Pasion Prohibida Capitulo 60 Parte 2 El Susurro Ardiente
La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de encaje en mi departamento de Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que mi piel cosquilleara de anticipación. Me miré en el espejo del vestidor, ajustándome el vestido negro ajustado que marcaba cada curva de mi cuerpo. Esta noche no hay vuelta atrás, pensé, mientras el aroma de mi perfume de jazmín flotaba en el aire, dulce y provocador. Hacía meses que Marco y yo jugábamos con fuego, una pasión prohibida que nos consumía desde que nos conocimos en esa fiesta de la empresa. Él, el socio principal, inalcanzable para mí, la ejecutiva ambiciosa que fingía no notarlo. Pero neta, cada mirada suya me ponía la piel de gallina.
Mi marido estaba de viaje en Guadalajara por negocios, y eso nos daba la noche. El corazón me latía como tambor en un carnaval, un bum bum que resonaba en mis oídos. Saqué el teléfono y vi su mensaje: "Llego en diez, preciosa. Prepárate pa' lo que te va a caer". Sonreí, mordiéndome el labio.
Esto es como nuestra pasión prohibida capítulo 60 parte 2, pensé, donde el clímax siempre nos deja temblando.Me serví un tequila reposado, el líquido ámbar bajando suave por mi garganta, calentándome el pecho. El sonido de la ciudad allá abajo, cláxones y risas lejanas, me recordaba que el mundo seguía girando, ajeno a nuestro secreto.
El timbre sonó, y mi pulso se aceleró. Abrí la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada lo justo pa' mostrar el vello oscuro en su pecho. Olía a colonia cara mezclada con el sudor fresco de la tarde, un olor que me hacía salivar. "Órale, Ana, estás cañón", murmuró con esa voz ronca que me derretía. Lo jalé adentro sin decir nada, cerrando la puerta con un clic que sonó como una promesa.
Sus manos grandes me rodearon la cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sentí su erección presionando mi vientre, caliente y firme a través de la tela. "Te extrañé, wey", le dije, alzando la cara pa' besarlo. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y deseo. Gemí bajito cuando su lengua rozó la mía, un sonido gutural que vibró en mi garganta. Sus dedos se clavaron en mis caderas, masajeando la carne suave, mientras yo enredaba mis uñas en su cabello negro, tirando suave pa' profundizar el beso.
Acto uno completado, pensé, pero esto apenas empezaba. Lo empujé hacia el sofá de piel italiana, donde caímos enredados. "Despacio, mamacita", rio él, pero sus ojos brillaban con la misma urgencia que yo sentía. Le quité la camisa, revelando su torso musculoso, marcado por horas en el gym. Pasé las yemas de mis dedos por sus pectorales, sintiendo el calor de su piel, el latido fuerte de su corazón bajo mi palma. Él jadeó, un sonido ronco que me erizó los brazos. "Me traes loco, Ana. Desde que te vi hoy en la junta, con esa falda, no pude pensar en otra cosa".
Me recostó en el sofá, su boca bajando por mi cuello, lamiendo la sal de mi piel. Cada beso era un fuego, chupetones suaves que me hacían arquear la espalda. Olía su aliento caliente contra mi clavícula, mezclado con el mío, almizclado de excitación. "Quítame el vestido", susurré, y él obedeció, deslizando la cremallera con dientes, raspando mi espina dorsal. El aire fresco besó mi piel desnuda, solo en tanga de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. "Estás chingona, preciosa. Mira cómo te pones pa' mí".
En el medio de nuestra danza prohibida, la tensión crecía como tormenta en el desierto. Sus manos exploraban mis senos, pellizcando los pezones endurecidos hasta que grité de placer. ¡Ay, cabrón, no pares! pensé, mientras mi cuerpo se retorcía. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo el sudor que perlaba mi vientre. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, junto con mis gemidos cada vez más altos. "Marco... porfa...", rogué, abriendo las piernas. Él sonrió pícaro, "Pide lo que quieres, nena". "Tócame ahí, méteme los dedos".
Sus dedos gruesos separaron mis labios húmedos, encontrando mi clítoris hinchado. Jadeé cuando lo rozó, un círculo lento que mandaba chispas por mi espina. Estaba empapada, el olor de mi arousal flotando pesado, dulce como miel. "Estás chorreando, Ana. Todo por mí", gruñó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos pa' tocar ese punto que me volvía loca. Mis caderas se movían solas, follándome su mano, el sonido chapoteante de mi humedad resonando obsceno. "¡Sí, así, wey! Más rápido". Él aceleró, su pulgar en mi clítoris, mientras su boca chupaba mi seno, dientes rozando el pezón.
La intensidad subía, mi mente nublada por el placer.
Esto es lo que anhelo, esta pasión prohibida capítulo 60 parte 2, donde nos perdemos el uno en el otro.Lo empujé pa' abajo, queriendo más. "Chúpame, Marco. Quiero tu lengua". Se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente en mi panocha antes de lamer. ¡Dios! Su lengua plana lamió desde mi entrada hasta el clítoris, saboreándome como si fuera el mejor tequila. Gemí fuerte, agarrando su cabeza, mis muslos temblando. "¡Órale, qué rico! No pares, cabrón". Él succionó, metiendo la lengua adentro, bebiendo mis jugos. El placer se acumulaba, una ola creciendo en mi vientre.
Pero quería más, lo necesitaba todo. "Fóllame ya", exigí, tirando de su pantalón. Él se lo quitó rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso latiendo. "Estás enorme, chulo". Él se puso condón –siempre responsable, eso me encantaba– y se posicionó. "Mírame a los ojos, Ana". Entró despacio, estirándome delicioso, centímetro a centímetro. Grité cuando me llenó, su pubis chocando contra mi clítoris. "¡Ay, sí! Muévete".
Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer. El sofá crujía bajo nosotros, sudor resbalando por su espalda, que lamí salada. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, olor a sexo impregnando el aire. "Más fuerte, Marco. Hazme tuya". Aceleró, follándome profundo, sus bolas golpeando mi culo. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Esto es liberación, puro fuego mexicano, pensé, mientras el orgasmo se acercaba.
En el clímax, volteamos; yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas, yo rebotando, mi clítoris frotándose en su pelvis. "¡Me vengo, wey! ¡Ahhh!". El mundo explotó, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando. Él gruñó, "¡Yo también, nena!", corriéndose dentro del condón, su cuerpo tenso bajo el mío. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa de sudor, corazones galopando al unísono.
En el afterglow, yacimos enredados, su mano acariciando mi cabello. El aroma de nuestros cuerpos mezclados, dulce y salado, llenaba el cuarto. "Neta, Ana, esto es lo mejor de mi vida", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. ¿Y el riesgo? ¿El qué dirán? Pero en ese momento, no importaba. Nuestra pasión prohibida nos había dado paz. "Mañana será otro capítulo, chulo", le dije, sabiendo que esto no acababa aquí. La noche nos envolvía, prometiendo más susurros ardientes.