Pasión y Remordimiento 2009
Era finales de 2009 en Guadalajara, el aire cargado de ese olor a tacos al pastor y humo de carbón que te envuelve las calles del centro. Yo, un pendejo de treinta y tantos casado con Lupita desde la uni, andaba de vago con los compas en una cantina de la colonia Americana. La neta, andaba hasta la madre de estrés por el jale en la oficina, pero esa noche todo cambió cuando la vi entrar. Se llamaba Karla, una morra que conocí en la prepa, con curvas que te hacen salivar y unos ojos negros que te clavan como navaja. Llevaba un vestido rojo ceñido que marcaba sus chichis firmes y sus nalguitas redondas, moviéndose como si el mundo fuera suyo.
Órale, ¿qué pedo con esta visión? pensé, mientras mi verga daba un brinco en los chones. Ella me vio, sonrió con picardía y se acercó meneando las caderas. "¡Wey, cuánto tiempo! ¿Sigues siendo el mismo galán de la prepa?" dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Nos dimos un abrazo que duró de más, su perfume a vainilla y jazmín me invadió las fosas nasales, y sentí sus tetas aplastadas contra mi pecho. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de los güeyes que se perdieron, pero el aire entre nosotros chispeaba como cerveza recién abierta.
Los compas ya andaban pedos, tocando cumbia en la rocola, y Karla me jaló a bailar. Sus manos en mi cintura, mi aliento en su cuello sudado, el ritmo de "La Chona" haciendo que nuestros cuerpos se pegaran. Sentí su calor a través de la tela fina, su culo frotándose contra mi paquete endurecido. Esto está cabrón, carnal, Lupita en casa con los chavitos, me dije, pero la pasión me nublaba el cerebro. "Ven, vamos a otro lado", murmuró ella al oído, su aliento caliente oliendo a tequila reposado. Salimos tambaleando, riendo como pendejos, el fresco de la noche jalándonos hacia un hotelito discreto a dos cuadras.
En el elevador, ya no aguantamos. La embarré contra la pared, mis labios devorando los suyos, su lengua juguetona enredándose con la mía, saboreando sal y deseo puro. Sus manos bajaron a mi entrepierna, apretando mi verga tiesa como fierro. "Estás bien puesto, wey", jadeó, y yo le metí mano bajo el vestido, tocando su panocha ya empapada, resbalosa de jugos que olían a miel ardiente. El ding del elevador nos sacó del trance, pero en la recámara todo explotó.
La tiré en la cama king size, con sábanas blancas que crujían bajo su peso. Le arranqué el vestido, exponiendo su piel morena brillante de sudor, pezones duros como piedras cafés. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, oliendo su aroma almizclado de mujer en celo. Lamí sus muslos internos, subiendo lento, saboreando la sal de su piel hasta llegar a su clítoris hinchado. Ella gemía bajito, "¡Ay, cabrón, no pares!", arqueando la espalda mientras yo chupaba y metía la lengua en su concha chorreante. Sus jugos me empapaban la cara, dulce y salado, y sus uñas se clavaban en mi cabeza, tirando de mi pelo.
Esto es puro fuego, pero ¿qué chingados estoy haciendo? El remordimiento ya picaba leve en el fondo, como un zumbido lejano, pero la pasión lo ahogaba. Karla se volteó, gateando como leona, y me bajó los pantalones de un jalón. Mi verga saltó libre, venosa y palpitante, goteando precum. "Mírala, qué mamalona", dijo lamiéndose los labios, antes de metérsela a la boca. Sentí su calor húmedo envolviéndome, su lengua girando en la cabeza sensible, succionando con fuerza que me hacía ver estrellas. El sonido chupón y sus arcadas suaves me volvían loco, mis caderas empujando instintivo.
La puse boca arriba otra vez, abriéndole las piernas anchas. Rozamos genitales, su coño resbaloso lubricando mi pija, hasta que empujé adentro de un solo golpe. ¡Dios! Estrecha, caliente, contrayéndose alrededor de mí como guante de terciopelo mojado. Empecé a bombear lento, sintiendo cada vena de mi verga frotar sus paredes internas, sus jugos salpicando con cada embestida. Ella clavaba las uñas en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso, gritando "¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!". El cuarto olía a sexo crudo, sudor y perfume mezclado, la cama golpeando la pared con thuds rítmicos.
Aceleré, mis huevos chocando contra su culo, su clítoris rozando mi pubis. Sudábamos como marranos, pieles resbalosas uniéndose en slap-slap-slap. Le mordí el cuello, saboreando su sal, mientras ella me arañaba las nalgas, jalándome más profundo.
"Eres mío esta noche, wey. Olvídate de todo."Sus palabras me prendieron más, el orgasmo construyéndose como tormenta en mis bolas tensas. Cambiamos a perrito: ella de rodillas, culo en pompa, yo embistiéndola salvaje, viendo su ano guiñándome y sus chichis balanceándose. El espejo reflejaba nuestra follada animal, su cara de éxtasis puro.
El clímax llegó como avalancha. "¡Me vengo, Karla!", rugí, y ella apretó su concha, ordeñándome. Chorros calientes llenaron su interior, pulsación tras pulsación, mientras ella temblaba en su propio orgasmo, chillando y mojando las sábanas. Colapsamos jadeantes, mi semen goteando de su panocha hinchada, cuerpos enredados en charco de sudor y fluidos. Besos lentos post-sexo, caricias suaves en su pelo revuelto, el corazón latiéndonos como tambores.
Pero ahí vino el bajón. Minutos después, recostados en la cama deshecha, mirando el techo con luces de neón filtrándose por las cortinas, el remordimiento me cayó como balde de agua fría. Pinche idiota, Lupita confiando en ti, los chavos preguntando por su apá. Karla lo notó, acarició mi pecho. "No pienses, wey. Fue chido, ¿neta?". Asentí, pero el nudo en la garganta crecía. Esa noche de pasión y remordimiento 2009 se grabó en mi alma como tatuaje invisible: placer que quema y culpa que carcome.
Salimos al amanecer, un beso fugaz en la puerta del hotel, promesas vacías de repetir. Volví a casa oliendo a ella todavía, duché el cuerpo pero no el recuerdo. Lupita dormía plácida, y yo me metí a la cama con el corazón hecho mierda. Nunca se lo conté, pero cada 2009 que pasa, revivo esa follada épica y el peso que dejó. La vida sigue, carnal, entre culpas y anhelos que no se apagan.