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La Pasion de Cristo Muerte de Jesus en Carne

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La Pasion de Cristo Muerte de Jesus en Carne

En el zócalo de mi pueblo en Jalisco, durante la Semana Santa, el aire se llenaba de incienso y murmullos devotos. Era la noche de La Pasion de Cristo Muerte de Jesus, la obra que todos esperábamos con esa mezcla de fe y emoción que nos eriza la piel. Yo, María, de veintiocho años, con mi rebozo negro ajustado al cuerpo, me colé entre la multitud para ver de cerca al actor que interpretaba a Jesús. Se llamaba Alejandro, un moreno alto de ojos verdes que había llegado de Guadalajara para el montaje. Desde el primer ensayo que vi de reojo, su figura crucificada me había despertado algo prohibido, un calor entre las piernas que no era solo el bochorno de abril.

La procesión empezó con tambores retumbando como latidos acelerados. El olor a cera de velas derretidas se mezclaba con el sudor de la gente apiñada. Alejandro, con su túnica raída y corona de espinas falsas, caminaba arrastrando la cruz de madera pesada. Su pecho se marcaba bajo la tela, músculos tensos brillando con sudor bajo las luces tenues.

¿Por qué me mira así? ¿Siente lo mismo que yo, este fuego que me quema por dentro?
me pregunté mientras lo seguía con la vista, mordiéndome el labio. La multitud gritaba "¡Perdónanos!" pero yo solo quería perderme en sus brazos pecadores.

Al final de la obra, cuando lo bajaron de la cruz en esa escena de muerte agonizante, su grito ahogado me erizó los vellos de la nuca. El sacerdote bendecía, pero yo solo olía su aroma varonil, ese mix de tierra mojada y hombre puro. Me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo, hasta que nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Él, aún con el maquillaje de sangre falsa, se acercó quitándose la corona.

Órale, güeyita, ¿vienes todos los años a esto? —me dijo con voz ronca, sonriendo de lado, ese hoyuelo que me derrite.

—Sí, pero este año... La Pasion de Cristo Muerte de Jesus pega diferente contigo de Jesús —le contesté, sintiendo mi voz temblar, el pulso acelerado como si corriera una carrera.

Nos fuimos caminando por las calles empedradas, lejos del bullicio, hacia la posada donde se hospedaba. El viento nocturno traía jazmines del jardín, y su mano rozó la mía accidentalmente. O no tan accidental. Chin güey, ¿y si esto es pecado? Pero qué rico pecado, pensé, mientras entrábamos a su cuarto sencillo, con una cama grande y sábanas blancas oliendo a limpio.

Allí, en el medio, la tensión que había empezado en el zócalo explotó como pirotecnia de feria. Se acercó lento, sus dedos callosos de tanto cargar la cruz me acariciaron la mejilla, bajando por el cuello hasta el escote de mi blusa. Olía a él, a sal y deseo crudo. —María, como la Magdalena, murmuró, y me besó. Sus labios eran firmes, con sabor a vino bendito de la misa, lengua explorando mi boca como si rezara un salmo secreto.

Me quitó el rebozo con cuidado, deslizando las manos por mis hombros desnudos. Mi piel se erizó bajo su toque, pezones endureciéndose contra la tela fina de mi sostén.

¡Ay, Diosito, esto es mejor que cualquier crucifixión!
Lo empujé hacia la cama, desatando su túnica de actor. Su cuerpo era una escultura viva: abdomen marcado, vello oscuro bajando hasta donde el calor me nublaba la vista. Lo besé ahí, en el pecho, lamiendo el sudor salado, sintiendo su corazón galopando contra mi lengua.

Qué chingona eres, María, jadeó, manos enredándose en mi cabello mientras yo bajaba más, besando su ombligo, oliendo su excitación masculina que me mareaba como tequila bueno. Le quité los pantalones, y su verga saltó libre, dura y venosa, palpitando con vida. La tomé en la mano, suave al principio, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

Me recostó despacio, quitándome la falda con reverencia. Mis bragas ya estaban empapadas, el aroma de mi propia humedad flotando en el aire cálido. Sus dedos juguetearon ahí, rozando los labios hinchados, metiéndose un dedo jugoso que me hizo arquear la espalda. ¡Puta madre, qué bien sabe tocar! El sonido chapoteante de mi coño chorreando era obsceno, delicioso. Me lamió los pechos, mordisqueando pezones hasta que grité bajito, uñas clavadas en su espalda ancha.

La cosa escaló cuando me abrió las piernas, su boca devorándome. Lengua plana lamiendo mi clítoris en círculos lentos, chupando como si fuera la hostia más dulce. Gemí fuerte, caderas moviéndose solas, el cuarto lleno de mis jadeos y su lamida húmeda.

Esto es mi pasion, mi muerte en éxtasis
, pensé, mientras el orgasmo me barría como ola en la playa de Manzanillo, cuerpo temblando, jugos corriendo por sus labios.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, nalgas redondas que amasó como panadero experto. Su verga rozó mi entrada, caliente y lista. —¿Quieres, mi Magdalena? —preguntó, voz ronca de pendejo cachondo.

¡Sí, chíngame, Jesús mío! —supliqué, y entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, qué grosor, estirándome delicioso! Empezó lento, embestidas profundas que me hacían sentir cada vena, cada pulso. El slap-slap de piel contra piel, sudor goteando, olor a sexo puro invadiendo todo. Aceleró, yo empujando hacia atrás, gritando ¡Más, cabrón! Sus bolas golpeaban mi clítoris, manos en mis tetas apretando.

Me giró de nuevo, cara a cara, piernas enredadas. Sus ojos verdes clavados en los míos mientras me follaba duro, cama crujiendo como la cruz en la obra. Sentí su verga hincharse más, mis paredes apretándolo, otro orgasmo construyéndose en espiral. Esto es la muerte de Jesus, pero en placer eterno, flash en mi mente. Él gruñó, —Me vengo, María... y explotó dentro, chorros calientes bañándome, llevándome con él al clímax. Grité su nombre, uñas rasguñando, mundo blanco de puro gozo.

Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y semen, su peso sobre mí reconfortante. El cuarto olía a nosotros, a jazmines y pasión gastada. Me besó la frente, suave. —Eres mi resurrección, susurró, y reímos bajito, cómplices en este sacrilegio dulce.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con otro beso largo. Volví a casa con las piernas flojas, el recuerdo de La Pasion de Cristo Muerte de Jesus grabado no solo en mi fe, sino en mi piel, mi alma. Cada Semana Santa, lo busco en la multitud, sabiendo que la verdadera pasión nace del deseo compartido, puro y ardiente como tequila en las venas.

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