El Color de la Pasión Capítulo 85
El atardecer en Puerto Vallarta pintaba el cielo con tonos rojos intensos, como si el mismo sol se derritiera de deseo sobre el mar. Yo, Ana, estaba parada en la terraza de la villa que mi familia tenía frente a la playa, con el viento salado revolviéndome el cabello. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a mi piel sudada por el calor del día. Hacía semanas que no veía a Diego, mi carnal, mi todo, el wey que me hacía temblar con solo una mirada. ¿Y si esta vez es la buena? ¿Y si por fin dejo de resistirme?, pensaba mientras sorbía un trago de tequila reposado, el ardor bajando por mi garganta como una promesa de fuego.
La puerta de cristal se abrió con un chirrido suave y ahí estaba él, Diego, con su camisa negra desabotonada hasta el pecho, mostrando esa piel morena que olía a mar y a hombre. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que se endurecían bajo la tela fina. "Ana, mi reina, neta que te extrañé", murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel. Me acerqué, sintiendo el pulso acelerado en mis sienes, el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Sus manos grandes me tomaron la cintura, tirando de mí contra su cuerpo duro. Olía a sal, a sudor fresco y a esa colonia picante que siempre usaba. "Diego, no sé si aguanto más esta tensión", le susurré al oído, mi aliento caliente contra su cuello.
Nos besamos ahí mismo, bajo el cielo encendido. Sus labios eran suaves pero exigentes, saboreando a tequila y a menta de su chicle. Mi lengua se enredó con la suya, explorando, probando el sabor salado de su boca. Sentí sus manos subir por mi espalda, desatando el lazo del vestido que cayó como una cascada blanca a mis pies. Quedé en ropa interior, mis tetas libres al aire cálido, pezones duros como piedras por el roce del viento. Él gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho.
"Eres pura pasión, Ana. El color de la pasión eres tú", dijo, y me cargó en brazos hacia la habitación, mis piernas envolviéndolo por instinto.
La cama king size nos recibió con sábanas de hilo egipcio frescas contra mi piel ardiente. Diego me recostó con cuidado, como si fuera un tesoro, y se quitó la camisa de un tirón, revelando esos abdominales marcados por horas en el gym y pectorales firmes que pedían ser lamidos. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre. Sentía su aliento caliente en mi piel, cosquilleando, haciendo que mi concha se humedeciera más. "Diego, por favor, no me hagas esperar", gemí, arqueando la espalda. Él sonrió pícaro, ese hoyuelo en la mejilla que me volvía loca. Este wey sabe cómo volverme loca, neta.
Sus dedos trazaron el borde de mi tanga, rozando el vello suave que asomaba. La quitó despacio, exponiéndome al aire. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que lo enloquecía. "Mira cómo estás de mojada por mí, mi amor", ronroneó, y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua lamió mi clítoris con delicadeza al principio, círculos lentos que me hicieron jadear. El sonido de su succión era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gemidos que rebotaban en las paredes de la villa. Sentía cada roce como electricidad, pulsos que subían por mi espina dorsal. Agarré su cabello negro, tirando suave, guiándolo más profundo. "¡Sí, así, cabrón, no pares!", grité, las caderas moviéndose solas contra su boca.
Pero Diego no era de los que se apresuran. Se levantó, quitándose los jeans y el bóxer, liberando su verga gruesa, venosa, ya dura como fierro y goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor palpitante, la piel aterciopelada sobre el acero. La masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos y morderse el labio. "Ana, me vas a matar", jadeó. Me puse de rodillas en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el salado de su esencia. Lo chupé profundo, garganta relajada, oyendo sus gruñidos roncos, sus manos en mi cabeza guiándome con ternura. El olor de su sexo me invadía, embriagador, haciendo que mi boca se llenara de saliva.
La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Él me tumbó de espaldas, colocándose entre mis piernas. Nuestros ojos se clavaron, puros fuego. "Te quiero dentro, Diego, hazme tuya", le rogué, las uñas clavándose en sus hombros. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, llenándome hasta el fondo. Gemí largo, el placer doliendo un poquito al principio, puro éxtasis después. Empezó a moverse, embestidas lentas y profundas, el sonido de piel contra piel retumbando como olas rompiendo en la playa. Sudábamos, cuerpos resbalosos uniéndose, el aroma de sexo impregnando el aire.
Acto dos de nuestra pasión, pensé mientras él aceleraba, mis tetas rebotando con cada golpe. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas, guiándome, mis uñas arañando su pecho. "¡Más fuerte, mi rey!", exigí, sintiendo el orgasmo construyéndose como volcán. Él se incorporó, mamando mis pezones, mordisqueando suave, enviando chispas directo a mi centro. El roce de su pubis contra mi clítoris era fuego puro, mis jugos chorreando por sus bolas.
"Neta que contigo el mundo se para, Ana", jadeó, y eso me llevó al borde.
Pero no soltó aún. Me puso a cuatro patas, el espejo frente a nosotros reflejando nuestra lujuria: mi culo redondo alzado, su verga entrando y saliendo reluciente de mis fluidos. El slap-slap de sus caderas contra mis nalgas era hipnótico, mezclado con nuestros alaridos. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente como lava. "Voy a venirme, Diego, ¡no aguanto!", grité, el placer tensándose en mi vientre. Él embistió más duro, una mano bajando a frotar mi clítoris. Exploto en olas, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, jugos salpicando las sábanas. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semilla mezclándose con la mía, goteando por mis muslos.
Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow era dulce, su piel pegada a la mía, olor a sexo y mar envolviéndonos. Besó mi frente, mi nariz, mis labios hinchados. "Eres mi color de la pasión, Ana. Capítulo 85 de nuestra historia, y quiero mil más", susurró, riendo bajito. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo, sintiendo su corazón latir fuerte aún. Esto no es solo sexo, es nuestro destino, neta. Afuera, la noche caía suave, estrellas brillando como testigos de nuestro fuego. En esa villa, con el rumor de las olas de fondo, supimos que el deseo solo crecía, prometiendo más capítulos de puro éxtasis.