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El Color de la Pasion Capitulo Final

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El Color de la Pasion Capitulo Final

La brisa del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel como un amante impaciente, trayendo consigo el olor salado que se mezclaba con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de la villa. Era nuestra última noche, el capítulo final de esta historia que había pintado mi vida con el color de la pasión. Diego y yo nos conocimos en una fiesta en la Zona Romántica, él con esa sonrisa pícara que prometía travesuras, yo con el corazón latiendo como tambor de mariachi. Desde entonces, cada encuentro había sido fuego puro, pero esta vez era diferente. Mañana él volaría a España por trabajo, y aunque juramos que no era un adiós, el peso de la distancia ya se sentía en el aire húmedo.

Estábamos en la terraza, descalzos sobre el piso de azulejos frescos. Diego me miró con esos ojos cafés intensos, como chocolate derretido, y me jaló hacia él. Ven acá, mi reina, murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel. Su mano grande y callosa –herencia de sus días trabajando en la construcción antes de volverse empresario– se posó en mi cintura, subiendo despacio por mi blusa de lino blanco. Sentí el calor de sus dedos a través de la tela fina, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. ¿Por qué carajos duele tanto saber que esto podría ser el fin?, pensé mientras me ponía de puntitas para besarlo.

Sus labios eran suaves al principio, probando, tentándome con un roce ligero que sabía a tequila reposado y a menta fresca de su chicle. Pero pronto el beso se volvió voraz, lenguas danzando en un ritmo frenético, como si quisiéramos devorarnos mutuamente. Gemí bajito contra su boca, y él respondió con un gruñido gutural que vibró en mi pecho. Te voy a extrañar, Valeria, pero esta noche te voy a hacer mía de una vez por todas, dijo separándose apenas, su aliento caliente rozándome la oreja. Asentí, perdida en el color de la pasión que ardía en mis venas.

Me cargó en brazos como si no pesara nada, riendo cuando chillé de sorpresa. ¡Órale, güey, me vas a romper algo!, bromeé, pero mi risa se cortó cuando me dejó sobre la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda y a nosotros. La habitación estaba iluminada solo por las velas de coco que parpadeaban, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe. Él se quitó la camisa despacio, revelando ese torso moreno y musculoso, con vellos oscuros que bajaban en una línea tentadora hasta su abdomen marcado. Lo miré embobada, sintiendo cómo mi centro se humedecía solo de imaginarlo dentro de mí.

Esto es el capítulo final, pero qué capítulo tan chingón, neta
, me dije mientras él se arrodillaba frente a mí, besando mis muslos expuestos bajo la falda corta. Sus manos subieron por mis piernas, masajeando con pulgares firmos, y yo arqueé la espalda, jadeando. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos se mezclaba con mi respiración agitada, creando una sinfonía erótica. Relájate, nena, susurró, y su boca encontró mi piel sensible del interior del muslo. Lamidas lentas, mordidas suaves que me hacían retorcer. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y almizclado que lo volvía loco.

Le jalé el pelo cuando su lengua rozó mi clítoris por encima de las panties de encaje. ¡Diego, por favor!, supliqué, y él rio contra mí, el vibrar de su risa enviando ondas de placer. Me quitó la ropa interior con dientes, gruñendo de aprobación al ver lo mojada que estaba. Su lengua es un pinche milagro, pensé mientras él me devoraba, chupando y lamiendo con maestría, círculos perfectos que me llevaban al borde. Mis caderas se movían solas, follándole la cara con desesperación, y el sabor salado de mi sudor goteaba en sus labios. Gemí alto, ¡Más, cabrón, no pares!, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hacía ver estrellas.

El clímax me golpeó como una ola gigante, mi cuerpo convulsionando, chillidos ahogados escapando de mi garganta. Él no paró hasta que temblé incontrolable, lamiendo cada gota como si fuera néctar. Luego subió, besándome para que probara mi propio sabor, salado y dulce a la vez. Ahora te toca a ti, mi amor, dije con voz entrecortada, empujándolo sobre la cama. Me puse a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra mi entrada húmeda. Estaba enorme, palpitante, la cabeza roja y brillante de pre-semen.

Me incliné para lamerlo desde la base hasta la punta, saboreando su piel salada y el leve amargo de su excitación. Él maldijo en voz baja, ¡Chingada madre, Valeria, qué rica boca!, sus caderas embistiéndome. Lo chupé profundo, garganta relajada, saliva goteando por mi barbilla mientras jugaba con sus bolas pesadas. El olor de su masculinidad me embriagaba, terroso y adictivo. Lo monté entonces, guiándolo dentro de mí centímetro a centímetro. ¡Qué estirón tan delicioso!, gemí internamente, sintiendo cada vena, cada pulso mientras me llenaba por completo.

Cabalgamos lento al principio, mirándonos a los ojos, sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Eres mía, siempre lo serás, gruñó él, y aceleré, rebotando fuerte, mi clítoris rozando su pubis en cada bajada. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz de las velas, el olor a sexo impregnando el aire. Sentí el orgasmo construyéndose de nuevo, profundo, como un volcán.

Me volteó sin aviso, poniéndome a cuatro patas, y embistió desde atrás con fuerza animal. ¡Sí, así, Diego, fóllame duro!, grité, enterrando la cara en la almohada. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, sus manos apretando mis caderas, dejando marcas rojas que dolían rico. El ritmo era brutal, salvaje, cada estocada enviando chispas por mi espina. Este es el color de la pasión, puro rojo ardiente, el capítulo final que nunca olvidaré, pensé mientras el mundo se volvía blanco.

Explotamos juntos, él gritando mi nombre mientras se vaciaba dentro de mí, chorros calientes llenándome hasta rebosar. Yo me deshice en temblores, uñas clavadas en las sábanas, un alarido gutural escapando de lo más hondo. Colapsamos, enredados, su peso sobre mí reconfortante, su verga aún palpitando dentro. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, el sabor de nosotros en cada roce.

Después, yacimos en silencio, escuchando el mar, su dedo trazando círculos en mi espalda sudorosa. No es el fin, mi vida. Volveremos, murmuró. Sonreí contra su pecho, inhalando su olor a hombre satisfecho. El color de la pasión no se apaga tan fácil, reflexioné, sabiendo que este capítulo final solo era el cierre de un libro, no de nuestra historia. La noche nos envolvió, prometiendo sueños calientes y un mañana lleno de anhelos.

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