Relatos
Inicio Erotismo Obra de Teatro La Pasion de Cristo Desnuda Obra de Teatro La Pasion de Cristo Desnuda

Obra de Teatro La Pasion de Cristo Desnuda

6773 palabras

Obra de Teatro La Pasion de Cristo Desnuda

En las calles empedradas de Iztapalapa, donde el sol pega como fierro caliente y el aire huele a incienso quemado y sudor fresco, yo, Ana, siempre soñé con pisar el escenario de la obra de teatro La Pasión de Cristo. Era mi chance de brillar, de convertirme en María Magdalena, la pecadora redimida que lava los pies del Señor con sus lágrimas y perfume. Neta, cada año miles se juntan para ver esta representación épica, con cruces de madera tosca y multitudes gritando "¡Crucifícalo!". Pero yo no imaginaba que detrás de las túnicas y las coronas de espinas, se desataría una pasión que me dejaría temblando de pies a cabeza.

El primer día de ensayos, llegué al teatro comunitario con el corazón latiéndome a mil. El lugar olía a pintura fresca y a tierra mojada por la lluvia de la noche anterior. Me puse el vestido largo de Magdalena, áspero contra mi piel morena, pero con un escote que dejaba ver el nacimiento de mis chichis firmes. Ahí lo vi: Luis, el wey que iba a hacer de Jesús. Alto, con ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido, y un cuerpo esculpido por horas en el gym y cargando tablas para los escenarios. "Órale, Magdalena, ¿lista para tentarme?", me dijo con una sonrisa pícara, extendiendo la mano. Su palma era callosa, cálida, y al tocarla sentí un chispazo que me subió por el brazo hasta el ombligo.

¿Qué pedo conmigo? Esto es una obra religiosa, no un antro, pensé, pero mi cuerpo no escuchaba. Durante el ensayo, mientras él recitaba sus líneas con voz grave que retumbaba en mi pecho, yo tenía que arrodillarme a sus pies, untar aceite en ellos. El olor del aceite de oliva mezclado con su sudor masculino me mareaba. Sus pies eran fuertes, venosos, y al masajearlos, mis dedos rozaban su piel suave. "Bien, Ana, siente la redención", decía el director, pero yo solo sentía el calor subiendo por mis muslos, mi panocha humedeciéndose bajo la tela.

Los días siguientes fueron un martirio delicioso. Ensayábamos la escena de la unción en un rincón apartado del escenario principal, con velas parpadeando y el eco de otros actores gritando diálogos lejanos. Luis se recostaba en una banca de madera, semidesnudo con solo un taparrabos que apenas cubría su paquete. "Magdalena, tus manos son puro fuego", murmuraba él, y su voz ronca me erizaba la piel. Yo vertía el aceite, mis uñas rozando sus pantorrillas musculosas, subiendo despacio por sus muslos. El aire se cargaba de tensión, como antes de una tormenta en el DF. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que se mezcla con el perfume del aceite.

Una noche, después de que todos se fueron, nos quedamos solos "practicando". La luna se colaba por las ventanas altas, pintando su cuerpo de plata. "Ana, neta, desde el primer día te quiero", confesó, sentándose y jalándome a su regazo. Sus manos grandes me aferraron la cintura, y sentí su verga dura presionando contra mi nalga. "¿Y la obra?", balbuceé, pero mi boca buscaba ya la suya. Nuestros labios chocaron como olas furiosas: su lengua invadió mi boca, saboreando a menta y deseo puro. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes vacías.

"Aquí no hay cruces ni azotes, solo tú y yo, mi Magdalena pecadora", susurró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Sus dientes me enviaron descargas eléctricas directo a mi clítoris. Me arrancó el vestido con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus pezones se endurecieron al instante, y él los chupó con hambre, lamiendo círculos lentos. "¡Qué ricas, mamacita!", gruñó, succionando uno mientras pellizcaba el otro. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en su espalda ancha, oliendo su sudor salado que perlaba su piel. Bajé la mano, palpando su verga tiesa bajo el taparrabos: gruesa, palpitante, con venas que latían como mi pulso acelerado.

Lo empujé contra la banca, montándome a horcajadas. "Ahora yo te uno, Jesús mío", le dije juguetona, deslizando mi mano dentro del trapo. La piel de su pito era aterciopelada, caliente como brasa. Lo masturbe despacio, sintiendo cómo crecía en mi puño, el prepucio deslizándose suave. Él jadeaba, "¡Córrete, Ana, no pares!", pero yo quería más. Me quité la tanga empapada, frotando mi panocha chorreante contra su punta. El roce era eléctrico: mi humedad lo lubricaba, y el olor de mi excitación llenaba el aire, dulce y pecaminoso.

Gradualmente, me hundí en él. Su verga me abrió centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, wey, qué grande estás!", grité, el placer doliendo rico. Empecé a cabalgar, mis caderas girando en círculos, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. El slap-slap de piel contra piel resonaba como aplausos en el teatro vacío. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano con promesa futura. Sudábamos a chorros, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.

Esto es la verdadera pasión, no la de la cruz, sino la de la carne viva, pensé mientras él me volteaba, poniéndome a cuatro patas sobre la banca. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. "¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!", lo reté, y él obedeció, follándome como animal en celo. El olor a sexo crudo, a jugos mezclados, me volvía loca. Sus gruñidos graves vibraban en mi espalda, sus manos tirando de mi pelo como riendas.

La tensión crecía como una ola imparable. Sentía mi orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el vientre. "¡Me vengo, Luis, no pares!", chillé, y exploté: mi panocha se contrajo alrededor de su verga, chorros de placer mojando sus muslos. Él rugió, "¡Toma, Magdalena!", y se vació dentro de mí, chorros calientes inundándome, su semen espeso goteando por mis piernas.

Nos derrumbamos juntos, jadeantes, envueltos en el olor de nuestros fluidos y el incienso residual. Su pecho subía y bajaba contra mis tetas, su corazón galopando al ritmo del mío. Me besó la frente, suave ahora. "Esto fue mejor que cualquier obra de teatro La Pasión de Cristo", murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, trazando círculos en su piel húmeda. La redención no está en lágrimas, sino en este fuego que nos quema juntos.

Al día siguiente, en el ensayo general, nos mirábamos con complicidad secreta. Mientras él cargaba la cruz pesada, yo sentía el eco de su verga en mi interior. La multitud aplaudiría la pasión fingida, pero nosotros sabríamos la verdad: la real pasión nace en la carne, en los susurros del teatro vacío, y perdura como un secreto ardiente en el alma.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.