El Libro Las Horas de la Pasion
Entré a esa librería antigua en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México una tarde de lluvia ligera que olía a tierra mojada y a tacos de canasta de la calle. El aire estaba cargado de ese aroma polvoriento de páginas viejas y madera envejecida. Mis ojos se posaron en un estante olvidado al fondo y ahí estaba él: el libro Las Horas de la Pasión. La tapa de cuero rojo desgastado prometía secretos prohibidos con letras doradas que brillaban tenuemente bajo la luz ámbar de una lámpara. No pude resistirme. Lo tomé entre mis manos sintiendo su peso cálido como si guardara latidos ajenos y pagué los quinientos pesos sin regatear.
De regreso en mi departamento en la Condesa el tráfico había sido un desmadre pero ya en casa con una taza de chocolate caliente entre las manos me acomodé en el sillón de terciopelo verde. Abrí el libro y las palabras me envolvieron como un susurro caliente en la oreja. Hablaba de amantes que se devoraban en las sombras de conventos coloniales sus cuerpos sudados rozándose bajo velas parpadeantes.
En las horas de la pasión el tiempo se detiene y solo queda el fuego de la pielleí en voz alta y sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas. Neta qué chido era. Cada página describía toques que erizaban la piel sabores salados de besos y gemidos que resonaban como truenos lejanos. Mi mente voló directo a Marco mi vecino del piso de arriba ese moreno alto con ojos café que siempre me saludaba con una sonrisa pícara y un ¿qué onda güey? que me ponía la piel chinita.
Lo había visto esa mañana en el elevador con su camisa ajustada marcando los músculos del pecho y un olor a jabón fresco mezclado con colonia barata que me hacía agua la boca. ¿Y si lo invitaba? El libro me lo susurraba como un diablillo cachondo. Cerré los ojos imaginando sus manos grandes explorando mi cuerpo mi lengua trazando el contorno de su cuello. Me mordí el labio y sentí mi concha humedecerse solo con el pensamiento. Órale Ana piénsalo bien pero la tentación era más fuerte que yo. Saqué el celular y le mandé un mensaje: Hey Marco ¿vienes a cenar unas enchiladas verdes y mezcal? Tengo algo chido que mostrarte. Su respuesta llegó en segundos: ¡Claro carnala! Llego en media hora.
La cena fue un juego de miradas y roces accidentales. Preparé enchiladas con salsa verde bien picosita que picaban en la lengua como promesas de placer y serví mezcal ahumado en vasos de cristal que tintineaban al chocar. Marco se veía delicioso con jeans ceñidos y una playera negra que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Hablamos de la ciudad del pinche tráfico de la vida de solteros en la Condesa pero el aire se cargaba de electricidad cada vez que nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa. Prueba esto le dije ofreciéndole un bocado y él lo tomó de mi mano lamiendo apenas la salsa de mis dedos. Su lengua cálida y áspera me envió una descarga directa al vientre.
¿Qué es eso chido que me ibas a mostrar? preguntó con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Saqué el libro Las Horas de la Pasión de la mesa de centro y se lo pasé. Sus ojos se abrieron como platos mientras hojeaba las páginas ilustradas con grabados sensuales de cuerpos entrelazados. Carajo Ana esto está cabrón murmuró su respiración acelerándose. Lo miré fijamente y vi el bulto creciendo en sus jeans. Es como si hablara de nosotros ¿no crees? susurré acercándome hasta que nuestros alientos se mezclaron olía a mezcal y a hombre excitado. Él dejó el libro y su mano subió por mi muslo despacio apretando la carne suave bajo mi falda.
Nos besamos como hambrientos. Sus labios carnosos devoraron los míos con un sabor a chile y humo sus dientes mordisqueando mi labio inferior hasta sacarme un gemido ronco. Te deseo desde hace meses pendeja gruñó contra mi boca mientras sus dedos subían rozando el encaje de mis calzones ya empapados. Lo jalé hacia mí sintiendo su verga dura presionando mi vientre palpitante como un corazón desbocado. Ven al cuarto le dije jadeando y nos tropezamos riendo por el pasillo mis manos enredadas en su pelo corto y áspero.
En la cama la luz de la luna se colaba por las cortinas filtrando plata sobre su piel morena. Me quitó la blusa despacio besando cada centímetro expuesto su lengua trazando círculos en mis pezones que se endurecieron como piedras bajo la lluvia. Qué chichotas tan ricas murmuró chupándolos con succiones húmedas que me arqueaban la espalda. Olía a sudor fresco y a su excitación ese almizcle terroso que me volvía loca. Bajé sus jeans liberando su verga gruesa venosa palpitando en mi mano. La apreté sintiendo su calor y el pulso acelerado la piel suave sobre la dureza de acero.
Mámamela Ana pidió con voz ronca y obedecí arrodillándome entre sus piernas. La tomé en la boca saboreando el gusto salado de su precum mi lengua lamiendo la cabeza hinchada mientras él gemía ¡órale sí así! Sus caderas se movían empujando más profundo hasta que toqué mi garganta con arcadas deliciosas. El sonido de su placer era música obscena succiones y jadeos llenando la habitación. Me levantó tirándome a la cama y separó mis piernas besando el interior de mis muslos hasta llegar a mi panocha chorreante.
Su lengua era fuego lamía mi clítoris hinchado chupando con hambre mientras dos dedos gruesos se hundían en mí curvándose para tocar ese punto que me hacía gritar. Estás bien mojada carnala dijo con la boca llena de mis jugos el sonido chapoteante volviéndome loca. Me vine primero un orgasmo que me sacudió como terremoto olas de placer desde el útero hasta las yemas de los dedos mis uñas clavándose en sus hombros. No pares pendejo supliqué temblando.
Se colocó sobre mí su verga rozando mi entrada resbaladiza. Dime si quieres preguntó mirándome a los ojos con ternura feroz. Sí métemela ya respondí envolviéndolo con las piernas. Entró despacio centímetro a centímetro estirándome deliciosamente el dolor placer mezclándose en un gemido compartido. Sus embestidas empezaron lentas profundas cada una rozando mi interior con fricción ardiente el sudor goteando de su frente a mi pecho. Aceleró clavándome con fuerza el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas sus bolas golpeando mi culo.
Me vengo avisó gruñendo y yo apreté mis paredes alrededor de él ordeñándolo hasta que explotó dentro caliente espeso llenándome con chorros que sentía palpitar. Grité mi segundo orgasmo apretándolo fuerte nuestras bocas unidas en un beso desordenado de lenguas y saliva.
Nos quedamos así enredados jadeando el aire espeso con olor a sexo y sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón galopante. El libro tenía razón susurré acariciando su espalda. Las horas de la pasión son eternas. Él rio bajito besando mi piel. Esto apenas empieza güey. Cerré los ojos sintiendo el peso de su cuerpo el calor residual y supe que el libro había despertado algo imparable en nosotros un fuego que ardía lento y profundo listo para más noches como esta.