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Brad Pitt Leyendas de Pasion Carnal

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Brad Pitt Leyendas de Pasion Carnal

La lluvia caía a cántaros sobre el DF esa noche de viernes, como si el cielo se hubiera abierto para lavar las pinches preocupaciones de la ciudad. Yo, Ana, estaba sola en mi depa de la Condesa, con una cobija sobre las piernas y el control remoto en la mano. Había rentado Leyendas de Pasión, esa película de Brad Pitt que me volvía loca desde chava. Tristan Ludlow, con su pelo largo al viento, esos ojos verdes que te traspasaban el alma y ese cuerpo de vaquero salvaje. Cada vez que lo veía cabalgar o pelear, sentía un calorcito entre las piernas que no se iba ni con ventilador.

Presioné play y me recargué en el sofá, el olor a café recién hecho flotando en el aire. La pantalla se iluminó con las montañas nevadas de Montana, pero mi mente volaba directo a Brad Pitt, su mandíbula cuadrada, el sudor brillando en su pecho desnudo durante las escenas de acción.

¿Por qué carajos no hay un Tristan en mi vida? Un carnal que me agarre como si el mundo se acabara mañana
, pensé mientras mis dedos rozaban mi muslo por encima del shortcito de algodón. El sonido de la lluvia golpeteando la ventana se mezclaba con la música épica de la peli, y mi respiración se aceleraba con cada mirada intensa de él.

De repente, el timbre sonó como un trueno. Me levanté de un brinco, pausando la película justo en la escena donde Brad Pitt besa a esa morra con pasión de película. Miré por la mirilla: era Marco, mi vecino del depa de al lado, empapado hasta los huesos, con su camiseta pegada al torso musculoso. Marco era güey alto, con pelo ondulado que le caía a los hombros cuando no se lo cortaba, y una barba incipiente que lo hacía ver como sacado de un sueño. Abriendo la puerta, el olor a lluvia y a su colonia varonil me golpeó de lleno.

¡Órale, Ana! ¿Me prestas una toalla? Esta madre de tormenta me dejó como pollo en charco, dijo riendo, sacudiendo el agua de su chamarra. Lo dejé pasar, notando cómo sus jeans mojados marcaban todo lo que tenía que marcar. Se parece un chorro a Brad Pitt en Leyendas de Pasión, se me cruzó por la cabeza mientras le daba la toalla.

Nos sentamos en el sofá, con tequilas en mano que saqué del minisplit. La peli seguía pausada, y Marco la miró con curiosidad. ¿Brad Pitt Leyendas de Pasión? ¿Estás en mood romántico o qué? bromeó, pero sus ojos se clavaron en la pantalla. Le conté cómo Tristan me ponía, cómo su pasión salvaje me hacía imaginar cosas. Él se rió, pero noté que su mirada bajaba a mis tetas bajo la blusa floja. El tequila quemaba rico en la garganta, calentándome por dentro, y el ambiente se cargó de electricidad. La lluvia seguía azotando, como un tambor lejano que marcaba el ritmo de mi pulso acelerado.

Tú también pareces Brad Pitt en Leyendas de Pasión, carnal, con ese look de rudo, le solté medio en broma, medio en serio, rozando su brazo con mi mano. Su piel estaba fría por la lluvia, pero bajo mis dedos sentía el calor de sus músculos tensos. Se acercó más, su aliento con olor a tequila y menta rozándome el cuello.

Esto va a pasar, lo sé, y lo quiero tanto que me mojo nomás de pensarlo
. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, saboreando el agave y la urgencia. Sus manos grandes me tomaron la cintura, atrayéndome a su regazo, y sentí su verga endureciéndose contra mi nalga.

La tensión subió como la marea. Me quitó la blusa con delicadeza, besando mis hombros mientras el agua de su pelo goteaba sobre mi piel, enviando escalofríos deliciosos. Yo le arranqué la camiseta mojada, oliendo su aroma masculino mezclado con lluvia fresca. Estás chingona, Ana, como las morras de esas leyendas, murmuró contra mi oreja, lamiendo el lóbulo. Mis pezones se pusieron duros como piedras bajo su mirada hambrienta. Lo empujé al sofá y me subí encima, frotándome contra él, sintiendo el roce áspero de sus jeans en mi concha a través del short.

Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando el sudor salado que empezaba a perlar nuestras pieles. Bajé la mano y desabroché su cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi palma. Qué rica, dura como el destino de Tristan. La acaricié despacio, sintiendo su calor y las venas latiendo, mientras él gemía bajito, un sonido gutural que vibraba en mi clítoris. Me quitó el short y las calzones de un jalón, sus dedos explorando mi humedad, oliendo mi excitación almizclada que llenaba el aire.

Me recostó en el sofá, abriéndome las piernas con reverencia. Su boca descendió, lengua caliente lamiendo mi panocha desde el ano hasta el botoncito, chupando con maestría. ¡Ay, cabrón, qué rico! No pares, grité, arqueando la espalda, el sonido de la lluvia ahogando mis jadeos. Sentía su barba raspándome las ingles, el calor de su aliento, el sabor de mí en sus labios cuando subía a besarme. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando marcas rojas como las cicatrices de batalla de Brad Pitt en la peli.

La intensidad creció. Lo monté como una amazona, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con nuestros gemidos, el sofá crujiendo bajo nosotros. Sudábamos, oliendo a sexo puro, piel contra piel resbalosa. Cambiamos posiciones: él atrás, agarrándome las caderas, embistiéndome fuerte mientras yo me tocaba el clítoris, viendo su imagen borrosa en el espejo del pasillo, parecida a una leyenda viva.

Soy Tristan y tú mi Susannah, pero aquí en el DF, chingando como dioses
.

El clímax llegó como avalancha. Sentí las contracciones en mi vientre, mi concha apretándolo como puño, gritando su nombre mientras ondas de placer me sacudían, jugos chorreando por sus bolas. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, rugiendo como león, su cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, el olor a semen y sudor impregnando todo.

Después, envueltos en la cobija, con la peli olvidada, tomamos los últimos tragos de tequila. Marco me acariciaba el pelo, besándome la frente. Fue como una leyenda de pasión, ¿no? Igualito a Brad Pitt en esa madre, dijo riendo suave. Yo sonreí, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo, un calorcito de satisfacción profunda. La lluvia amainaba afuera, pero dentro de mí ardía una llama nueva, recordándome que las pasiones reales superan cualquier película. Nos dormimos así, entrelazados, soñando con más leyendas por escribir.

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