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Tierra de Pasiones Capitulo 6 Fuego en las Venas

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Tierra de Pasiones Capitulo 6 Fuego en las Venas

La noche en la hacienda de las colinas de Jalisco caía como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas. Ana respiraba el aire cargado de jazmín y tierra húmeda después de la lluvia vespertina, ese olor que le recordaba las promesas susurradas en la oscuridad. Hacía semanas que no veía a Javier, su chulo imposible, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. Tierra de Pasiones Capitulo 6 comenzaba así, con el corazón latiéndole como tambor de mariachi en su pecho.

Ana se miró en el espejo de cuerpo entero de su habitación, la luz de las velas bailando sobre su piel morena y suave. Llevaba un huipil ligero de algodón blanco que se adhería a sus curvas como una caricia, los pezones endurecidos rozando la tela fina.

¿Y si esta noche por fin lo tengo todo para mí? Neta, no aguanto más esta hambre
, pensó, mientras se pasaba las manos por los senos plenos, imaginando las de él, callosas y fuertes de tanto trabajar la tierra.

El sonido de cascos de caballo rompió el silencio. Bajó las escaleras de madera crujiente, el aroma de mole y chocolate caliente flotando desde la cocina donde su tía preparaba la cena. Pero Ana no tenía hambre de comida. Abrió la puerta principal y ahí estaba Javier, desmontando con esa gracia felina, su camisa negra abierta hasta el pecho, revelando el vello oscuro que ella anhelaba lamer. Sus ojos color café se clavaron en los de ella, y el aire se espesó con deseo puro.

Órale, mi reina, ¿me extrañaste? —dijo él con voz ronca, acercándose con pasos lentos, como si saboreara cada segundo.

—Más de lo que crees, pendejo, —respondió ella juguetona, mordiéndose el labio inferior, el pulso acelerado en la garganta—. Ven, no pierdas tiempo.

Acto primero: la chispa. Javier la tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta fresca. Ana sintió el calor de su erección presionando contra su vientre, y un gemido escapó de su boca. El viento nocturno jugaba con su cabello, trayendo el canto de grillos y el lejano ladrido de perros. Sus manos exploraron, las de él subiendo por su espalda, desatando el huipil que cayó al suelo como una ofrenda.

Desnuda bajo la luna, Ana se sintió poderosa, deseada. Javier la cargó hasta el porche, depositándola en el sillón de mimbre. Se arrodilló frente a ella, besando su cuello, bajando por el valle de sus senos. Qué rico, pensó ella, arqueando la espalda cuando su boca capturó un pezón, succionando con fuerza suave, la lengua girando como en un ritual ancestral. El olor de su sudor masculino la embriagaba, mezclado con el cuero de su cinturón.

—Te quiero toda, Ana —murmuró él contra su piel, las manos abriendo sus muslos. Ella jadeó al sentir sus dedos rozando el calor húmedo entre sus piernas, el vello púbico erizado por la anticipación. Deslizó un dedo dentro, luego dos, moviéndolos con ritmo lento, mientras su pulgar presionaba el clítoris hinchado. Los sonidos de su excitación llenaban la noche: el chapoteo suave, sus respiraciones entrecortadas, el crujir del mimbre bajo su peso.

Pero no era suficiente. Ana lo empujó hacia atrás, poniéndose de pie. —Adentro, cabrón. Quiero sentirte en mi cama.

Acto segundo: la hoguera. Subieron las escaleras tropezando, besándose como posesos. En la habitación, Javier se quitó la ropa con prisa, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando con presemen. Ana la tomó en su mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, el calor irradiando.

Esto es mío esta noche, todo mío
, se dijo, mientras lo lamía desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal salada y almizclada. Javier gruñó, enredando los dedos en su cabello, guiándola sin forzar.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Él la tumbó en la cama de sábanas de lino fresco, besando su ombligo, el interior de los muslos, hasta llegar a su centro. Su lengua se hundió en ella, lamiendo con avidez, chupando el néctar que fluía abundante. Ana se retorcía, las uñas clavándose en las sábanas, el placer subiendo en oleadas. ¡Ay, Diosito! Así, no pares. El cuarto olía a sexo crudo, a cuerpos en combustión, el sudor perlando sus pieles.

Pero Javier se detuvo, mirándola con ojos ardientes. —No quiero correrme todavía, mi amor. Quiero follarte hasta que grites.

Ella sonrió pícara, volteándose a cuatro patas, ofreciéndole su culo redondo. Él se posicionó detrás, frotando la verga contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que Ana gimiera alto. Qué chingón se siente, pensó, empujando hacia atrás para tomarlo más profundo. Javier embestía con fuerza controlada, sus caderas chocando contra las de ella con palmadas resonantes, el sudor goteando de su pecho al de ella.

El conflicto interno ardía: Ana recordaba las noches solitarias, el miedo a que él se fuera con otra, pero ahora, en este vaivén hipnótico, todo se disolvía en placer puro. Él la alcanzó por delante, frotando su clítoris mientras la penetraba, acelerando el ritmo. Sus pechos se mecían, rozando las sábanas ásperas, enviando chispas extras. El clímax se acercaba, tensión enredada como cuerda de lazo.

—Más rápido, Javier, ¡dame todo! —suplicó ella, la voz ronca.

Él obedeció, gruñendo como toro, el sonido de carne contra carne mezclándose con sus jadeos. Ana sintió la explosión primero, un orgasmo que la sacudió entera, contracciones apretando su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Javier la siguió segundos después, llenándola con su semen caliente, pulsos interminables que la hicieron temblar de nuevo.

Acto tercero: las brasas. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose al unísono. Javier la besó en la frente, suave, mientras el aire fresco entraba por la ventana abierta, trayendo el aroma de tierra fecundada. Ana trazó círculos en su pecho con el dedo, sintiendo el latido pausado.

Te quiero, Ana. No más separaciones —murmuró él, su voz un ronroneo satisfecho.

Ella sonrió, el afterglow envolviéndola como manta tibia.

En esta tierra de pasiones, por fin encontré mi hogar en sus brazos
. Se acurrucaron, el mundo afuera olvidado, solo el susurro de sus almas unidas y el promesa de más noches así.

La luna testigo se hundía lenta, pero su fuego en las venas perduraría hasta el amanecer.

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