El Abismo de Pasion de Esmeralda Pimentel
La brisa salada de Puerto Vallarta te acaricia la piel mientras caminas por la terraza de la villa iluminada por antorchas. El sonido de las olas rompiendo en la playa se mezcla con el ritmo picante de una cumbia que hace vibrar el piso de losa. Es una de esas fiestas privadas donde la crema y nata de la farándula mexicana se suelta el pelo con tequilas reposados y risas que suenan a promesas rotas. Tú, un fotógrafo freelance que cubre eventos de alto coturno, sientes el pulso acelerado al ver Esmeralda Pimentel recargada en la barandilla, con un vestido rojo ceñido que abraza sus curvas como un amante posesivo.
Sus ojos oscuros brillan bajo las luces tenues, y su melena negra cae en ondas salvajes. La reconoces al instante, la reina de Abismo de Pasion, esa telenovela que te tuvo pegado al tele noches enteras, soñando con sus pasiones desbordadas.
¿Será neta ella? Esa mujer que en la pantalla desataba huracanes de deseo con solo una mirada, piensas, mientras tu corazón da un brinco. Te acercas con una chela en la mano, fingiendo casualidad.
—Órale, Esmeralda, ¿de verdad eres tú? Tu papel en Abismo de Pasion me dejó loco, wey. Esa intensidad tuya es de otro nivel —le dices, con voz ronca por los nervios.
Ella se gira, su sonrisa pícara ilumina la noche. El aroma de su perfume, jazmín mezclado con vainilla, te envuelve como una niebla dulce. —¿Loco eh? Pues ven, platícame qué te gustó tanto. Soy toda oídos, guapo —responde, su voz suave como terciopelo, con ese acento chilango que te eriza la piel.
Charlan un rato, el tequila fluye y las risas se vuelven confidencias. Hablan de la telenovela, de cómo Esmeralda Pimentel Abismo de Pasion capturó el alma de México en cada escena ardiente. Sientes su rodilla rozar la tuya bajo la mesa, un toque casual que enciende chispas. Esto no es casualidad, te dices, mientras su mirada te desnuda poco a poco.
La banda cambia a un son sensual, y ella te jala de la mano. —Vamos a bailar, no seas rajón —te reta, sus dedos calientes entrelazados con los tuyos. En la pista improvisada, sus caderas se pegan a las tuyas al ritmo de la música. Sientes el calor de su cuerpo, el roce de sus senos contra tu pecho, el sudor perlado en su cuello que brilla bajo las luces. El olor a mar y a su piel salada te marea. Tus manos bajan por su espalda, deteniéndose en la curva de sus nalgas firmes. Ella gime bajito en tu oído, —Así me gusta, firme pero suave, como en mis sueños.
El deseo crece como una ola imparable. Sus labios rozan tu oreja, su aliento caliente te hace temblar.
Neta, esta chula me va a volver loco. Su cuerpo es puro fuego, como si saliera del abismo ese de pasión. Te besa ahí mismo, un beso hambriento que sabe a tequila y a frutas tropicales. Lenguas danzando, manos explorando. La llevas de la mano hacia una recámara apartada en la villa, el pasillo oscuro amplifica sus jadeos expectantes.
La puerta se cierra con un clic suave. La luz de la luna se filtra por las cortinas, bañando su piel morena en plata. La desvestís lento, saboreando cada centímetro. El vestido rojo cae al piso como una flor marchita, revelando lencería negra que apenas contiene sus pechos perfectos. Tus dedos recorren su vientre plano, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Ella te quita la camisa, sus uñas arañan tu espalda ligera, enviando descargas de placer. —Qué rico hueles, a hombre de verdad —murmura, mientras besa tu cuello, lamiendo el sudor salado.
Caen en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Tus labios bajan por su cuerpo: el sabor dulce de sus pezones endurecidos, duros como piedras preciosas bajo tu lengua. Ella arquea la espalda, gimiendo —¡Ay, cabrón, no pares!—, sus manos enredadas en tu pelo. El aroma de su excitación llena la habitación, almizclado y embriagador, como tierra mojada después de la lluvia. Tus dedos encuentran su centro húmedo, resbaladizo, y ella se retuerce, sus muslos apretando tu mano.
—Te quiero dentro ya, no mames —suplica, sus ojos negros suplicantes. Te desabrochas el pantalón, tu verga dura salta libre, palpitante. Ella la acaricia con manos expertas, el tacto suave y firme te hace gruñir. Se pone de rodillas, su boca caliente envuelve tu miembro, chupando con maestría. El sonido húmedo de su succión, sus labios estirados, te lleva al borde.
Esto es el paraíso, su lengua girando como un torbellino. La detienes, no quieres acabar tan pronto.
La volteas boca abajo, sus nalgas redondas invitándote. Entras en ella despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado envolverte. —¡Qué chingona estás, tan mojada para mí! —gemís los dos al unísono. Empiezas a moverte, lento al principio, saboreando cada embestida. El slap slap de piel contra piel se une a sus gritos ahogados, —¡Más fuerte, pendejo, dame todo!—. El sudor os une, resbaloso y caliente. Sus paredes internas se contraen, ordeñándote, mientras tú aceleras, el placer subiendo como lava.
Cambian posiciones: ella encima, cabalgándote como una amazona. Sus chichis rebotan hipnóticos, tus manos amasándolos, pellizcando pezones. Baja para besarte, su lengua invadiendo tu boca mientras sus caderas giran en círculos viciosos. El olor a sexo puro impregna el aire, sus jugos corren por tus bolas. Sientes el clímax acercándose, un nudo en el estómago que explota.
—¡Me vengo, amor! —grita ella primero, su cuerpo convulsionando, uñas clavadas en tu pecho. Tú la sigues, eyaculando profundo dentro de ella en oleadas interminables, el mundo blanco y sordo por segundos eternos. Colapsan juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos.
El afterglow es dulce. La abrazas, su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón que late calmándose. El viento marino entra por la ventana, refrescando vuestras pieles febriles. —Eso fue como caer en el abismo, ¿verdad? Como mi Abismo de Pasion pero en carne viva —susurra ella, trazando círculos en tu abdomen con el dedo.
Tú sonríes, besando su frente.
Neta, esto no fue un sueño. Esmeralda Pimentel y su abismo me atraparon para siempre. La noche se extiende en caricias perezosas, promesas susurradas de más encuentros. Al amanecer, con el sol tiñendo el mar de oro, sabes que has tocado el cielo en ese abismo de pasión compartido.