Relatos
Inicio Erotismo Entre Golpes y Besos Pasión y Ternura Entre Golpes y Besos Pasión y Ternura

Entre Golpes y Besos Pasión y Ternura

7122 palabras

Entre Golpes y Besos Pasión y Ternura

La luz del atardecer se colaba por las cortinas del departamento en la Roma, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire se sintiera pesado, cargado de promesas. Yo, Ana, estaba parada frente al espejo del pasillo, ajustándome el escote de mi blusa negra ajustada, sintiendo cómo mi piel todavía ardía de la bronca de hace rato con Marco. Neta, este wey me saca de quicio, pensé, recordando cómo me había gritado por un mensajito tonto de un excompañero de la uni. Pero entre la rabia, había algo más: un cosquilleo en el estómago, un calor que subía desde mis muslos y me hacía apretar las piernas.

Él entró a la sala con esa chulería que me volvía loca, camisa desabotonada dejando ver el vello oscuro de su pecho moreno, pantalón de mezclilla que marcaba sus piernas fuertes. Sus ojos cafés me clavaron como si fueran dagas, pero con un brillo juguetón. "¿Ya te calmaste, mamacita?" dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose despacio. Olía a su colonia barata mezclada con sudor fresco del gym, un aroma que me hacía salivar.

"¿Yo? Tú eres el pendejo que se pone celoso por nada", le contesté, girándome para encararlo. Mi corazón latía fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo. Nos quedamos mirándonos, el silencio roto solo por el zumbido del ventilador y el tráfico lejano de Insurgentes. De repente, me empujó contra la pared con las manos en mis hombros, no fuerte, pero sí lo suficiente para que sintiera su fuerza, su calor traspasando la tela. "Entre golpes y besos, pasión y ternura", murmuró contra mi oreja, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Esas palabras me derritieron, como si supiera exactamente qué botón pulsar.

Sus labios chocaron con los míos en un beso furioso, dientes rozando, lenguas enredándose con sabor a café y menta de su chicle. Gemí bajito, mis manos subiendo por su espalda, clavando las uñas en su camiseta. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y me apretó las nalgas con fuerza, levantándome un poquito del suelo. Sentí su verga dura presionando contra mi vientre, gruesa y lista, y un jadeo se me escapó.

Órale, este carnal sabe cómo encender el fuego
, pensé mientras lo jalaba del pelo para profundizar el beso.

Nos movimos a trompicones hacia el sillón, tropezando con la mesita de centro. Me tiró ahí de espaldas, su cuerpo cubriéndome como una manta pesada y deliciosa. Sus manos rough, callosas del trabajo en la construcción, subieron por mis muslos, arrugando mi falda hasta la cintura. "Te voy a dar lo que mereces, reina", susurró, mordisqueándome el cuello. El pinchazo de sus dientes mandó chispas directo a mi clítoris, que ya palpitaba hinchado y húmedo. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce que llenaba el aire, mezclado con su sudor salado.

Le quité la camiseta de un tirón, lamiendo su pecho, saboreando la sal de su piel mientras él me desabotonaba la blusa con impaciencia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él los atrapó con la boca, chupando fuerte, tirando con los dientes. "¡Ay, cabrón!" grité, arqueándome, mis uñas arañando su espalda. Duele rico, esa mezcla de dolor y placer que me hacía mojarme más. Sus dedos bajaron a mi calzón, frotando mi panocha por encima de la tela empapada. "Estás chorreando, Ana. Neta, me encanta cuando te pones así de caliente".

Lo empujé para montarme encima, cabalgándolo como si fuera un toro salvaje. Le desabroché el cinturón, bajándole el pantalón de un jalón. Su verga saltó libre, venosa y tiesa, la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi puño. La apreté, masturbándolo lento mientras lo besaba, suave ahora, labios rozando con ternura. Él jadeaba, "Me vas a matar, mi amor", y me volteó de nuevo, poniéndome a cuatro patas en el sillón.

Su palma cayó en mi nalga con un clap seco, el ardor extendiéndose como fuego líquido. "Esto por pendeja", dijo riendo, pero su voz temblaba de deseo. Golpeó de nuevo, más fuerte, y yo empujé hacia atrás, rogando "Más, Marco, no pares". Cada azote era un estallido de calor, mi piel enrojeciéndose, pero entre golpes, sus dedos se colaban en mi concha, acariciando mis labios hinchados, frotando mi clítoris con ternura infinita. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mientras el olor a sexo nos envolvía como niebla espesa.

Me penetró de un solo empujón, su verga abriéndose paso en mi interior resbaladizo, llenándome hasta el fondo. "¡Qué chida estás!" rugió, embistiéndome con ritmo salvaje, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust. Sentía cada vena rozando mis paredes, el estiramiento delicioso que me hacía ver estrellas. Mis tetas se mecían al compás, pezones rozando la tela áspera del sillón. Sudábamos a chorros, pieles resbalosas chocando con plaf húmedos, el aire cargado de nuestro aroma animal.

Pero no todo era furia. Se inclinó sobre mí, besando mi espalda sudorosa, lamiendo la sal, susurrando "Te amo, mi vida" entre embestidas. Sus manos, antes rough, ahora acariciaban mis caderas con dulzura, dedos entrelazándose con los míos. Yo volteé la cabeza, capturando su boca en un beso lento, profundo, saboreando nuestras lenguas mezcladas con lágrimas de placer.

Entre golpes y besos, pasión y ternura, así es nuestro amor, neta perfecto
.

La tensión crecía como una ola gigante. Él aceleró, clavándome más hondo, su respiración entrecortada en mi oído. "Vente conmigo, Ana, déjate ir". Mi clítoris latía desbocado, cada roce de sus bolas mandándome al borde. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugo empapando sus muslos. Grité su nombre, el mundo explotando en colores y temblores, uñas clavadas en el sillón hasta rasgarlo.

Él se corrió segundos después, gruñendo como bestia, su leche caliente inundándome, chorro tras chorro, hasta que goteó por mis piernas. Colapsamos juntos, un enredo de miembros sudorosos y jadeos. Me acurruqué en su pecho, sintiendo su corazón galopando al ritmo del mío, su mano acariciando mi pelo con ternura infinita. El cuarto olía a nosotros, a sexo crudo y amor verdadero, con el sol ya oculto dejando solo la luz tenue de una lámpara.

"Perdón por la bronca, carnal", murmuré, besando su piel salada. Él rio bajito, apretándome más. "Yo también, mi reina. Pero neta, entre golpes y besos, pasión y ternura, no cambiaría nada". Nos quedamos así, piel con piel, el tráfico de la ciudad como banda sonora lejana. En ese momento, supe que éramos invencibles, forjados en fuego y caricias, listos para lo que viniera. El afterglow nos envolvía como una cobija suave, prometiendo más noches así, eternas y ardientes.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.