Cañaveral de Pasiones vs Abismo de Pasion
El sol de mediodía caía como plomo derretido sobre el cañaveral de pasiones de mi familia en Veracruz. Las varas altas de caña se mecían con el viento caliente, susurrando secretos que solo el campo conoce. Yo, Ana Luz, acababa de bajarme del camión que me trajo de la ciudad, con el corazón latiendo fuerte como tambor de son jarocho. Hacía años que no pisaba esta tierra, huyendo de un abismo de pasion que me había tragado en México: un pinche novio mamón que me dejó hecha trizas, con promesas falsas y noches vacías.
El aire olía a tierra húmeda, a caña dulce fermentando y a algo más primitivo, como el deseo que se despierta en lo salvaje. Mis sandalias se hundían en el lodo rojo, y el sudor ya me pegaba la blusa al pecho, marcando mis chichis generosas. ¿Qué chingados hago aquí de nuevo? pensé, mientras cargaba mi maleta hacia la casa grande. Pero neta, necesitaba esto: el calor que abraza, no el frío de apartamentos impersonales.
Ahí estaba él, saliendo de entre las varas como un dios moreno. Javier, el capataz, con su piel bronceada brillando de sudor, camisa abierta dejando ver pectorales duros como la madera de sabino. Sus ojos negros me clavaron en el sitio.
"¡Ana Luz! ¡Qué bueno verte, morra! ¿Ya volviste pa'l cañaveral?"gritó con esa voz ronca que me erizaba la piel.
Me acerqué, sintiendo el pulso acelerarse. Es un wey guapísimo, pero no caigo tan fácil, me dije. Pero su sonrisa pícara, con dientes blancos reluciendo, y el olor a hombre trabajado que emanaba de él... ay, Diosito.
Pasamos la tarde platicando en el porche, con refrescos helados que chorreaban agua por los vasos. Hablamos de todo: del precio de la caña, de las fiestas en Yanga, de cómo el cañaveral de pasiones este siempre ha sido testigo de amores locos. Javier me contaba anécdotas de mis papás jóvenes, besándose entre las varas, y yo reía, pero por dentro bullía. Su rodilla rozaba la mía accidentalmente, enviando chispas por mi pierna. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión, y el viento traía el zumbido de los grillos empezando su sinfonía.
Al caer la noche, insistió en mostrarme los nuevos surcos. ¿Surcos o trampas? pensé, pero fui. Caminamos entre las cañas altas, que nos rozaban las caderas como amantes juguetones. El suelo crujía bajo nuestros pies, y el aroma dulzón nos envolvía, mezclado con su sudor fresco.
"Aquí es donde el alma se suelta, Ana. Olvídate del abismo de pasion de la ciudad. Esto es vida pura."
Sus palabras me tocaron hondo. En la ciudad, mi vida había sido un pozo negro: sexo mecánico sin alma, promesas rotas. Aquí, todo vibraba. Se detuvo, volteó hacia mí, y su mano grande rozó mi brazo. Piel contra piel, áspera y suave. Mi respiración se entrecortó. No, no voy a caer como pendeja. Pero él se acercó más, su aliento cálido en mi cuello oliendo a caña y tequila suave.
La tensión creció como tormenta. En el corazón del cañaveral, bajo la luna llena que plateaba las varas, Javier me tomó la cara con ternura.
"Te he extrañado, aunque no lo creas. Eres como este campo: dulce y fuerte."Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, probando sabores: sal de sudor, dulzor de sus labios carnosos. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, bailando con la mía en un torbellino húmedo.
Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo firme bajo la falda. Yo le clavé las uñas en los hombros, sintiendo músculos tensos como cables. Esto es lo que necesitaba, carajo. Lo empujé contra una caña gruesa, desabrochando su chamarra. Su pecho desnudo ardía, cubierto de vello negro rizado que lamí con gusto salado. Él gruñó, un sonido animal que me mojó entre las piernas.
Me levantó la blusa, liberando mis tetas pesadas. Sus ojos se oscurecieron de hambre.
"Qué chulas, Ana. Perfectas."Chupó un pezón rosado, tirando suave con los dientes, mientras su mano se colaba bajo mi falda. Dedos hábiles encontraron mi panocha empapada, resbaladiza de jugos. Jadeé, arqueándome contra él. El viento nos azotaba, las cañas crujían como testigos, y el olor a tierra mojada se mezclaba con mi aroma almizclado de excitación.
Caímos al suelo blando, cubierto de hojas secas que pinchaban delicioso. Le bajé los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor vivo, el pulso latiendo contra mi palma. Qué prieta, wey. La masturbé lento, viendo cómo se ponía más dura, goteando precum transparente que lamí de la punta, sabor musgoso y salado.
Javier me volteó, besando mi espalda mientras me quitaba la tanga. Su lengua trazó mi espinazo, bajando hasta mi culo redondo. Me abrió las nalgas, lamiendo mi ano con devoción, luego bajando a mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, el placer como rayos.
"¡Sí, Javier, no pares, cabrón!"Introdujo dos dedos en mi coño apretado, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca. Mi cuerpo temblaba, jugos chorreando por sus manos.
No aguanté más. Me monté en él, guiando su verga a mi entrada húmeda. Lentito, lo sentí estirarme, llenarme por completo. ¡Ay, qué rico! Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor goteando entre nos. Él me agarraba las caderas, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. El sonido de carne contra carne, chapoteo de jugos, nuestros jadeos mezclados con el susurro del cañaveral... puro éxtasis.
La intensidad subió. Cambiamos: él encima, mis piernas en sus hombros, penetrándome profundo. Cada estocada rozaba mi G, enviando olas de placer. Olía a sexo crudo, a nosotros fundidos.
"Te voy a hacer mía, Ana Luz. Para siempre."Exploto en orgasmo primero, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre al cielo estrellado. Él se corrió segundos después, llenándome de semen caliente, pulsando dentro.
Quedamos tirados, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos. El cañaveral nos acunaba, viento fresco secando nuestros cuerpos. Javier me besó la frente, tierno.
"Esto es mejor que cualquier abismo, ¿verdad?"
Yo sonreí, el corazón pleno. El cañaveral de pasiones había ganado al abismo de pasion de mi pasado. Aquí, en esta tierra fértil, renacía. Mañana seguiría el trabajo, pero esta noche... esta noche era nuestra eternidad.