la Carne

6361 palabras

Intro de Pasion de Gavilanes que Enciende la Carne

Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el vestido al cuerpo con el sudor pegajoso. Yo, Ana, acababa de llegar del trabajo, con los pies doliéndome en los tacones y el corazón latiéndome fuerte por el tráfico infernal de Insurgentes. Mi carnal, Javier, ya estaba en la sala, con una chela fría en la mano y el tele prendido en el canal de las novelas. Pasion de Gavilanes, esa historia de venganza y amores locos que nos tenía enganchados a los dos. Me quité los zapatos de un tirón y me tiré en el sofá a su lado, oliendo su colonia fresca mezclada con el aroma de las enchiladas que había calentado para la cena.

Órale, mija, ya empezó —me dijo él con esa sonrisa pícara que me derretía, pasándome la chela—. Justo la intro de Pasion de Gavilanes, la que siempre me pone de malas... o de buenas, dependiendo.

La pantalla se iluminó con esas imágenes de gavilanes volando sobre campos verdes, y la música empezó a sonar, esa guitarra ronca y apasionada que te eriza la piel.

¿Por qué carajos esa rola siempre me hace sentir como si me estuvieran tocando el alma?
pensé, mientras Javier me jalaba hacia él, su mano grande y callosa rozándome el muslo por debajo de la falda. El sonido de la intro llenaba la sala, grave y seductor, como un susurro que te invita a pecar. Olía a su piel morena, a hombre de verdad, y el calor de su cuerpo contra el mío ya me tenía acelerada el pulso.

Al principio solo nos quedamos viendo, pero la tensión crecía con cada acorde. Sus dedos subían despacito, trazando círculos en mi piel suave, y yo sentía el cosquilleo subiendo por mis piernas. Neta, este pendejo sabe cómo hacerme hervir, me dije, mordiéndome el labio. La intro terminó, pero nosotros no. Javier apagó el tele con el control y se volteó hacia mí, sus ojos cafés clavados en los míos como si fuéramos los hermanos Reyes en persona.

¿Sabes qué? —murmuró, su aliento cálido contra mi oreja—. Esa intro de Pasion de Gavilanes me recuerda lo que siento por ti, carnala. Pura pasión que no se apaga.

Me besó entonces, lento al principio, saboreando mis labios como si fueran miel de maguey. Su lengua se coló juguetona, y yo respondí con hambre, enredando mis dedos en su pelo negro y revuelto. El sofá crujió bajo nuestro peso cuando me trepó encima, sus caderas presionando contra las mías. Sentía su verga ya dura, palpitando a través del pantalón, y un gemido se me escapó, ronco y needy.

La cosa escaló rápido en el medio de la noche. Javier me quitó la blusa con maña, dejando al aire mis chichis firmes, los pezones ya duros como piedras por el roce del aire acondicionado. ¡Qué chingón se ve! pensé, viendo cómo me devoraba con la mirada. Bajó la cabeza y chupó uno, lamiendo con la lengua experta, mientras su mano se metía bajo mi falda, rozando mi panocha ya mojada de anticipación. Olía a nosotrxs, a sudor limpio y deseo crudo, ese olor que te pone cachonda sin remedio.

Eres mi gavilana, carnal —me dijo entre lamidas, su voz grave vibrando en mi piel—. Vuela conmigo esta noche.

Yo reí bajito, arqueándome contra su boca.

Este wey me tiene loca, neta que sí
. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, liberando su verga gruesa y venosa, que saltó ansiosa. La tomé en la mano, sintiendo el calor latiendo, la piel suave sobre el acero duro. La masturbé despacio, oyendo sus gruñidos bajos, como un animal en celo. Él metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, en el punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mi concha chupando sus dedos llenaba la sala, mezclado con nuestros jadeos. El sudor nos perlaba la piel, goteando entre mis pechos, y el sabor salado en su cuello cuando lo besé me volvía loca.

La tensión subía como la marea en Acapulco. Me puse de rodillas en la alfombra, el piso fresco contra mis piernas, y lo tomé en la boca. Su verga sabía a él, a sal y hombre, llenándome la garganta con cada embestida suave. Javier gemía fuerte, agarrándome el pelo sin jalar, solo guiando. Qué rico se siente tenerlo así, poderoso y mío. Pero él no me dejó mucho; me levantó como pluma y me llevó al cuarto, tirándome en la cama king size que olía a sábanas frescas de lavanda.

Ahí, en la penumbra de la lamparita, nos desnudamos del todo. Su cuerpo atlético, marcado por horas en el gym, brillaba con sudor. Yo abrí las piernas, invitándolo, y él se hundió en mí de un solo empujón largo, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! grité, el placer doliendo rico. Empezamos a movernos, ritmados como la intro esa, lento primero, sintiendo cada vena, cada roce de su pubis contra mi clítoris hinchado. El sonido de carne contra carne, chapoteando con mis jugos, era música mejor que cualquier novela.

Internamente luchaba:

Quiero que dure para siempre, pero ya no aguanto
. Javier aceleró, sus embestidas profundas, golpeando ese spot que me hace temblar. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, y entró más hondo, su saco chocando contra mi culo. Olía a sexo puro, a panocha abierta y verga empapada. Grité su nombre, él el mío, hasta que la ola nos reventó a los dos.

El clímax fue como un gavilán picando el cielo: exploté alrededor de su verga, contrayéndome en espasmos que me dejaban sin aire, el placer eléctrico recorriéndome desde el útero hasta las yemas de los dedos. Él se vino segundos después, gruñendo como toro, llenándome con chorros calientes que sentía resbalar adentro. Nos quedamos pegados, jadeando, su peso cálido sobre mi espalda. El afterglow fue puro paraíso: besos suaves en la nuca, caricias perezosas en la piel sensible. Olía a semen y sudor mezclado, sabor en mis labios cuando lo besé de nuevo.

Te amo, mi pasión de gavilanes —susurró él, rodando a mi lado y jalándome al pecho.

Yo sonreí, trazando círculos en su piel. Neta, esa intro nos prendió el fuego otra vez. La noche terminó con nosotros enredados, el eco de la música en mi cabeza, sabiendo que mañana, cuando suene de nuevo, repetiremos. Porque así es nuestro amor: salvaje, consensual, eterno como esa rola que nos une.

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