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Abismo de Pasion Capitulos Completos (1)

6359 palabras

Abismo de Pasion Capitulos Completos

Elisa sintió el calor pegajoso del atardecer veracruzano envolviéndola como un abrazo prohibido mientras bajaba del auto en la hacienda familiar. El aire olía a jazmín salvaje y sal del Golfo, mezclado con el aroma terroso de la tierra húmeda después de la lluvia. Hacía años que no pisaba este lugar, pero el avismo de pasion que la había marcado en su juventud seguía latiendo en su pecho como un tambor chamánico. Ahí estaba él, Marco, recargado contra la fuente del patio, con esa sonrisa pícara que hacía que sus ojos cafés brillaran como obsidiana bajo el sol poniente.

¡Órale, Elisa! ¿Ya volviste a joderme la existencia, mamacita? dijo él con esa voz ronca, cargada de tequila y recuerdos. Ella se mordió el labio, recordando cómo esas manos callosas la habían explorado en las sombras de los cafetales. Marco había cambiado: ahora era un empresario chido, con camisa de lino ajustada que marcaba sus pectorales duros y pantalón que no disimulaba el bulto prometedor. Pero la chispa seguía ahí, neta, como si el tiempo no hubiera pasado.

La cena familiar fue un suplicio delicioso. Sentados uno frente al otro en la larga mesa de caoba, sus pies se rozaban bajo el mantel bordado. Cada roce era eléctrico, un avismo de pasion abriéndose paso. Elisa sentía el pulso acelerado en su cuello, el sabor salado de la langosta en la boca, y el calor subiendo por sus muslos. ¿Por qué carajos vine? Esto va a acabar mal... o demasiado bien, pensó mientras lo veía lamerse los labios, imaginando que era su piel la que probaba.

Después, la fiesta en el jardín. Mariachis tocaban El Rey con trompetas que vibraban en el aire nocturno, y el ron fluía como río en crecida. Marco la sacó a bailar, su mano firme en su cintura, el cuerpo pegado al suyo. Te extrañé, güey. Cada noche soñaba con este culito prieto, murmuró en su oído, su aliento caliente oliendo a tabaco y deseo. Elisa jadeó, sintiendo la dureza de él presionando contra su vientre. Sus pechos se aplastaban contra su torso, los pezones endureciéndose bajo el vestido de gasa que se adhería a su piel sudada.

Se escabulleron hacia las caballerizas, donde el olor a heno fresco y cuero viejo los envolvió. La luna plateaba todo, y el relincho lejano de un caballo rompió el silencio. Marco la arrinconó contra la pared de madera áspera, que raspaba levemente su espalda a través de la tela fina. Dime que lo quieres, Elisa. Dime que has estado mojada pensando en mí. Ella asintió, el corazón tronándole en los oídos. Sí, pendejo, desde que te vi hoy. Esto es nuestro abismo de pasion, capitulos completos que no puedo resistir.

Sus labios se fundieron en un beso voraz, lenguas danzando como serpientes en celo, saboreando el dulzor del ron y la sal de sus pieles. Marco deslizó la mano por su muslo, subiendo hasta el encaje húmedo de sus bragas. Estás chorreando, rica. Neta, me vas a volver loco. Ella gimió, arqueando la cadera, sintiendo sus dedos gruesos abriendo su panocha hinchada. El roce era fuego puro: círculos lentos en su clítoris, que palpitaba como un corazón expuesto. El sonido de su humedad era obsceno, chapoteos suaves en la noche quieta.

Elisa le arrancó la camisa, clavando las uñas en su pecho velludo, oliendo su sudor masculino mezclado con colonia cara. Bajó la cremallera, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó dura como hierro caliente. La tomó en la mano, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada. Chúpamela, amor. Quiero verte con la boca llena, suplicó él. Ella se arrodilló en el heno punzante, el olor almizclado de su excitación invadiendo sus fosas nasales. Abrió la boca, lamiendo la punta salada de precum, luego engulléndolo hasta la garganta. Marco gruñó, enredando los dedos en su cabello negro, follando su boca con embestidas controladas. El sabor era adictivo: salado, terroso, puro macho.

Pero no bastaba. Elisa se puso de pie, temblando de anticipación. Cógeme ya, Marco. Métemela hasta el fondo. Él la volteó, levantando su vestido, rasgando las bragas con un tirón que la hizo chillar de placer. La penetró de un solo empujón, su verga abriéndose paso en su coño apretado y empapado. Dios mío, es enorme, me parte en dos, pensó ella mientras él la embestía, piel contra piel chocando con palmadas rítmicas. El olor a sexo crudo llenaba el aire, sudor goteando por sus espaldas, mezclándose con el heno.

Marco la giró de nuevo, levantándola contra la pared. Sus piernas se enredaron en su cintura, uñas arañando su espalda mientras él la taladraba profundo. Cada estocada rozaba su punto G, enviando ondas de placer que le erizaban la piel. ¡Más duro, cabrón! ¡Hazme tuya! gritó ella, mordiendo su hombro. Él aceleró, gruñendo como bestia, el sudor chorreando en sus tetas rebotantes. Sus pezones rozaban su pecho, duros como piedritas.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Elisa sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en su vientre deshaciéndose. Es el abismo, capitulos completos de pasion que nos consumen. Marco la besó salvaje, tragándose sus gemidos. Vente conmigo, Elisa. Quiero sentirte ordeñándome. El clímax la golpeó como ola gigante: su coño se contrajo en espasmos violentos, chorros de jugo empapando sus bolas. Él rugió, hinchándose dentro de ella, eyaculando chorros calientes que la llenaban hasta rebosar, goteando por sus muslos temblorosos.

Se derrumbaron en el heno, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de fluidos y sudor. El aire nocturno refrescaba su piel ardiente, el canto de grillos serenata a su éxtasis. Marco la besó la frente, suave ahora. Eres mi todo, Elisa. Este abismo de pasion no tiene fin, son capitulos completos que escribiremos juntos. Ella sonrió, el corazón lleno, sintiendo su semen tibio adentro, marca de posesión mutua.

Al amanecer, caminando de regreso tomados de la mano, el sol pintaba el cielo de rosas y naranjas. Elisa sabía que no era solo un revolcón; era el inicio de algo profundo, empoderador. Por primera vez en años, se sentía viva, deseada, dueña de su placer. El avismo de pasion capitulos completos los había reclamado, y no había vuelta atrás.

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